Perfiles Urbanos
Una vida entre raquetas

Desde Misiones, Guillermo González, un formador que convirtió el tenis en herencia familiar

Guillermo González, un apasionado del tenis.
Guillermo y Matías González, celebrando un nuevo título familiar.
Guillermo y Matías González, celebrando un nuevo título familiar.
Guillermo y su nieto mayor, compartiendo el legado.
Guillermo y su nieto mayor, compartiendo el legado.
Guillermo junto a su padre, gran mentor de una familia ligada al tenis.
Guillermo junto a su padre, gran mentor de una familia ligada al tenis.

Desde aquel niño que buscaba compartir tiempo con su padre hasta el formador que hoy transmite pasión a su hijo, Guillermo González construyó más de cuatro décadas dedicadas al tenis. Una historia marcada por la enseñanza, la vocación y el legado familiar.

El inicio de un vínculo que cambió su vida

Guillermo González tenía apenas siete años cuando el tenis irrumpió en su vida. Sus padres se habían separado y, en medio de ese cambio profundo, encontró en una raqueta un puente hacia su padre.

“Mi papá daba clases en el Itapúa y con el permiso de mi mamá, tomé clases ahí para compartir el tiempo con él”, recuerda hoy, con una mezcla de nostalgia y gratitud.

Ese gesto simple, nacido del deseo de estar cerca, fue el inicio de un camino que se transformaría en mucho más que una profesión. Allí comenzó una relación que unió a padre e hijo, pero también a un niño con un deporte que lo acompañaría toda la vida.


De aprendiz a maestro

Con el tiempo, lo que empezó como un juego se convirtió en vocación. “Hace más
de 40 años que trabajo en esto, en agosto del 79′ comencé a dar clases. Mi papá
me decía que tenía condiciones para enseñar y de a poco fui teniendo mis propios
alumnos”, relata.

Su recorrido no fue inmediato ni fácil. Pasó por clubes de Posadas y Garupá, hasta
que encontró en Eldorado un trampolín decisivo.

Allí nació su etapa como profesor formador, un rol que no solo lo obligaba a transmitir técnica, sino también valores y disciplina. “Hay que dedicarse, tener el ojo clínico para estar en todos los detalles. Los profesores, maestros o formadores tenemos que ser así”, sostiene con convicción.

Ese ojo clínico lo llevó a competir junto a sus propios jugadores en diferentes
rincones del país.

La enseñanza se convirtió en un viaje compartido, en el que cada logro de sus alumnos era también una victoria personal.

El trabajo como hobby

El mundo del deporte puede ser cruel, competitivo y exigente. Pero para Guillermo
nunca lo fue. La diferencia estuvo en cómo eligió mirar su vocación: “Es mi hobby,
no mi trabajo. Por eso lo hago con mucha alegría y satisfacción”.

Esa frase resume una filosofía de vida que lo acompañó siempre: enseñar desde la
pasión, no desde la obligación. Esa es, quizás, la razón por la cual tantos de sus
alumnos lo recuerdan con cariño y lo siguen eligiendo a lo largo de las décadas.

Herencia y legado

La historia de Guillermo tiene un capítulo especial que lo emociona: ver a su hijo
mayor, Matías, seguir sus pasos. Así como él descubrió el tenis de la mano de su
padre, ahora es su hijo quien lleva adelante esa herencia.

“Que mi hijo sea profesor es una satisfacción muy grande. Estuvo mucho tiempo
trabajando conmigo, se formó, creció, estudió en diferentes cursos y hoy ya tiene
sus propios alumnos; algunos chiquitos de 4 a 5 años y otros que se preparan para
competencias”, cuenta con orgullo.

El tenis dejó de ser solo un deporte o una profesión: se transformó en una tradición
familiar. Una línea que une generaciones y que sigue escribiendo su historia en
cada clase, en cada alumno, en cada pelota que cruza la red.

Un formador de generaciones

Los años pasan y el tiempo deja huellas. Pero en el caso de Guillermo, esas huellas están en las vidas de quienes pasaron por sus clases. “Fui profesor de chicos de 8 años que hoy son papás, incluso abuelos.

Actualmente, llevan a sus hijos y nietos a entrenar conmigo”, relata, con la voz cargada de emoción.

Ese círculo que se cierra es el reflejo más claro de su legado: no solo enseñó golpes y técnicas, sino también valores que se transmiten de padres a hijos y ahora, incluso, a nietos

Una vida entre raquetas

La historia de Guillermo González es la de un niño que buscó un puente con su
padre y terminó encontrando un camino de vida.

Es la historia de un hombre que dedicó más de cuatro décadas a enseñar con alegría, convencido de que el tenis era su hobby y no su trabajo.

Es, sobre todo, la historia de una familia que respira tenis, que lo convirtió en
herencia y que sigue escribiendo su legado en cada nueva generación que se
acerca a la cancha.

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