Perfiles Urbanos
Exclusivo de NOVA

La trama de una vida: de la orfandad a la resiliencia, con la moda como abrazo

Yamila con sus tres perras: Lila, Lulú y Simona. La primera y la última fallecieron este año.
La ropa que diseña Yamila.
La ropa que diseña Yamila.
Familia ensamblada. Osvaldo tenía tres hijos mayores, que habían formado sus propias familias. Marcela tenía un hijo, Adrián. Y juntos tuvieron a Yamila.
Familia ensamblada. Osvaldo tenía tres hijos mayores, que habían formado sus propias familias. Marcela tenía un hijo, Adrián. Y juntos tuvieron a Yamila.
Yamila con sus padres Osvaldo y Marcela, que se llevaban 30 años de diferencia de edad y murieron cuando era muy joven. "Se amaban con locura", dice ella.
Yamila con sus padres Osvaldo y Marcela, que se llevaban 30 años de diferencia de edad y murieron cuando era muy joven. "Se amaban con locura", dice ella.
Yamila y su hermano Adrián con su madre.
Yamila y su hermano Adrián con su madre.

Hay casas que guardan ecos. En Caballito, una casona de techos altos y pisos de madera atesora los pasos de una niña, las risas de una familia ensamblada contra todo pronóstico y, después, el silencio denso de la ausencia. En esa casa, Yamila Waldszan aprendió a escuchar su propio llanto. Tenía veinte años, tres perras que la miraban con ojos interrogantes y, jura, “no sabía ni pagar la luz”. En un lapso corto, brutal, el mundo se le vino encima: primero su papá, después su mamá. Quedó sola. Pero en la soledad, esta joven de sonrisa fácil y mirada penetrante encontró una fibra íntima, resistente, que la llevó a reinventar no sólo su vida, sino también la manera de transitar el duelo.

Los cimientos: una familia contra los prejuicios

Yamila nació en 1999 en el seno de algo que ella define como una familia “súper ensamblada” y poco convencional. Su papá, Osvaldo, le llevaba tres décadas de diferencia a su mamá, Marcela. “Él tenía 60 y venía con tres hijos de un matrimonio anterior. Mi madre tenía 30 y un hijo. Yo soy la única que tuvieron juntos”, relata, y deja caer una sonrisa que mezcla nostalgia y orgullo. Esa diferencia de edad no pasó desapercibida. “Debieron pelearla mucho para que los aceptaran”.

El escenario estaba cargado de suspicacias. “Los tres hijos mayores miraron con desconfianza a Marcela”, explica Yamila. “Lo primero que pensaron fue ‘esta chica le va a sacar toda la plata a mi papá’.” Y no era para menos: Osvaldo ya tenía su empresa, un capital formado, una cadena de farmacias y perfumerías sobre la avenida San Martín. Del otro lado, los abuelos maternos también fruncían el ceño: pensaban que Osvaldo se quería aprovechar de una chica joven.

Había un dato que agregaba más leña al fuego: Marcela era empleada de Osvaldo. “Entró como cajera en una de sus farmacias, a los 22 años, luego de una vida muy dura”, cuenta Yamila. “Mamá era súper humilde. Su pareja anterior, con quien a los 18 años tuvo a mi hermano, la maltrataba y los terminó abandonando”.

Con el tiempo, la convivencia hizo lo suyo. “La familia se ensambló perfecto. La hija de mi papá que es más grande que mamá terminó por ser su mejor amiga. Iban al club Maccabi, jugaban al tenis, tenían el mismo grupo…”, recuerda. “Éramos una familia feliz, pero a mis padres les costó, tuvieron que ir contra viento y marea”. La visión de Yamila sobre la pareja de sus padres siempre fue distinta, limpia de prejuicios. “Los pre juzgaron, que siempre es más fácil. Pasa siempre que vemos una relación con esa diferencia de edad en la tele, o en la calle. Prejuzgar antes de creer en su amor. Yo nunca vi esa diferencia de edad. Papá fue un padrazo, siempre lo voy a recordar como lo mejor. Con mamá éramos muy amigas, siempre me entendió en todo, era muy fácil hablar con ella. Hasta mis amigas la amaban. No tengo un recuerdo malo de mi infancia y mi adolescencia con ellos. Se amaban de verdad, con locura”.

El primer terremoto

Cuando Yamila cumplió diez años, algo en esa felicidad se resquebrajó. Su papá tuvo un infarto. Cinco años después, el destino le marcó la línea de llegada. “Ahí empezó su enfermedad. Cuando yo estaba en tercer año de la secundaria, en el ORT de Almagro, a él le detectaron cáncer de pulmón. Se lo descubrieron tarde. Estaba con metástasis. Fue muy heavy. Vivió seis meses más”, relata con una serenidad que sorprende. “De muchas cosas me dejaron al margen, porque era muy chica. Se encargaron más mi mamá y mi hermana”.

El 9 de junio de 2015, con 71 años, Osvaldo murió. Yamila tenía 15. Y entonces, debió ocuparse de su mamá. “Ella no se pudo recuperar del golpe. Durante esos seis meses, vivió para papá. No dormía en casa, sino en el sanatorio. Se tenían un amor muy profundo. Él la salvó. Y cuando papá murió, entró en depresión”, explica. Marcela, cuenta Yamila, “cortó el vínculo con la mayor parte de la gente que le hacía bien. Se enojó con la vida. Lo único que hizo fue quedarse encerrada en casa. Se acostaba en el sillón, ponía Netflix, comía y no hacía mucho más. Le preguntabas por una serie y la había visto. No le interesaba salir a la calle, juntarse con gente, con la familia de papá. Al club no lo pisó más, salvo, con suerte, para verme jugar hockey. Porque hasta las cosas que compartía conmigo costaba que las hiciera. Se rindió”.

Los roles se invirtieron: Yamila fue mamá de su mamá. “Me hacía mal vivir en esa casa, pero mi madre no quería soltar nada que hubiera sido de papá”. No solo el comportamiento de Marcela mutó; también su aspecto. “Ella se cuidaba mucho, hacía deporte. En el curso de un año, era otra persona. Fumaba mucho, tomaba alcohol y comía bastante. Engordó 20 kilos. Y no quería hacer terapia, como yo le pedía. Estaba negada”. En una discusión, Marcela le dejó entrever algo tremendo: “Me dijo que su única cura era que volviera mi papá. Se negaba a vivir. En una discusión que tuvimos me dejó entrever que hasta había intentado irse, pero que no se animó por mí”. Y en medio de ese torbellino, llegó la pandemia.

La orfandad y la culpa que carcome

El papá las había dejado en una buena posición económica, pero la situación se complicó. “Teníamos una herencia que nos había dejado además, pero mamá no lo sabía. Yo era chica y no me hizo parte de los trámites”, confiesa Yamila. “Y ella, que con suerte terminó el secundario, no tenía ni recursos ni ganas de pensar en eso. Como la gente dejó de pagar esas rentas, empezamos con escasez de plata”. La respuesta de Marcela fue refugiarse en los excesos. “Y cuando tenía 47 años, a finales del 2020, en la segunda ola de COVID, le dio un infarto”.

La operaron de urgencia. “Le dije que la vida le había dado una segunda oportunidad, que no lo tome en joda, que largue el pucho, el alcohol, que empiece a hacer ejercicio…”, recuerda Yamila. Pero Marcela insistía en que nadie le iba a decir cómo vivir. Todo aquello fue un despertador para Yamila, que hasta entonces había vivido como en un cuento. “Para mí era difícil levantarme y verla a mamá tirada en un sillón. Pero no tuve otra opción de seguir con mi vida: terminar el secundario, hacer el viaje de egresados, recibirme. Por suerte entendí que no quería eso para mi vida. Obvio que no es lo mismo perder a un padre que a un esposo, pero creo que cada uno elige tomar su camino. Hasta ese momento era como una chetamalcriada, porque me daban todos los gustos. En buena medida, aquello me curtió para la vida”.

Poco después, algo cambió. El cardiólogo envió a Marcela a terapia. La medicaron. Se puso de novia. Pero la sanación era un camino largo. “Le daba culpa cada vez que podía estar feliz. Entonces se ponía mal, se boicoteaba. Siempre veía oscuridad al final del camino”, subraya Yamila.

El primer día de abril de 2021, su mamá se descompuso. Le dijo que se sentía muy mal, que se iba a acostar. Pero a las cuatro de la madrugada, llamó a su puerta. Yamila, recordando el infarto anterior, llamó a una ambulancia. La internaron. Era una apendicitis. “Genial, pensé, nada malo puede pasar, yo también tuve. Es una de las operaciones más fáciles que hay”.

Sin embargo, una complicación se sumaba: su cuñada tenía COVID y Yamila había estado con ella. Precavida, usó barbijo en casa. Al segundo día del alta, su madre empeoró. “Me dijo que no podía respirar, que no le entraba el oxígeno”. Llamó a una ambulancia y el médico dijo que saturaba bien. Pero a la noche, la respiración empeoró. “Yo no me quería ni acercar, por el COVID. Llamé a mi hermano y le dije ‘Adri, por favor llévala a mamá a la guardia del hospital, que tengo miedo de contagiarla’”.

El momento de la despedida quedó grabado a fuego. “Cuando su mamá se iba, se quiso acercar para saludarla, para darle un abrazo o un beso. Yamila no olvida más ese momento. “Le dije que no, que no la iba a tocar. Creo que le dije ‘en un rato nos vemos’”. Mi hermano se la llevó. Eso habrá sido a las doce de la noche”. A las tres de la madrugada, sintió algo extraño. “Me desperté porque sentí algo en el cuerpo. Esas cosas que no tienen explicación. Algo que me pasó por dentro”. Su hermano no respondía y cuando lo hizo, le preguntó “¿ya llegó Tomás?”, por su novio. “Entendí todo. Revoleé el celular y me puse a gritar. Ahí empecé con el shock emocional, que para mí es la diferencia entre la muerte de mi papá y de mi mamá. A las dos las sufrí mucho, pero lo de mi papá fue en el transcurso de seis meses, te vas mentalizando, te preparás. Además yo era la más chica y mi familia me protegió. Acá estaba sola, fue de un día para el otro, y no me lo esperaba para nada”.

La culpa la carcomió: pensó que le había contagiado COVID. Días después, supo que el análisis había dado negativo. En la tomografía, descubrieron que sus pulmones estaban llenos de agua, que había hecho una trombosis pulmonar. Según Yamila, “por mala praxis en la cirugía”. En medio del estudio, Marcela tuvo un paro cardíaco. Murió con 49 años. Era el 3 de abril de 2021. Yamila tenía 20 años. Y había quedado sola.

El renacer, paso a paso

“Yo era una malcriada, me habían dado todo. No sabía ni pagar la factura de la luz. Ni ir al supermercado y buscar precios. Nunca había hecho un trámite”, confiesa. “Y de repente tenía que hacer una sucesión, muchos papeles que ahora tenía a mi cargo. Me quedé sola en esa casa gigante en Caballito, con mis tres perras y un montón de responsabilidades que si no las resolvía yo, no las iba a resolver nadie. No sabía cómo iba a sobrevivir. Me tiré a llorar”.

El proceso, cuenta, “empezó siendo todo oscuro. Yo también me enojé con la vida, como mi mamá. No entendía por qué a mí, si era buena persona. Dejé de creer en Dios. Me distancié de algunas personas de la familia sin demasiado motivo. Estuve llorando un mes seguido. Dejé trabajos de lado, la facultad, donde estaba a punto de terminar Diseño de Indumentaria. No quería nada más que estar en casa con mis perras”.

Pero después de un mes, algo clickeó. “Empecé a entender a mi mamá por no dejar la casa, porque al principio es fácil agarrarse de los recuerdos materiales”, reflexiona. Comenzó terapia. Y entendió que sus padres no querrían verla tirada en ese sillón. “Me hice escuchar. Dije cómo estaba, qué necesitaba. La verdad es que siempre tuve mucha gente que me rodeó, que me ayudó a transformar el dolor en resiliencia, en el futuro. Aprendí que de lo peor se puede sacar algo bueno. Hoy es mi lema para continuar mi crecimiento”.

Fueron manos amigas las que la rescataron. Su novio (hoy ex, pero con una excelente relación, aclara), sus amigas, familiares. “Una pareja me enseñó que con escanear un QR podía pagar una factura. De a poco. Un escribano de confianza, el papá de una amiga, me ayudó con los papeles, con la herencia, cómo mover todo eso. Volví a las rutinas que me hacían bien, como jugar al hockey. Cosas que me liberaban la cabeza”.

También luchó contra la culpa de sentirse bien. “Me sentía muy culpable por estar bien. ¿Cómo voy a estar así cuando debo estar detonada en una cama porque mis papás fallecieron? No existe. La culpa te atrae un montón, igual que el qué dirán. Yo solía bailar, pero salir a bailar era demostrarle a los demás que estaba bien y me iban a juzgar por eso. Empecé el proceso de que no me importara el qué dirán. De darme cuenta que tuve una historia súper feliz. Después mis papás murieron y lo viví y lo sigo sufriendo con mucho dolor. Pero el lado bueno es que me formaron como soy y yo estoy muy orgullosa de eso”.

El proyecto que abraza la memoria

Yamila volvió a la moda, su pasión. Es la estilista favorita de Camila Mayans y otras figuras. Y terminó la carrera de Diseño de Indumentaria en la Universidad de Palermo. Su tesis no fue solo un trabajo final; fue la materialización de su duelo transformado en arte.

“Cuando pensé en la tesis quise poner algo de mi vida, algo personal. Mis viejos son mi inspiración, mi creatividad”, relata. Decidió alquilar la casa de Caballito. “Lo hice porque me pareció el momento de soltar mi hogar de toda la vida. Irme a un lugar nuevo, que pueda armar yo”. Y entonces, se enfrentó al armario de sus padres. “Tuve un dilema: qué regalo, qué dono…. Gran parte de la ropa tenía un significado emocional, que yo quería mantener. Y al mismo tiempo era ‘yo a esa ropa no la voy a usar’”.

La idea fue brillante. “Lo que se me ocurrió, y fue el proyecto de mi tesis, fue reutilizar, renovar y darle vida nueva a toda la ropa de mis seres más queridos fallecidos, para convertirla en algo sentimental, positivo y que tenga uso. Así que reconvertí aquello, hice prendas nuevas e imaginé una empresa donde la gente pueda traer la ropa de esas personas que amaron y no están más, pero quieran darle un valor sentimental, para llevarse una prenda nueva que puedan usar según sus gustos de moda, su edad y su género…”.

Bautizó el proyecto “Sintiendo(nos)”. “Todos hemos perdido un familiar, y a su ropa le damos un valor negativo, porque nos hace acordar a cuando la usaban. Mi idea es transformar eso en un recuerdo positivo, para entender que la ropa tiene un valor sentimental”, explica. Los profesores le pidieron que lo patente. El 1 de julio celebró su título.

Hoy, Yamila vive en Nuñez con Lulú, su caniche. Lila y Simona ya partieron, otro golpe que supo transitar. Hace poco viajó a Europa. Volvió renovada. El proyecto de “Sintiendo(nos)” aún no abrió comercialmente, pero es un sueño latente. “Me encantaría. De tener algo para vivir, quisiera que conecte mi pasión por la moda y mi historia de vida. Sería algo que me podría mantener feliz por siempre”.

La vida le arrancó mucho, pero no pudo con su capacidad de reinventarse. En su historia, el dolor no fue un callejón sin salida, sino la materia prima con la que tejió un futuro lleno de color, memoria y mucho, mucho estilo.

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