Este fin de semana, el candente cierre de listas bonaerenses de cara a las legislativas del 7 de septiembre le disparó la presión arterial a Javier Milei, quien hasta hace poco aseguraba que el peronismo estaba liquidado. Incluso, había canchereado con ponerle “el último clavo” al cajón de Cristina Fernández de Kirchner. Pero, en este caso, a rey muerto, no hay rey puesto. Los hilos del poder opositor se siguen moviendo en las sombras. Y aunque el perro está encerrado, la rabia se ha esparcido.
En el cierre del plazo para formalizar acuerdos electorales en la provincia de Buenos Aires, el radicalismo que conduce Maximiliano Abad optó por mantenerse al margen del frente que une a Propuesta Republicana (PRO) con La Libertad Avanza (LLA).
La metáfora del demonio ha reencarnado varias veces en distintas figuras a juzgar por los discursos sucesivos de Javier Milei, antes y después de asumir en Casa Rosada.
El Programa de Atención Médica Integral (PAMI), la obra social destinada a jubilados y pensionados en Argentina, ha sido sacudido en los últimos años por una serie de controversias que involucran corrupción, influencia política y cuestionables prácticas administrativas.
Hasta el momento en que se confirmó la domiciliaria a Cristina Kirchner, Javier Milei estaba nadando en el regocijo de un peronismo fracturado, herido de muerte, cuyas piezas sueltas apenas alcanzaban para ejercer una disputa interna en la provincia de Buenos Aires, jurisdicción clave a nivel electoral y objetivo certero de La Libertad Avanza.