Por Gustavo Zandonadi, especial para NOVA
El 3 de octubre de 1931 se inauguraba el monumental edificio donde funcionó el Concejo Deliberante porteño. Ese edificio de líneas francesas y pretensiones republicanas hoy aloja a la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Pero más allá del mármol y del buen gusto edilicio, lo que se inauguró fue una forma de escenificar el debate. En otras palabras, un teatro para hacer oír la voz de los vecinos de la Capital Federal.
El Palacio no tardó en mutar. Fue sede de la Secretaría de Trabajo y Previsión en los albores del peronismo, cuando el trabajo se pensaba como derecho y no como un mercado. Entre 1947 y 1955, sus pasillos se llenaron con otra épica: la de la Fundación Eva Perón. Ahí, donde antes se discutían ordenanzas, se empezaron a tramitar gestos. Camas, frazadas, prótesis, becas. El mármol y el bronce fueron testigos de la transformación de la necesidad en derechos.
La Fundación usó el edificio como símbolo y como herramienta. Lo resignificó. Lo volvió oficina del afecto estatal. No había estética del poder, sino logística del cuidado. Y eso, en una ciudad gorila, fue una revolución silenciosa.
Hoy la Legislatura es escenario de debates que muchas veces olvidan la historia vivente del cuerpo que los sostiene, por eso conviene recordar que ese edificio majestuoso es más que un punto rojo en el GPS. Fue refugio, fue archivo, fue escena de una política que no temía mancharse las manos con barro, con sudor, con lágrimas para ayudar a los más necesitados.
La efeméride de hoy no celebra un corte de cinta. Celebra la genealogía de un edificio que supo alojar la retórica refinada de expertos en oratoria, como la urgencia de los que no tenían nada.
En Buenos Aires, los edificios guardan historia. Y el Palacio del ex Concejo Deliberante es uno de esos tantos lugares que están ahí, que los vemos al pasar y que sabemos muy poco de los secretos que guardan.








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