Sexo y erotismo
Filtraciones y daños colaterales

VIDEO | El precio de la infidelidad en la era digital

Investigaciones revelan que entre el 60 por ciento y el 75 por ciento de las parejas permanece junta después de una infidelidad. (Foto: ChatGPT-IA)

La filtración del audio íntimo del actor Luciano Castro, en el que el dialoga con una mujer en tono español durante su gira teatral, volvió a encender la maquinaria del escándalo mediático en Argentina y reabrió un debate que va mucho más allá de un nombre propio: la infidelidad en el ojo público.

En apenas días, el audio recorrió programas de espectáculos, redes sociales y portales de noticias, exponiendo no solo a Castro sino también a su pareja, Griselda Siciliani, y reactivando recuerdos de episodios pasados, como la filtración de fotos íntimas que años atrás impactaron en su entonces relación con Sabrina Rojas. Una constante se repite: la vida privada transformada en espectáculo y la vergüenza social como castigo.

Lejos de tratarse de un hecho aislado, el caso pone en evidencia un fenómeno cada vez más frecuente como lo es la naturalización del escrache emocional y la idea de que la intimidad ajena también es un bien de consumo colectivo.

A partir de datos propios y el análisis de especialistas, Gleeden -la app de encuentros no monógamos pensada por y para mujeres -cuyos pilares son la privacidad, discreción y seguridad de sus usuarios- propone correr el foco del escándalo individual hacia una discusión más amplia sobre deseo, acuerdos y las consecuencias psicológicas de convertir lo privado en espectáculo.

Cuando la intimidad se vuelve viral: vergüenza, control y castigo social

“Cuando una situación íntima se expone sin consentimiento, el problema no es el deseo ni la decisión personal, sino el impacto emocional que genera la humillación pública”, explica Florencia Pollicita, sexóloga de Gleeden. Para la especialista “la sociedad parece más interesada en señalar que en comprender”, y comparte que una situación de exposición tal conlleva sentimientos como la vergüenza, ansiedad, miedo a perder vínculos, la reputación o incluso el trabajo.

Desde esta mirada, “el foco no debería estar puesto en juzgar la infidelidad, sino en cómo se gestiona la exposición y qué consecuencias psicológicas tiene para todas las personas involucradas, especialmente para las parejas, que quedan atrapadas en una narrativa ajena”, menciona Pollicita.

Perdonar en público: ¿elección personal o presión social?

En medio del revuelo, la postura de Siciliani, quien eligió no confrontar públicamente, fue leída por muchos como un gesto de “madurez” o de “ser cool”. Una idea que quedó crudamente expuesta en una declaración de Sabrina Rojas para Intrusos: “Cuando hablamos de infidelidad, si sos cool seguramente tenés la mente abierta, si no sos cool, sos cornuda”.

Esta dicotomía revela otra capa del problema: la presión social que recae sobre quienes deben “gestionar” una infidelidad a la vista de todos. Perdonar, separarse o callar deja de ser una decisión íntima para convertirse en una performance pública.

Según el Estudio “Radiografía de la no Monogamia de Gleeden (2025)”, el 66 por ciento de los más de 15 mil encuestados en Argentina no perdonaría una infidelidad de su pareja, considerándola una traición irreparable. Sin embargo, el 34 por ciento restante señala que las circunstancias, el contexto y la intención detrás del engaño podrían abrir la puerta al perdón.

Además, el estudio también indaga en cómo percibimos la fidelidad en la actualidad, donde un 55 por ciento cree que la monogamia es una imposición social, mientras que el 45 por ciento restante opina que sí es posible, siempre y cuando existan las condiciones adecuadas.

Infidelidad: una realidad extendida, pero no siempre resuelta

Otras encuestas internacionales sobre relaciones de pareja, recopiladas por organizaciones como Human Life International y Couples Academy, coinciden en un dato clave: entre el 60 por ciento y el 75 por ciento de las parejas permanece junta después de una infidelidad.

Sin embargo, estos estudios también advierten que continuar la relación no implica necesariamente perdón emocional ni reconstrucción total de la confianza. Factores como la duración del vínculo, la convivencia, la presencia de hijos o la dependencia económica suelen pesar más que la resolución emocional del conflicto. “Muchas parejas siguen juntas después de una infidelidad, pero eso no significa que el tema esté cerrado. En muchos casos, lo que persiste es el silencio, la culpa o el miedo a la exposición”, explica la sexóloga de Gleeden.

Desde Gleeden, sostienen que el eje está puesto en otro lugar. “Explorar deseos, fantasías o decisiones personales no debería implicar el riesgo de transformarse en el foco del debate público”, afirma Silvia Rubies, directora de Marketing de Gleeden Latinoamérica.

“El caso de Luciano Castro vuelve a demostrar que el verdadero conflicto de época no es la infidelidad, sino la falta de espacios donde la intimidad pueda existir sin ser castigada públicamente, especialmente para las mujeres que históricamente han sido las más estigmatizadas por expresar su deseo”, agrega.

En una actualidad donde la intimidad ajena se consume en tiempo real y cada gesto privado puede transformarse en titular, este hecho vuelve a dejar una pregunta abierta: ¿podemos hablar de deseo, acuerdos y formas de vincularnos sin convertir el error, la elección o la contradicción en un espectáculo de escarnio público?

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