Durante mucho tiempo, la elección de un departamento respondía a una lógica bastante estable. Más metros implicaban mayor jerarquía, más comodidad y, en teoría, mejor inversión. Los departamentos chicos quedaban asociados a etapas transitorias: estudiantes, primeros años de independencia o alquileres temporales. Esa relación, sin embargo, empezó a correrse de lugar. No de forma abrupta, pero sí constante, empujada por cambios que no siempre nacieron en el mercado inmobiliario, sino en la manera de vivir.