La historia viviente
Intentaron invadir dos veces

El día que los ingleses se rindieron

Fue crucial la papel que jugó la población civil.

Por Gustavo Zandonadi, especial para NOVA

El 5 de julio de 1807 las tropas británicas que invadieron Buenos Aires por segunda vez fueron nuevamente derrotadas por el amor propio rioplatense, que combatió codo a codo con los soldados liderados por Santiago de Liniers. La gloriosa jornada pasó a la historia con el nombre de Día de la Defensa. El saldo fue de 1.100 ingleses muertos y más de 1.500 prisioneros. Dos días después del combate los invasores firmaron la rendición incondicional.

La acción bélica inglesa fue efectiva en los primeros combates. Sin embargo el papel que jugó la población civil fue decisivo. Mientras los invasores se prestaban para iniciar el asalto final, desde los balcones de sus casas los porteños se organizaron para repeler el ataque. Eso inclinó definitivamente la relación de fuerzas en favor de los criollos. Cada hombre, mujer y hasta los niños, fueron soldados y cada balcón fue una barricada.

Buenos Aires, la puerta de entrada

En marzo de 1807 el HMS Thisbe zarpó con rumbo a Montevideo. La expedición estuvo encabezada por John Whitelocke, con rango de Comandante en Jefe, quién tuvo a su cargo más de 11.000 efectivos militares. En mayo desembarcaron en Montevideo y tomaron el control de la ciudad. Desde allí organizaron sus tropas para ocupar las principales ciudades ribereñas de la Banda Oriental. Un mes después llegaron a Colonia del Sacramento y desde allí cruzaron el río para invadir Buenos Aires.

Los ingleses conocían muy bien lo que pasaba en esta parte de la América española. El prestigioso historiador Julio Carlos González en su libro "La involución hispanoamericana" fue de los pocos en nuestro país que divulgó los planes estratégicos diseñados por funcionarios británicos en 1711 para hacerse del control de la llanura pampeana, como puerta de entrada a Sudamérica. Lo intentaron en 1806 y 1807. Ambas veces fracasaron.

Que pasaba en Europa

Gran Bretaña estaba en plena revolución industrial, hecho que la situaba como la economía más productiva del viejo mundo. Buena parte de esa producción era colocada en el mercado continental europeo, pero el boicot comercial promovido por Napoleón desde 1806 obligó al Reino Unido a buscar nuevos mercados.

Ejecutando los planes de 1711, el Río de la Plata apareció como una posibilidad. Lo intentaron por la fuerza en 1806 y 1807, pero el fracaso de las armas le dió lugar a las intrigas de la diplomacia. En el amable ofocio de los embajadores y agentes comerciales los británicos cumplieron el deseo de George Canning: hacer de América española una colonia británica encubierta.

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