VIDEO | El cañonero que no fue campeón: 19 años de la partida de Ferenc Puskás
Por Gustavo Zandonadi, de la redacción de NOVA
El 17 de noviembre de 2006 Budapest se vistió de luto. A los 79 años, fallecía Ferenc Puskás, el hombre que convirtió el gol en arte y que lideró a la Selección de Hungría en el Mundial 1954, en lo que fue una de las campañas más brillantes -y dolorosamente inconclusas- de la historia del fútbol.
Su nombre quedó grabado en la memoria colectiva como sinónimo de potencia, precisión y liderazgo. Pero también como el símbolo de una generación que rozó la gloria mundial sin poder abrazarla. Puskás fue mucho más que un delantero.
Fue el alma de los “Magiares Mágicos”, aquel equipo húngaro que deslumbró al planeta en los años 50 con un fútbol ofensivo, técnico y revolucionario. Ese nivel de juego llevó a Hungría a ganar el oro olímpico de fútbol, en Helsinki 1952.
Capitaneó la selección que humilló a Inglaterra en Wembley por 6-3 en 1953 —la primera derrota inglesa en casa ante un equipo no británico— y que llegó invicta al Mundial de Suiza 1954, con una racha de 32 partidos sin perder.
En ese torneo, Hungría aplastó a Alemania Federal por 8-3 en la fase de grupos, pero el destino tenía otros planes. El segundo partido fue un fácil paseo: 9-0 a Corea del Sur. En cuartos de final fue el turno de Brasil, que cayó 4-2 en un violento partido. En semifinales vencieron a Uruguay por 4-2 y le quitaron el invicto que la Celeste mantenía desde 1930.
La final de Berna fue una tragedia deportiva. Puskás, lesionado, jugó infiltrado. Hungría volvió a enfrentar a Alemania, esta vez en un partido que parecía tener guion de película: los húngaros se adelantaron 2-0 en apenas ocho minutos, pero los alemanes empataron y faltando seis minutos marcaron el tercer gol.
Ganaron 3-2. A Puskás le anularon un gol por offside. Así, el equipo que había reinventado el fútbol se quedó sin la corona. La historia lo recuerda como uno de los mejores equipos de la historia, que no pudo ganar un Mundial.
Tras la revolución húngara de 1956, Puskás se exilió y recaló en el Real Madrid, donde escribió otro capítulo dorado. Con los merengues ganó cinco ligas y tres Copas de Europa, formando una dupla letal con Alfredo Di Stéfano.
En la final de 1960, ante el Eintracht Frankfurt, anotó cuatro goles. Su legado se extendió también como entrenador, aunque nunca con el brillo de su etapa como jugador. Recién pudo volver a su país en 1981.
El apodo “Cañoncito” no fue casual: sus disparos eran misiles teledirigidos. Pero detrás del goleador había un hombre carismático, querido por compañeros y rivales. En 2002 la FIFA bautizó con su nombre el premio al mejor gol del año, un homenaje a su capacidad de convertir lo imposible en rutina. Su muerte, tras una larga lucha contra el Alzheimer, dejó un vacío que ni el tiempo ni las estadísticas pueden llenar.
A 19 años de su partida, Ferenc Puskás sigue integrando el selecto grupo de los artistas de la pelota. Su historia es la de un genio que desafió los límites del juego, que hizo de Hungría una potencia efímera y que, aunque no levantó la Copa del Mundo, se ganó un lugar eterno en el Olimpo del deporte. Hay campeones sin medalla, y Puskás fue uno de ellos.








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