VIDEO | Karina Reyna y el latido del mundo: la madre que transformó el dolor en un río de vida
Hay mensajes que no llegan al celular, sino al centro mismo del alma. Llegan de improvisto, un martes cualquiera, y te detienen el mundo. A Karina Reyna le llegó uno de esos. Una noticia que era, en realidad, un eco. Un eco de algo que había empezado con el sonido más desgarrador del universo: el silencio de un hijo que ya no está.
La voz al teléfono le contaba que un hombre, un tal Gerardo, había donado sangre y se había anotado en el registro de médula ósea hacía una década, en una de sus campañas. Diez años después, ese nombre, esa decisión casi olvidada, se había convertido en la llave que abría la vida para un paciente anónimo al otro lado del océano, en Alemania. “Es como decir; 'wow, te graduaste Karina'”, dice ella, con una voz que se quiebra entre la risa y el llanto, en un salón del colegio San Felipe Neri, en Mataderos, un lugar que hoy es sinónimo de camillas, agujas, termos con café compartido y una solidaridad que se palpa en el aire.
Pero para entender la magnitud de este “graduación”, hay que rebobinar la cinta hasta el principio, hasta donde la historia no estaba pintada con los colores de la esperanza, sino con los tonos grises de la pérdida.
El dolor que no paralizó, sino que impulsó
En 2009, el mundo de Karina se desmoronó. Agustín, su hijo de seis años, perdió su batalla contra una leucemia linfoblástica aguda. Imaginen por un segundo el tamaño de ese agujero negro. La tentación de tirarse en un sillón y no volverse a levantar debe de haber sido inmensa, un imán poderoso hacia la pena. Pero el temperamento de Karina es de otra pasta. Es de aquellos que, en medio del derrumbe, ya están buscando con qué manos pueden ayudar a reconstruir algo, aunque sea para los demás.
“Mi hijo enfermó de leucemia en el 2008, y un año después murió. Tenía seis años. Y dije de qué manera puedo homenajear u honrar la vida que tuvo y se me ocurrió por el lado de la difusión. Él no llegó al trasplante por cuestiones de salud, no porque no hubiera donante. Pero no sabía nada sobre médula ósea, mucha gente aún no sabe nada”, cuenta con una sinceridad que desarma. En su voz no hay rastro de autocompasión, solo la claridad de quien encontró un propósito en la tormenta.
Y vaya si la tormenta no cedía. A los nueve meses de perder a Agustín, murió su papá. Y Karina, con esa resiliencia que parece forjada en acero y miel, se hizo cargo de su hermano Christian, que tiene síndrome de Down. En medio de ese torbellino, un día, acompañando a su hermano a renovar un certificado, vio las siglas: INCUCAI. Y ahí, como un flash, una epifanía en medio de la rutina burocrática, supo que esa sería la forma de recordar a Agustín. “Con algo diferente”, dice. Algo que diera vida.
La primera colecta
La primera colecta fue en 2010, en el mismo San Felipe Neri donde Agustín había cursado primer grado. Nadie esperaba nada. Ni el colegio, ni el servicio médico, ni quizás la propia Karina, que se lanzó a esta aventura con un corazón partido pero con una determinación feroz. “Vinieron 60 personas ese día, desbordó, no tenían idea de que iba a venir tanta gente”, recuerda.
Setenta personas en un colegio de Mataderos no es solo un número. Es un rumor, un pulso que empieza a latir en el barrio. Es la prueba de que cuando una idea es pura, cuando nace del amor y no del cálculo, la gente la abraza. Karina, que vive toda la vida en Mataderos, no hizo un discurso grandilocuente. Solo habló desde el corazón, desde su verdad. Y esa autenticidad es un imán más poderoso que cualquier campaña publicitaria.
El proyecto fue creciendo, orgánicamente, como crece un árbol. De una colecta al año, pasó a dos, y este 2025 fueron tres días completos, del 22 al 24 de octubre. “El año pasado vinieron 250 personas a donar”, dice Karina con un orgullo que no es personal, sino colectivo. Es el orgullo de ver a una comunidad entera poniendo el cuerpo, literalmente.
El aula como territorio de conciencia
Karina no se limita a organizar la colecta. Ella es, sobre todo, una sembradora de conciencia. Recorre las aulas del colegio con la naturalidad de quien entra a su propia casa. A veces va a contar cuentos, otras a hacer juegos, otras a dar una clase práctica sobre la sangre y la donación. Derriba mitos con la paciencia de quien sabe que el miedo se vence con información.
“Mucha gente piensa que donar médula es que te van a sacar un pedazo de la columna y vas a quedar paralítico. Está bueno explicarle a la gente que es como donar sangre”, dice, y uno puede imaginar las caras de alivio de los chicos, y de los no tan chicos, al escucharla. Su herramienta principal no es el folleto, sino la palabra cálida, la cercanía. Transmite desde el amor, y ese mensaje cala hondo.
Este año, la semilla que plantó dio un fruto que la conmovió hasta los huesos. Su hijo menor, Federico, de 14 años, se sumó a la organización. Y le soltó una de esas frases que te detienen en seco y te reafirman que vas por el buen camino: “Ahora que soy grande, que veo todo lo que hacés, me siento muy honrado y orgulloso de vos, mamá”. Palabras que, como ella misma confiesa, la “mataron de amor”.
El código de barras que cruzó el océano
Hablemos del milagro logístico, del verdadero viaje alquímico que inicia una donación. No es solo la bolsa de sangre que repone un banco hospitalario. Es algo más. Cuando una persona se anota en el registro de médula, de esa misma donación se extrae un pequeño tubo de muestra que viaja al INCUCAI. Ahí comienza una transformación casi mística.
“Esa sangre pasa por todo un proceso especial donde te convertís en un código de barras, y pasas a la computadora del Incucai en Argentina para que después también esa información se conecte con la red mundial”, explica Karina. Esa persona deja de ser un nombre y se convierte en un potencial salvador global, en un número que, en cualquier momento, puede hacer match con otro número, con otra vida que pende de un hilo en cualquier rincón del planeta.
Y así fue. El código de barras de Gerardo, creado hace diez años en el San Felipe Neri, resonó en una computadora en Alemania. Fue compatible. La vida de un hombre anónimo en Europa se entrelazó para siempre con la historia de una madre en Mataderos. El círculo se cerró de una manera que estremece.
Y hay un detalle que Karina rescata con asombro, como si el universo le guiñara un ojo: el receptor estaba en Alemania, el mismo país donde vive Axel, su hijo mayor. “Viste... Son las cosas que se mezclan y no tienen respuesta”, musita. No lo dice con dramatismo, sino con la serena certeza de que hay hilos invisibles que nos conectan.
La fuerza que fluye hacia adelante
Karina Reyna no se define por la tragedia. Se define por lo que hizo con ella. En su casa, vive con su hermano Christian y con Federico. Trabaja en ventas, capacita, motiva. Tiene estudios de psicología social, turismo, coaching. “Todo lo que tenga que ver con lo social es lo que más me gusta”, se define. Es una mujer de acción, de esas que encuentran en el hacer la mejor respuesta al dolor.
“No había tiempo de pensar. Mi temperamento es muy resiliente y siempre también viendo un poco más hacia el otro. Me podía haber tirado en un sillón y no haberme levantado más, pero no era una opción para mí”, repite. Esa frase, “no era una opción”, es la clave de su personaje. Hay una ética del movimiento en ella, una convicción de que quedarse quieto es rendirse.
Hoy, su lucha es contra la desinformación. Sabe que falta mucho por hacer. “La idea de una campaña como esta es que sean abastecidos los bancos de sangre para que la sangre te esté esperando a vos y no que vos esperes a la sangre”, plantea, con la claridad de quien tiene una misión. Y ya está pensando en la próxima campaña, en cómo “ahondar más en lo que es la promoción de médula”.
Cuando Karina se enteró de lo de Gerardo y el paciente en Alemania, entendió que Agustín, de alguna manera, seguía presente. No en el recuerdo estático, sino en la acción viva y expansiva. Su corta vida fue la semilla de un bosque de segundas oportunidades. Y en cada donante que se acuesta en una camilla, en cada código de barras que viaja por el mundo, late su nombre. Porque de un dolor inmenso, Karina no construyó un monumento, sino un río. Y ese río, hoy, llega hasta Alemania.








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