Por Gustavo Zandonadi, especial para NOVA
El 10 de septiembre de 1911 nació en Guaminí, provincia de Buenos Aires, Nilda Elvira Vattuone, pero el país la conoció como Nelly Omar.
La historia oficial la recuerda como la mujer que inspiró Malena, pero reducirla a musa de Homero Manzi sería negarle su autonomía. Nelly no fue inspiración pasiva: fue una voz que se plantó frente al micrófono para apoyar a Juan Domingo Perón. Cuando subió la Fusiladora su obra fue prohibida. Su castigo fue el silencio pero, como tantos artistas que la historia quiso borrar, volvió. Y volvió cantando.
La censura fue una penitencia por haber cantado “La Descamisada” haciendo apología del peronismo. Su voz tenía algo de patria y algo de furia, lo suficiente para levantar las banderas del campo nacional y popular, y lo pagó caro, pero nunca se arrepintió.
Su regreso, ya mayor, no fue una revancha: fue una ceremonia. A los escenarios volvió con la dignidad, la voz y la memoria intactas. Cantó como quien sabe que el tiempo no perdona, pero tampoco miente.
Fue declarada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 1996, y ese gesto institucional, tardío pero justo, la inscribió en el panteón de las imprescindibles.
Murió el 20 de diciembre de 2013, a los 102 años. Pero no murió, porque hay voces que no se entierran y tangos que no se apagan. Hay grandes que vencieron a la censura y Nelly Omar es una de ellas.








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