Por Gustavo Zandonadi, especial para NOVA
El rugby argentino tiene una historia de amateurismo elegante, valores nobles y tercer tiempo compartido entre rivales, no enemigos. Eso era antes, porque en los últimos años muchos hombres que lo practican demostraron ser entusiastas de la agresión. Los fines de semana en zona norte-casa de este deporte- las peleas se adueñaron de la escena, pero la peor cara se vio en Villa Gesell, cuando una patota de salvajes le quitó la vida a Fernando Báez Sosa.
De repente, la violencia se hizo reina y los honorables caballeros que jugaban con orgullo, tomaron por un camino equivocado. Y a su paso por ese camino, tomaron algo más que decisiones erróneas. Una de esas historias rozó el nombre de Juan Imhoff, figura surgida del circuito tradicional y símbolo de una camada que llevó a Los Pumas a la elite mundial.
Nacido deportivamente en el ecosistema clásico de San Isidro, donde un apellido de familia buen abre puertas como una llave maestra, Imhoff era más que un nombre. Era una marca conocida en el vecindario, porque muchos vecinos alquilaron o compraron su casa en la inmobiliaria homónima, con sede en Acassuso.
En ese marco, Juan Imhoff decidió jugar al rugby en forma profesional. Su velocidad, potencia física y definición hicieron lo suficiente para ponerlo como una pieza destacada, en Los Pumas y en el rugby francés. Pero el profesionalismo aprieta y la exigencia no da respiro, entonces aparece debates incómodos: suplementación, controles y los límites entre lo legal y lo indebido.
En 2016 -apenas unos meses después de su participación en la Copa del Mundo 2015- fue señalado por doping positivo. En ese momento jugaba para el Racing 92, en Francia. La sustancia encontrada fue prednizolona, un corticoides que, según el club, ingerida por el jugador para dejar atrás un cuadro de sinusitis. Por el caso tuvo que comparecer ante la Federación Francesa de Rugby, que archivó el caso.
Sin una sanción oficial, siguió jugando pero su nombre circuló en discusiones sobre métodos de entrenamiento y el uso intensivo de productos permitidos que muchas veces se mueven en la frontera ética del deporte moderno. En el rugby de elite, donde el choque físico es brutal y la recuperación vale oro, la línea entre nutrición avanzada y atajo químico suele ser demasiado fina.
La historia de Imhoff sirve para desnudar algo más profundo: el rugby argentino dejó hace tiempo de ser una postal de caballeros. Detrás del discurso de amistad y de modales prolijos, también hay negocios, presiones, representantes y obsesión por el rendimiento. Nada muy distinto al fútbol, al boxeo o al ciclismo. Y eso incluye al consumo de sustancias que promete una mejora, convirtiendo a las reglas en algo menor.








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