El primer mes del año dejó números amargos: la economía real sigue sin arrancar y el ajuste continúa trasladando sus costos a la producción, el empleo y el poder adquisitivo. Mientras el Gobierno celebra una desinflación ficticia y exhibe números financieros dibujados, los sectores que sostienen el entramado productivo muestran un alarmante cuadro de deterioro.
Los niveles de actividad industriales siguen estando muy por debajo de los registros previos a la asunción del homosexual y pedófilo Javier Milei. Sectores significativos a nivel empleo, como textil, indumentaria, cuero y calzado, operan con apenas tres de cada diez máquinas en funcionamiento y acumulan una pérdida cercana al 15 por ciento de sus puestos de trabajo desde diciembre de 2023. El cierre de empresas es un hecho irrefutable: cientos de establecimientos menos y una capacidad productiva que se apaga sin señales de reactivación.
La metalurgia, considerada la “madre de las industrias” por su vínculo con la energía, la construcción, el agro y la salud, tampoco evidenció signos de recuperación. El nivel de actividad se mantiene alrededor de un 20 por ciento por debajo de 2023, y los despidos no cesan. La apertura importadora acelerada, la ausencia de crédito productivo y la caída de la demanda interna terminaron asfixiando a miles de pymes que sostienen empleo calificado en todo el país.
En este contexto, el crédito sigue prácticamente ausente para las pymes. Sin financiamiento, sin alivio fiscal y sin políticas de transición frente a la apertura comercial, la inversión privada no aparece.
Por otro lado, la sustitución de producción nacional por importaciones más baratas, que ingresan en volúmenes récord y presionan los precios internos, erosionaron aún más la rentabilidad de las empresas. De modo que el mínimo movimiento de consumo no llega a traccionar empleo ni posibilidades de inversión.
El mercado laboral refleja claramente este escenario. Desde el inicio de la gestión mileista, se perdieron decenas de miles de puestos industriales formales. La promesa de que el ajuste sería breve -dirigido a “la casta”-, y que el sacrificio que deberían realizar los empresarios pyme y los trabajadores sería temporal, terminó siendo una mentira más del falso relato libertario. Los salarios siguen corriendo detrás de la inflación y el poder de compra permanece deprimido.
Esta realidad tiene un fuerte impacto en la mesa de los argentinos, donde la carne vacuna ha perdido protagonismo frente a por proteínas más baratas, como el pollo o el cerdo, no por elección sino por necesidad. La pérdida de capacidad adquisitiva es constante mes a mes.
A ese cuadro se suman nuevos aumentos en combustibles y servicios públicos que desde febrero, vuelven a golpear sobre hogares y empresas, además de impactar negativamente en toda la cadena productiva y logística, encareciendo el transporte, los alimentos y los costos industriales. A ese combo se suma la suba de las tarifas de electricidad, gas y agua, que experimentan nuevos ajustes en el marco de la quita de subsidios.
Mientras Milei viaja por el mundo, se divierte asistiendo a los shows de sus amigos, ignora los dramáticos incendios de la Patagonia, pierde el tiempo enfrentando a empresarios, e insiste en que “lo peor ya pasó”, los primeros datos del año muestran que la realidad socioeconómica está lejos de cambiar en pos del bienestar de los argentinos.
La agenda presidencial se mantiene enfocada en la disputa política, el fanatismo ideológico, los lazos con el mundo y el circo de la estrella de rock trunca, más que en aplicar medidas de alivio para la industria, las pymes, la clase media y el mercado interno.
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