Héctor Álvarez Castillo recordó su infancia en San Martín, su formación literaria y el contacto personal con Borges
Poeta, ensayista y editor, Héctor Álvarez Castillo repasa su infancia en el conurbano bonaerense, su vínculo temprano con la escritura, su formación atravesada por la filosofía y el ajedrez, y el contacto personal que mantuvo con Jorge Luis Borges en los años 80. En diálogo con Agencia NOVA, reflexiona sobre premios, referentes y el tiempo como condición indispensable para escribir.
— ¿De dónde sos, Héctor?
— Crecí en Villa Ballester, Partido de General San Martín. Mis primeros pasos fueron a metros de lo que hoy se conoce como La Rana, que antes eran lagunas donde se iba a atrapar ranas. Aprendí a caminar ahí, y no metafóricamente, porque mis padres vivieron en esos años casi en los límites de Villa Adelina. Esa parte de San Martín, Los Polvorines y San Miguel son lo que tengo en mi memoria, donde transcurrió mi infancia.
— ¿Cuándo se despierta en vos el amor por el mundo literario?
— Desde que tengo conciencia, y no exagero. Pero no me refiero a lo literario como concepto, que es pesado para un niño de cinco o seis años que por las noches da rienda suelta a sus fantasías como escape a una realidad que no le deseo a nadie. Luego vendrá la escritura, siempre en la infancia; la lectura como un abrigo mayor al exterior que carcome. En esa necesidad se fue construyendo el lazo no sólo con la literatura y el arte, sino con todo aquello que me permitía ser algo distinto a lo que no era.
— ¿Cuántas obras has escrito?
— Para mí mi obra es importante, pero no sé cuántas he escrito. No sé cuántos poemarios he realizado ni siquiera publicado. Lo mismo con la narrativa. Sé que tengo una nouvelle editada y dos en trabajo. Entre antologías y libros propios estimo que serán treinta. Pero en cajones y archivos hay una cantidad semejante. Esa contabilidad nunca fue mi fuerte. Aspiro a escribir al menos un puñado de poemas que sean el logro que desde niño ansié. Rulfo dejó algunos centenares de páginas, pero páginas envidiables. Otros dejaron cientos y no recuerdo sus nombres.
— ¿Quiénes han sido tus referentes?
— No es uno ni son tres, quizá no es ninguno en particular. Puedo nombrar la poesía italiana del siglo XX: Ungaretti, Pavese, Quasimodo; la cuentística rioplatense; la poesía francesa del siglo XIX; y autores que van desde Dante Alighieri a Shakespeare, pasando por Boccaccio, Cervantes y los filósofos griegos. Una veneración silenciosa, sin genuflexión. Y, al margen de que no tengo creencias, están los autores anónimos de ese compendio que denominamos la Biblia.
— ¿Qué sentís al ser un artista multipremiado?
— Ante todo nada, ya que no soy un artista multipremiado. He obtenido algunos primeros puestos en concursos literarios y varias menciones. Si hablo de premios, debo referirme al ajedrez, donde desde infantiles tuve cerca de sesenta primeros puestos, entre ellos el bicampeonato de primera categoría del Club Argentino de Ajedrez, campeón de mi federación y de diversos abiertos. El ajedrez sigue siendo algo que amo y a lo que recurro diariamente. También fui estudiante de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y la lógica me atrae profundamente.
— ¿Qué huella ha dejado Borges en tu vida y en tu escritura?
— Lo esencial es el contacto que tuve con él entre 1983 y 1985. Pudo ser mayor si yo hubiera apreciado mejor esa gracia: tener acceso directo a Borges. Era un caballero, cordial, sincero y frontal. Además de penetrante y brillante, con una erudición que fluía con naturalidad. Sobre su obra en mi formación, lo dije en mi ensayo “Camino a Babel”: “Se creció a la sombra de tan vasto árbol que cuando uno más supone haberse alejado, el sol no nos alcanza sino es a través de su copa”. La metáfora, si no falla mi memoria, es de Chesterton.
— ¿Cuál es tu sueño mayor?
— Tener el tiempo que me resta de vida para dedicarme a escribir y corregir con libertad. No hay otro, más allá del deseo de que se conozca mi obra y de que me lean.
— ¿Qué le dirías como adulto al Héctor del inicio?
— En lo esencial no cambiaron las convicciones; mucho se pudo haber hecho mejor, ahora lo que resta es el desafío.
— Redes sociales
— Facebook es la que valoro más porque sigue habilitando el diálogo. Instagram ya es un descenso profundo. Fácil hallarme: Héctor Álvarez Castillo.








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