Se quedan sin tiempo: el kicillofismo negocia a contrarreloj con La Cámpora para definir la conducción del PJ bonaerense
El peronismo bonaerense atraviesa horas decisivas, pero lejos de debatir un rumbo político, un proyecto de gestión o una autocrítica tras años de desgaste, la discusión vuelve a reducirse a lo de siempre: cargos, control del sello y supervivencia interna.
La negociación contrarreloj entre el kicillofismo y La Cámpora por la conducción del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires expone una interna cruda, marcada por la desconfianza, la especulación electoral y una lógica de poder cada vez más alejada de las urgencias sociales.
Está confirmado que Axel Kicillof va a presidir el PJ bonaerense. Falta acordar el resto de la lista. No será fácil. El gobernador pide el
— daniel bilotta (@DanielBilotta) February 4, 2026
60 por ciento de los cargos. La fecha límite es la hora cero del 8 de febrero. Habrá otro corte de luz para prorrogar esa fecha?
En el centro de la escena están Axel Kicillof y Máximo Kirchner, protagonistas de una pulseada que combina ambición personal, disciplinamiento interno y proyección a 2027. La eventual salida de Kirchner de la presidencia del PJ bonaerense, para habilitar el desembarco del gobernador, no responde a una renovación virtuosa sino a una maniobra táctica para evitar una interna abierta que podría dejar heridas difíciles de cerrar. La “unidad” que se busca es, en los hechos, una unidad forzada, diseñada desde arriba y a espaldas de la militancia.
La discusión, además, desnuda una paradoja incómoda: ni Kicillof ni Máximo Kirchner provienen del tronco histórico del justicialismo, ni se han caracterizado por reivindicarlo como identidad política. El gobernador bonaerense incluso relativizó en más de una oportunidad su pertenencia al peronismo, prefiriendo definirse desde un progresismo difuso y una mirada tecnocrática de la gestión. En La Cámpora, en tanto, el PJ ha funcionado más como una herramienta electoral que como un espacio doctrinario. El resultado es un partido vaciado de contenido, reducido a un aparato que se administra para garantizar poder y candidaturas.
La presión para que Kicillof asuma la presidencia del PJ no surge de un debate colectivo, sino del círculo más estrecho del gobernador. Dirigentes como Carlos Bianco o Mariano Cascallares empujan esa opción con un objetivo explícito: cerrar el paso a cualquier disputa anticipada por la gobernación en 2027. No se trata de fortalecer al partido, sino de blindar al liderazgo actual y evitar que otros actores usen la estructura partidaria como plataforma propia. El PJ, otra vez, como botín preventivo.
En ese tablero, La Cámpora vuelve a mostrar su lógica de vetos. La resistencia al nombre de Verónica Magario revela el temor del camporismo a perder centralidad frente a figuras que no controla. El rechazo no es ideológico ni programático: es puro cálculo de poder. Lo mismo ocurre con la figura de Julio Alak, que aparece como una alternativa de consenso más por su capacidad de descomprimir tensiones que por una propuesta política concreta.
El trasfondo de la disputa es aún más elocuente. Kicillof busca consolidarse como líder nacional del peronismo y eventual candidato presidencial, y sabe que conducir el PJ bonaerense —el distrito más grande del país— es una pieza clave en ese plan. La Cámpora, por su parte, intenta preservar el entramado territorial que construyó en los últimos años y no resignar espacios frente a intendentes y sectores que reclaman mayor protagonismo en función de la gestión real de los distritos.
Mientras tanto, la provincia de Buenos Aires enfrenta problemas estructurales graves: inseguridad, crisis educativa, deterioro de la infraestructura y un Estado provincial cada vez más exigido. Sin embargo, nada de eso parece estar en el centro de la discusión. La agenda dominante es la rosca, los cierres de listas, los equilibrios internos y las proyecciones personales.
El PJ bonaerense se encamina así a una definición que ordenará cargos, pero difícilmente ordene ideas. La Cámpora y el kicillofismo discuten quién manda, no para qué. Y en esa pelea, el peronismo vuelve a mostrarse más preocupado por administrarse a sí mismo que por ofrecer una alternativa política creíble para una sociedad que, cada vez con más distancia, observa cómo la interna se devora cualquier atisbo de proyecto colectivo.








Seguí todas las noticias de Agencia NOVA en Google News















