No hace falta disfrazarlo: el juicio por Fornerón en Buenos Aires es un cachetazo a la autoestima de la Justicia entrerriana. No por la geografía —CABA o Victoria—, sino por el mensaje: cuando acá no se ordena, alguien de afuera te ordena.
Y eso duele porque llega en el peor momento: un Poder Judicial en el ojo de la tormenta, cuestionado a diario por su doble vara y por un reflejo corporativo que siempre mira primero a quién se toca, antes que qué se juzga.
El caso que rompió el vidrio
Fornerón es más que un expediente viejo que “finalmente” llega a debate. Es la radiografía de cómo se naturaliza lo irregular cuando conviene: dictámenes que se abrazan al statu quo, tecnicismos que postergan lo impostergable, una pulseada eterna entre identidad y comodidad institucional.
Si el juicio se está haciendo en CABA es porque alguien decidió que adentro del río las reglas se juegan con ventaja local. Esa sola postal lastima a una Justicia provincial que ya venía golpeada.
La regla no escrita: “siga, siga”
Todos en Entre Ríos entendemos la metáfora: justicia de potrero. Al amigo, “siga, siga”; al que molesta, todo el rigor. El problema no es anecdótico: es cultural. Se ve en cómo se abren y cierran causas, en quién recibe agenda y quién espera en el pasillo, en cómo se encienden o apagan los reflectores del Ministerio Público según el apellido de turno.
El factor Procuración
Ahí aparece un nodo que ya no se puede esquivar: Jorge Amílcar Luciano García, Procurador General, jefe de la acción penal pública. No es personal; es un diseño de poder.
La percepción —extendida, transversal— es que la Procuración acelera cuando el acusado es políticamente incómodo y desacelera cuando la incomodidad es propia. El resultado no es solo injusticia selectiva: es pérdida de legitimidad. Si la ciudadanía cree que la Fiscalía mira con un ojo distinto según el color del expediente, todo el sistema se vuelve sospechoso.
Victoria como síntoma (no excepción)
Fornerón ocurrió en Victoria, pero la lógica desborda cualquier mapa. Victoria concentra casos que conmocionaron y no cerraron: el femicidio de Berenice, donde la familia aún espera respuestas tangibles; la pornografía con IA en un colegio —con allanamientos y pericias— que sigue sin condenas; y hasta episodios de apremios en clave barrial donde, según se dijo, hubo denuncia, retiro de la denuncia, y luego denuncia por coacción… y nada terminó de cuajar. No se trata de apilar horror: se trata de mostrar patrones. La sensación social es nítida: para algunos, la ley llega con sirena; para otros, llega sin batería.
El Jury que no disciplina
Cuando la política institucional debería corregir desvíos, aparece el Jurado de Enjuiciamiento con su propia ley de gravedad: a veces actúa con una velocidad quirúrgica si el ruido es interno; otras, mira al techo. Así, lo que debiera ser un sistema de responsabilidad se vuelve una ruleta: hoy cae rojo, mañana negro. Y en el medio, se cocina el hartazgo ciudadano.
Lo que este juicio nos tira por la cabeza
No hay más atajos: o reordenamos adentro (reglas claras, plazos que se cumplen, criterios escritos y públicos), o nos van a ordenar desde afuera cada vez que la provincia no esté a la altura.
Política criminal, por escrito: priorizaciones explícitas y controlables. Nada de olfato o “sentido de oportunidad”.
Responsabilidad vertical y horizontal: Procuración que rinda cuentas, jueces que expliquen y un Jury que funcione siempre, no solo cuando conviene.
Dejen el potrero
Fornerón no es un capítulo suelto: es el índice de un libro que Entre Ríos viene reescribiendo sin animarse a publicarlo. Y sí, se puede discutir todo —contexto, plazos, garantías—, pero hay algo que ya no admite discusión: la confianza no se decreta, se gana. Cuando el “siga, siga” vale para unos y el silbato solo suena con otros, no hay justicia: hay partido arreglado.
El juicio en CABA es un espejo. Podemos romperlo, negar lo que muestra, o mirarnos y cambiar. Si la Justicia de Entre Ríos quiere salir del ojo de la tormenta, tiene que hacer algo muy simple y muy difícil a la vez: jugar con las mismas reglas para todos.








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