Axel Kicillof acelera su construcción política dentro del peronismo bonaerense mientras las tensiones internas se disparan.
En los últimos meses el gobernador lanzó el espacio Movimiento Derecho al Futuro, con plenarios y respaldos territoriales que buscan consolidarlo como eje provincial y con proyección nacional; una apuesta que, según sus voceros, pretende ser la respuesta al avance de modelos liberales como el de Javier Milei.
La jugada, sin embargo, no ha sido neutra: la decisión de marcar perfil propio y, en ocasiones, desmarcarse de la línea kirchnerista profundizó las fricciones internas.
Sectores ligados a Cristina Fernández de Kirchner atribuyeron a decisiones como el desdoblamiento electoral bonaerense parte de la derrota del peronismo en comicios recientes, y la expresidenta responsabilizó de forma pública la estrategia electoral que, a su juicio, debilitó a la fuerza.
A esto se suma una pulseada concreta por la gestión cotidiana: en la antesala del debate por el presupuesto provincial 2026 las diferencias entre el equipo de Kicillof y referentes de La Cámpora volvieron a hacerse visibles, complicando la aprobación de partidas clave y mostrando que la disputa no es sólo de nombres sino de proyecto de gobierno.
Pese a los cruces, Kicillof consiguió reforzar apoyos territoriales. Intendentes que integran su estructura difundieron comunicaciones públicas avalando su rol y defendiendo la necesidad de una conducción que aspire a reconstruir al peronismo en clave bonaerense.
Ese respaldo territorial es presentado por sus cercanos como prueba de fuerza y herramienta para amortiguar internas.
En el plano nacional el choque con la Casa Rosada y la polarización con el oficialismo libertario también le dan escenario: la ofensiva verbal del presidente Javier Milei contra el gobernador subrayó la centralidad del distrito en la disputa política del país y dejó a la vista que la gestión provincial es, además, una pieza en la contienda nacional.
Que Axel Kicillof busque convertirse en el eje del peronismo bonaerense no sería en sí mismo reprochable si esa ambición viniera acompañada por coherencia de gestión y prioridad por los bonaerenses.
Lo que hoy se ve, sin embargo, hace difícil sostener esa lectura: la creación de un espacio propio, las maniobras electorales y las recientes peleas por el presupuesto parecen más orientadas a tallar una figura con proyección personal que a resolver los problemas urgentes de la provincia.
Desdoblar elecciones y priorizar estrategias de posicionamiento cuando la economía, la seguridad y los servicios públicos demandan gestión es un cálculo político que pone en juego la gobernabilidad.
Que las diferencias derivaran en reproches públicos de figuras de peso dentro del peronismo demuestra que la búsqueda de protagonismo no sólo fractura el frente, sino que erosiona la capacidad de gobierno colectiva que la provincia necesita ahora mismo.
Peor aún: la pulseada abierta por el Presupuesto 2026 muestra que la disputa interna ya no es retórica, sino que impacta en decisiones sobre recursos y prioridades.
Si la política se convierte en una herramienta para fortalecer liderazgos en lugar de asegurar escuelas, hospitales y seguridad, quienes terminan pagando la factura son los ciudadanos. Ese es el verdadero costo de la ambición desmedida.
Kicillof es hábil para sumar intendentes y construir aparatos territoriales; pero sumar fieles no es lo mismo que gobernar bien. El peronismo bonaerense necesita menos tácticas de relojería política y más respuestas concretas.
Si su objetivo es realmente convertirse en alternativa de poder nacional, primero deberá demostrar que la provincia funciona mejor bajo su mandato y que la unidad que reclama no es una consigna vacía sino un proyecto capaz de mejorar la vida cotidiana de la gente. Hasta ahora, las señales indican lo contrario: prioridades personales por sobre gestión pública.








Seguí todas las noticias de Agencia NOVA en Google News










