Perfiles Urbanos
Exclusivo de NOVA

El Progreso de César: memorias de un bar que resiste al tiempo

César Moreno en la barra de “El Progreso”.
En la entrada del bar hay una vidriera con juguetes
En la entrada del bar hay una vidriera con juguetes
Vitrina dedicada a Enrique Puccia, un histórico historiador de Barracas.
Vitrina dedicada a Enrique Puccia, un histórico historiador de Barracas.
Cajas de fósforos antiguas y corchos de sidra decoran el bar.
Cajas de fósforos antiguas y corchos de sidra decoran el bar.
Busto de Montes de Oca, quien le da el nombre a una de las calles donde se encuentra el bar.
Busto de Montes de Oca, quien le da el nombre a una de las calles donde se encuentra el bar.

En el corazón de Barracas, donde la Avenida Montes de Oca y California se cruzan como dos viejos amigos, hay un lugar que resiste los embates del tiempo con la elegancia de quien sabe que la nostalgia también puede ser un negocio. El Bar El Progreso —fundado en 1942— no es solo un café notable: es un archivo de historias, un refugio de almas que todavía creen en el ritual del cortado en jarrito y la partida de naipes a la luz del mediodía. Y en el centro de ese universo está César Moreno, su dueño, un español de 70 años que llegó a ser leyenda sin proponérselo.

Asturias, Saavedra y el destino en forma de bar

César nació en España y su historia empieza en Asturias, de donde sus padres emigraron "porque los tíos de mi madre ya estaban aquí y les tendieron la mano", cuenta. Primero fueron empleados: ella en una panadería cerca del Puente Saavedra y él en un bar. Hasta que un día, un tío con olfato comercial les señaló el local de los Ottaggio —un futbolista que junto a su hermano tenía un bar en plena zona fabril— y les dijo: "Este bar es para ustedes".

Era 1957. El bar ya tenía quince años de vida y un nombre que sonaba a promesa: El Progreso. "Mis padres lo compraron como ‘llave de explotación’ —aclara César—. No era un bodegón, nunca lo fue. Era el lugar donde la gente venía a jugar a las cartas, a charlar, a jugar al billar".

¿Y por qué vendieron los Ottaggio? "No lo sé —confiesa—, pero imagino que fue porque el bar es muy demandante. Mis padres lo hicieron contra toda lógica… ¿Y si no hacían esto, qué hacían? ¡Ja! En esa época eras bolichero o bolichero".

La época dorada: cuando Barracas olía a chocolate y nafta

En los ‘60, el bar estaba disponible las 24 horas y después comenzó a abrir a las 4:30 de la mañana para recibir a los obreros de las fábricas que despuntaban con el sol. "Estaban General Motors, Citroën, Noel… Barracas era un hervidero", dice César. El Progreso funcionaba como una estación de trenes emocional: "Antes del trabajo, durante y después. Trabajábamos 24 horas".

Había dos cines a la vuelta, mesas donde se sellaban amores y otras donde se rompían. "Una clienta me contó que en esa mesa de ahí tuvo la primera cita con el novio… hoy es su marido", comentó César. Y también estaba “La Gallega”, el apodo de su madre, que se hacía famosa por caminar el barrio con guardapolvo azul. Era dura, según cuentan las memorias de algún que otro viejo parroquiano, pero te atendía con un café que parecía un abrazo.

El arte de no modernizarse (demasiado)

¿Qué hace a un bar notable? César lo tiene claro: "No es poner latas viejas y decir ‘esto es retro’. Es mantener la esencia: los mismos pisos, las mismas sillas… aunque ya no haya vitrolas ni se juegue al truco como antes".

En los 90, cuando la ciudad buscaba preservar su patrimonio, un arquitecto entró al bar y lo coronó como notable. "No por viejo, sino por auténtico —explica César—. Si mañana pongo un sushi acá, pierde el alma".

Hoy, entre las reliquias del local, hay juguetes antiguos en la vidriera: "Los puse para el Día del Niño y la gente se quedó mirándolos como si fueran fantasmas. Ahora los chicos del jardín pasan solo para verlos", cuenta con el orgullo de quien sabe que el trabajo y el legado de sus padres está siendo más que respetado.

Clientes que son libros abiertos

Los viejos habitués ya no están, muchos se fueron yendo, pero sus historias perduran. Como la de aquel abuelo que traía a su nieta a tomar café a escondidas de sus padres, o la pareja que tuvo su primera cita en el reservado, como se le decía al salón familiar, donde iban los novios. "De repente alguien te dice: ‘Tu mamá me regañó una vez’, y así vas reconstruyendo", comenta César.

Aunque él ya no vive dentro del bar como sus padres, sigue ahí todos los días. "Me retiré de mi trabajo en una compañía y ahora hago home office acá. La administración ya no es como en los 50, pero el espíritu sí".

El Progreso es cultural

El bar no sólo es un ícono por su café. En ese amplio salón se grabaron películas, videoclips, publicidades y todo lo que uno se pueda imaginar. Desde Duki, hasta Mau y Ricky, casas de apuestas, films como “Púan”, series, de todo un poco.

“Una vez hablando con un chico que se dedica a elegir las locaciones me contó que vienen porque tiene techos altos y porque al ser un local largo se pueden hacer muy buenas todas”, cuenta César, mientras enumera las más de 30 producciones que se hicieron en el lugar.

"Nunca fui segregado: esa es la grandeza de Argentina"

César se emociona cuando habla del país que lo recibió y los primeros pasos de su familia. "Soy un agradecido —dice—. Aquí nunca me hicieron de lado por ser inmigrante". Su voz se quiebra un instante, pero pronto vuelve a reír. Tiene 70 años, un bar que es un museo y una certeza: El Progreso no es solo un nombre. Es una casualidad irónica, un chiste del destino. Porque, al final, ¿qué es el progreso si no saber que algunas cosas no deben cambiar?

Mientras nos despedimos, los clientes piden desde un cortado fuerte hasta platos para el almuerzo. César sonríe y saluda a aquellos clientes habituales. En la vidriera, los juguetes antiguos siguen ahí, testigos mudos de un bar que —como su dueño— entendió que el verdadero progreso a veces consiste en quedarse quieto.

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