Juan Vucetich, el inmigrante croata que cambió la historia del registro criminal para siempre
Por Gustavo Zandonadi, especial para NOVA
El 1 de septiembre de 1891, en una oficina modesta de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, un inmigrante croata llamado Juan Vucetich trazó con tinta lo que sería el fin del anonimato criminal.
Ese día nacieron las primeras fichas dactilares del mundo. Vucetich era un empleado raso que había llegado a La Plata con más hambre de método que de gloria. En su escritorio, entre estadísticas policiales y revistas científicas francesas, encontró el germen de una revolución: las huellas digitales no solo eran únicas, eran inmutables.
Con esa certeza, fundó la Oficina de Identificación Icnofalangométrica, un nombre que hoy suena a trabalenguas, pero que entonces era sinónimo de vanguardia. Ese 1 de septiembre, fichó a 23 procesados. La ciencia forense acababa de nacer en el sur del mundo. La consagración no tardó.
Un año después, en Quequén, el doble asesinato de los hijos de Francisca Rojas parecía destinado al archivo de los crímenes impunes, pero Vucetich, con una huella ensangrentada en una puerta, resolvió el caso. No hubo confesión ni testigos, solo la voz del dedo. La mujer fue condenada, y el método argentino se convirtió en referencia mundial.
Europa, que aún manejaba técnicas viejas, miró hacia La Plata con asombro. El crimen perfecto acababa de perder su coartada. Pero Vucetich no se detuvo en el hallazgo. Refinó el sistema, lo clasificó y lo enseñó.
Su método fue adoptado por policías de todo el planeta, y su nombre quedó grabado en la historia de la criminología como el padre de la dactiloscopia. Murió en 1925, en Dolores, sin mucho para dejar, pero siendo recordado como el creador de un sistema revolucionario.








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