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Pura actitud

La juventud es una conquista: a los 60, Alejandro Schujman elige vivir a pleno

El psicólogo es el director de la Red Asistencial de Psicología.
Alejandro Schujman no es viejo, a pesar de tener 60 años.
Alejandro Schujman no es viejo, a pesar de tener 60 años.
"Si tiene solución no es problema", sostiene el psicólogo.
"Si tiene solución no es problema", sostiene el psicólogo.
“Cuando era más joven, me ahogaba en un vaso de agua. Hoy hace falta un océano”, afirmó Alejandro.
“Cuando era más joven, me ahogaba en un vaso de agua. Hoy hace falta un océano”, afirmó Alejandro.
Con el paso de los años aprendió a no preocuparse de más con los problemas que tienen solución.
Con el paso de los años aprendió a no preocuparse de más con los problemas que tienen solución.

El 17 de agosto, Alejandro Schujman cumplió 60 años. Y no es un número más. Cuando era niño, la gente de 60 era grande, muy grande. Él, en cambio, hoy se siente joven, muy joven. Lo define como una sensación rara, curiosa y novedosa.

Pablo Picasso tiene una frase que se convirtió en su mantra para esta etapa: "Lleva mucho tiempo llegar a ser joven". A Alejandro le llevó exactamente ese tiempo: sesenta años. Esa paradoja, la de alcanzar la juventud en la sexta década de la vida, es el eje sobre el cual gira su presente.

Por supuesto, no todo es un lema inspirador. Tiene el difícil desafío de congeniar ese sentir con algunos datos concretos de la realidad. A su cadera, por ejemplo, no le interesa Picasso.

En los últimos estudios apareció una incipiente artrosis –una palabra que en su imaginario se lleva de bruces con cualquier idea de juventud– que le está complicando algo de su cotidianidad.

Sin embargo, y para equilibrar la balanza, una de las cosas que aprendió en estas seis décadas es que "si tiene solución, no es problema". Encontró un equipo médico de medicina regenerativa que lo acompaña y una osteópata que hace lo propio. Se ocupa, sin ahogarse.

Ahí reside otra de sus grandes aprendizajes. Cuando era más joven, cuenta, se ahogaba en un vaso de agua. Hoy hace falta un océano. "Y en ese caso, floto, no me ahogo", dice con una sonrisa que mezcla la sabiduría con un punto de alivio.

Esa ansiedad que lo caracterizó de joven no desapareció, pero se transformó. Los tiempos de espera, que antes eran una letanía, hoy ya no los padece. "Paradójicamente, mi rasgo ansioso sigue estando, pero hoy la espera la entiendo de otra manera. Es parte del viaje, del proceso".

El propósito: disfrutar el viaje

En esta etapa de su vida, Alejandro tiene una sola meta, un solo propósito, un exclusivo desafío: disfrutar, sumar experiencias que lo enriquezcan, construir historias que le den felicidad.

El paisaje de su vida está claro: sus hijos, Santi de 24 y Nacho de 31, ya vuelan solos; sus padres, lamentablemente, ya no están en este plano; su casa, sus perras, su compañera, sus amigos. La vida, después de todo, ya está rumbeada. "Solo me queda vivirla a pleno", sentencia.

Sin perder tiempo, sin distraerse, sin dudar y eligiendo no hacerse problemas por lo que no vale la pena, "y mucho menos la alegría".

En estas seis décadas se condensa una vida entera: nacieron sus hijos, se casó, se divorció, se volvió a enamorar, lloró por amor. Murió su padre, se enfermó y se curó su hijo, murió su madre. Conoció el dolor, descubrió la calma, aprendió que la felicidad es un instante, "que va y vuelve, una vez y otra vez".

Aprendió, se cayó, se levantó, se volvió a caer. Conoció el mundo –o un pedacito de él, y da gracias por eso–, gente hermosa, se llenó de amor, se vació de pena.

Y sigue viviendo, con lo aprendido y lo "aprehendido". Su mensaje es claro: la juventud es un estado del espíritu, aunque renguee al caminar, aunque el laboratorio le dé algunas alertas. Su capacidad de soñar está intacta, más viva que nunca.

"Y el niño que fui, abraza y agradece a este hombre que soy. De eso se trata", reflexiona. Para él, la juventud hoy es una conquista y el resultado de elegir conscientemente la forma de vivir. "A los 20 era joven porque mi edad así lo determinaba. Hoy lo soy porque lo elijo y lo honro".

El arte de saber qué soltar y qué abrazar

En estas décadas, Alejandro entendió que puede elegir qué batallas librar, cuáles soltar y cuáles abrazar. Asumió que las cosas no son, muchas veces, como uno quiere que sean, y eso, asegura, es todo un aprendizaje. Incluso del dolor se aprende. Aprendió a desplegar en su mente solo aquellos conflictos en los que puede intervenir directamente.

"Perdí mucho tiempo en conversaciones internas sobre situaciones que no estaban en mi órbita", confiesa.

Recuerda noches eternas de irse a dormir con la angustia y la preocupación de lo que no dependía de él. Con miedos injustificados, atado a zonas de confort que le daban seguridad, pero no felicidad o calma.

"A medida que crecemos, aprendemos o repetimos. El peso de la mirada ajena es directamente proporcional a nuestra seguridad y confianza en nosotros mismos", analiza.

Hace treinta años, un problema técnico durante una conferencia era una tragedia. Un PowerPoint dañado, un problema serio. "Nada podía salir mal, o eso sentía, y el peso de la responsabilidad era una mochila enorme sobre mis espaldas".

Era el peso de los mandatos, el "deber ser" y la necesidad de aprobación externa. "Agotador", resume. Hoy, su autoconfianza creció gracias a que ha crecido él junto a ella, o viceversa. "¡Y me da una calma!", exclama. Cambió el "nada puede fallar" por el "nada es tan grave". "Y se siente realmente muy bien".

Andar más liviano por la vida

Una de las metáforas más elocuentes de su transformación es el tamaño de sus equipajes. "Antes cargaba un montón de ‘por si acasos’", recuerda. Remedios, algo salado, algo dulce, kit de óleos, libros, etcétera. Hoy, arma y desarma valijas en menos de un minuto. Necesita menos cosas. "Me necesito a mí, y me llevo siempre. Más confianza, menos peso".

Esa liviandad no es indiferencia, sino focus. Es la consecuencia de haber descubierto, con el paso del tiempo, que tiene más recursos de los que años atrás hubiera creído. Es la elección consciente de no cargar con lo innecesario, ni en las valijas ni en el alma.

Un mensaje para quien aún no se siente joven

Alejandro hace un alto en su relato. Su mirada se vuelve más íntima, dirigida a quienes lo lean sin sentirse identificados con su sensación de juventud, ni siquiera por calendario. Para quienes no viajan livianos, para quienes no han podido cambiar aún el "nada puede fallar" por el "nada es tan grave".

"Si estás en esa situación emocional, quiero decirte que hay un momento en la vida en el que dejamos de ser espectadores y empezamos a ser protagonistas", les dice.

Ese instante de viraje emocional –que a veces tiene que ver con tocar fondo, con alejarse de situaciones dolorosas o con un punto de quiebre sin explicación evidente– se busca, se trabaja, se conquista. "Se gana con esfuerzo y mucho coraje".

Es el momento de soltar los miedos y abrazar la dignidad, de no rendirse, de hacer el último esfuerzo antes de la calma de saber que ya se llegó a donde se quería llegar. "El último kilómetro de la maratón, la última inhalación sofocada antes del aire fresco y reparador".

Para ellos comparte una frase de Zygmunt Bauman que le fue muy útil en momentos muy difíciles: "Extraño es el alivio que experimentamos, cuando tras largas noches de desasosiego nos enfrentamos a la verdadera amenaza, esa que podemos ver y tocar, y nos damos cuenta cuán indefensos o preparados estamos para ella".

Lo traduce a un lenguaje sencillo y contundente: "Tenés más fuerza y más recursos de lo que creés. Nunca te olvides de eso".

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