VIDEO | Magali Sayal, la tachera que llena de vida y color las calles grises de la CABA
Hay un taxi que rompe la monotonía gris del asfalto porteño. No es un taxi cualquiera: es un lienzo rodante, una explosión de colores, flores y, sobre todo, colibríes. Detrás del volante, Magalí Sayal, de 39 años, secretaria de profesión y tachera por convicción, sonríe. “No hay día que no lo mencione en el taxi”, dice sobre su padre. “Es como estar con él”.
Magalí es una de esas presencias que desmitifican estereotipos con naturalidad. En un mundo de hombres, ella maneja con la soltura de quien heredó no solo un vehículo, sino una filosofía de vida.
Su historia no es solo la de una conductora más; es la de una mujer que encontró entre el ruido del tráfico y las curvas de las avenidas un modo de honrar a su padre, de conectar con desconocidos y de redefinir lo que significa habitar la calle desde una mirada femenina, artística y solidaria.
El legado de Miguel
Todo comenzó con Miguel, su papá. “El taxi era de mi papá, Miguel, que me transmitió todo su amor por esta profesión”, contó Magalí, con esa voz que mezcla nostalgia y orgullo. Cuando él enfermó, ella se convirtió en su chofer. Así, entre viajes y conversaciones, fue aprendiendo el oficio. “Pude compartir con él mis primeras experiencias como taxista”, recordó.
Miguel falleció a fines de 2021. Un año después, Magalí tomó la decisión: se haría cargo del taxi. No era solo un vehículo; era un legado. “Con el tiempo fui descubriendo lo que él tanto amaba: la libertad de recorrer calles y avenidas, la aventura inesperada en cada viaje”, dijo. Y agregó: “Cada uno trae consigo una historia… gente riendo, llorando, peleando, durmiendo; gente volviendo del trabajo, yéndose de viaje o de camino al médico... En fin, cada viaje es una posibilidad”.
Un taxi que es una obra de arte
Si hay algo que llama la atención –además de ver a una mujer al volante de un taxi– es el vehículo en sí. Un estallido de arte sobre el metal. “Hace algunos meses, gracias a la campaña ‘Mayo Amarillo’ de BA Taxi y la artista visual Eri Krawiecky, mi taxi se explotó de colores, flores y colibríes”, explicó Magalí. El diseño no podía ser más significativo: “Cuando vi el diseño, supe que era para mí ¡Tengo un colibrí tatuado en la espalda hace 10 años!”.
La intervención artística no fue solo un capricho estético. Para Magalí, se convirtió en una forma de llevar alegría a través de una ciudad que a veces se muestra hostil. “Llevar arte a través de la ciudad es una manera de generar emociones en pasajeros, transeúntes y automovilistas”, reflexionó.
Además, destacó el rol de otras mujeres en este proceso: la artista Eri y Gaby Bibas, responsable de la campaña. “Por algo, esta campaña tan linda unió a dos mujeres —una artista y una taxista— que aman su trabajo”.
La calle, un territorio de mujeres
Aunque las mujeres taxistas son minoría, Magalí no se siente sola. “Cuando me cruzo con una colega me siento acompañada”, confesó. Y añadió: “Tengo mucha admiración y respeto por las que llevan años en la actividad, porque fueron quienes abrieron los caminos que ahora transitamos”.
Hace dos años, viajó a San Juan para participar de un Congreso Nacional de Mujeres Conductoras. Allí conoció a mujeres que manejan taxis, camiones, colectivos y maquinaria pesada. “Fue realmente inspirador”, afirmó y agregó: “Me di cuenta de que cada vez más somos las mujeres que damos ese paso y nos subimos a un vehículo todos los días en un ámbito que fue tradicionalmente masculino”.
Esa sororidad se extiende también a sus pasajeras. “Muchas pasajeras me comentan que prefieren viajar con una conductora mujer”, contó. “Todas hemos experimentado en algún momento una situación en la que nos sentimos incómodas. Hay algo que nos hermana”.
Un día en la vida de una tachera
Magalí combina su trabajo de secretaria por las mañanas con el taxi por las tardes. “Arranco entre las 17 y las 18”, detalló. “Me gusta ese horario porque, en la hora pico, hay más movimiento. También la ciudad regala unos hermosos atardeceres; es muy lindo ver cómo lentamente se va iluminando”.
Su ritual es claro: primero verifica que el interior esté ordenado y perfumado. Luego, arranca desde el sur de la ciudad “con rumbo desconocido”. La música es clave: “Pongo alguna playlist dependiendo del día y el estado de ánimo, porque conducir en silencio es muy aburrido”.
Entre las 9 y las 10 de la noche, empieza a dirigirse hacia su casa en Avellaneda. “No trabajo hasta tan tarde, no solo por cuestiones de seguridad: después de una larga jornada laboral compartida, no me queda más energía…”. Los viernes a veces se extiende un poco más. “Ser tu propia jefa te empuja a salir sí o sí”, admitió con una sonrisa.
La “adrenalina de la coincidencia”
Magalí no tiene paradas fijas. Prefiere “salir a yirar”, como dice ella. “Yo lo llamo la ‘adrenalina de la coincidencia’ entre un pasajero y un taxi libre”, explicó. “Dejo que me sorprenda la búsqueda de la oportunidad”.
Esa filosofía le ha permitido construir vínculos con sus pasajeros. Algunos le piden su contacto para viajes recurrentes. “Es un voto de confianza”, valoró. Incluso las redes sociales juegan a su favor: “Melissa, una médica, me contactó por Instagram, y hace algunos meses la voy a buscar todos los jueves para ir de una clínica a otra”.
Apps, seguridad y el valor de lo oficial
Sobre las apps de transporte, Magalí es clara: “Impactaron muy negativamente en el trabajo de los taxistas”. Explicó las diferencias: “Tener un taxi habilitado conlleva muchos gastos y trámites que las apps no tienen: licencia profesional, seguro que responda en caso de accidente… No es el mismo servicio”.
Ella solo trabaja con BA Taxi, la app oficial. “No juzgo a quien las utiliza, pero tampoco lo comparto”, aclaró. “Por suerte, muchos pasajeros entienden esas diferencias y siguen eligiendo el taxi”.
La seguridad es un tema inevitable. “Siempre hago un scan rápido del pasajero y del lugar a donde va”, confesó. Pero evita el prejuicio: “Si me va tocar, va a ser cualquier persona en cualquier lugar”.
Recordó un incidente al principio: “Me quisieron robar y lo supe desde el momento cero. Afortunadamente, no fue más que un susto”. Ese día, un taxista desconocido en una esquina la escuchó y la contuvo. “Hoy tengo más experiencia y herramientas”, dijo. “Siempre estoy en contacto con los amigos taxistas de mi viejo, que son mi red de contención”.
El viaje como metáfora
Para Magalí, el taxi es mucho más que un trabajo: es un espacio de memoria, de encuentro y de libertad. “Mi viejo siempre decía que el taxi es un trabajo mágico: nunca es el mismo pasajero, nunca es el mismo camino. Y tenía razón”, concluyó.
En un mundo acelerado y a veces impersonal, su taxi pintado de colibríes es un recordatorio de que los viajes importantes no siempre se miden en kilómetros, sino en las historias que se recogen en el camino. Y Magalí, con sus manos en el volante y su padre en el corazón, es la conductora perfecta para ello.








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