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Trayectoria

¿De cuál Landrú estamos hablando?

¿Cuántos Landrúes caben en un Landrú?

Por Miguel Dao, especial para NOVA (*)

En enero del 2023, centenario del nacimiento de Juan Carlos Colombres (Landrú), visité la exposición que en su homenaje se presentó en el Museo Castagnino de Mar del Plata. Mi interés, más que en la muestra en sí, se centraba en conseguir la edición especial que la Fundación Landrú sacó en formato revista justamente con temática marplatense. No la tenían. Solo se podía comprar en la sede de la Fundación en CABA, me anoticiaron en el Castagnino.

Y no era que se hubiese agotado. Tampoco había estado en la inauguración de la Muestra, organizada conjuntamente por la Biblioteca Nacional y la dirección de cultura local y anunciada con bombos y platillos. Pre-inauguración, en verdad, porque sólo era para invitados especiales. Ese día se congregó en el Museo la créme de la créme marplatense. Con vestimenta de gala, lo presencié, lo juro.

El contacto para adquirir la revista era inusual. Me encontré en la página web de la Fundación con un chat donde atendían humana, rápida y diligentemente. Pregunté si podía pasar el feriado de carnaval, una vez vuelto de Mar del Plata. Me contestaron que sí, pero que antes debía llenar un formulario colocando todos mis datos. Me remitieron al link. Cumplí la preceptiva. Me confirmaron por mail que ya estaba reservado mi ejemplar y que podía ir.

Fui un lunes de Carnaval dentro del horario de atención.

A las dos y media de la tarde toqué el timbre del segundo piso de un edificio de Callao, donde opera la Fundación. No atendió nadie.

Reclamé por la mensajería especial y por mail. Me contestaron de inmediato por ambos canales que iban averiguar qué sucedía.

Resultó finalmente que no habían caído en la cuenta del feriado carnestolendo. Me propusieron que pasase otro día.

Les resalté, ya algo amoscado, que por eso mismo había preguntado antes, que había viajado especialmente desde La Plata, y que no, que no podía pasar otro día.

Es entonces que recibo un mensaje de whatsapp de número desconocido.

Era el nieto de Landrú desde EEUU, que me consultaba si podía llamarme. Le contesté que sí, obviamente.

Se deshizo en disculpas y me propuso retirar el ejemplar en la casa de un familiar, muy cerca de la Fundación.

Acepté. Fui. Plena zona de Recoleta.

En la puerta de un edificio señorial me recibió Raúl Colombres, el mismísimo hijo de Landrú, con la revista en la mano y con nuevos pedidos de disculpas. Había interrumpido su almuerzo en un restaurante cercano para cumplir con la diligencia que le acababa de encargar su hijo desde los EEUU.

Muy insólito todo, pero una predisposición única para resolver malentendidos.

Todo este largo introito pintoresquista viene a cuento para confirmar que, visto el entorno de su descendencia, no cabe duda que Landrú era un dignísimo bon vivant de rancia estirpe.

De familia patricia, emparentada con caudillos provinciales y más atrás todavía, remontándose en el tiempo a los albores del país, con nobles españoles, tenía una prosapia más cercana a la del medio literario (pensemos en Borges, Bioy, Ocampo, Mujica Láinez) que a la de aquellos que se desempeñaban en el campo del humor gráfico y escrito.

Estirpe un tanto venida a menos, quizá, en las primeras décadas del siglo pasado (el humorista nació en 1923), pero que no por eso había perdido sus modos y costumbres.

Y más singular aún resulta Landrú cuando, desde la célebre Tía Vicenta, lo encontramos burlándose de los ínclitos militares (al decir del Julián de Montepío, de Quinterno, en referencia al golpe del '30), cuando todo haría pensar que alguien de su clase los aplaudiría...

Pero no nos anticipemos y vayamos a los inicios de la carrera humorística de Juan Carlos Colombres.

Arranca su carrera profesional a sus veintidós años, a fines del ’45, en la revista Don Fulgencio (Lino Palacio). En el segundo año de la publicación, ya aparecen tapas firmadas todavía con su nombre real. En Cascabel, otro semanario de humor, surgen sus primeros chistes políticos.

Pero 1948 deviene un año clave en tanto se incorpora al staff de ¡Aquí Está! un magazine de actualidad (espectáculo, moda, política, curiosidades) de gran tirada. Significa el arribo de la modernidad a la revista, que si bien albergaba dibujantes de la talla de Torino y Mazzone, por primera vez rompe con la tradición del trazo humorístico clásico redondo y perfeccionista, para dar lugar a una estética elemental y descuidada.

Landrú -al igual que Oski (Oscar Conti), nueve años mayor que él- recepta la influencia de Saúl Steimberg, un rumano afincado en Estados Unidos, y celebrado por la vanguardia de Nueva York, donde publicaba sus trabajos.

A contramano de su línea simple el humor de Landrú va creciendo en delirio. Prontamente abandona la tira Diógenes, el curandero, con la que había debutado en el bisemanario ¡Aquí Está!, para dejar paso a La verdad verdadera, una especie de noticiero apócrifo breve, donde asoma el humor absurdo que lo caracterizará en su propia revista.

Pero antes encontramos su inconfundible trazo en múltiples publicaciones: Vea y Lea (1950), Pobre Diablo (1953), Loco Lindo (1955) revista humorística de bolsillo, donde firma –por razones que desconozco- con el seudónimo de Rasputín. Y hasta en publicidades de Poxipol.

Finalmente, en 1957, la carrera de Landrú pega el salto definitivo con el semanario Tía Vicenta, cuyo primer número aparece en los kioscos el 14 de agosto de ese año. Era un día miércoles. El dato importa dado que el ejemplar no consigna fecha y que la idea era que la revista saliese todos los martes. El propósito empezó a cumplirse recién a partir del segundo número (20/08/57), porque de lo contrario el debut hubiese caído en martes 13 y Landrú era supersticioso.

El subtítulo es "La revista del nuevo humor" y la tapa –donde se muestra una fila de militares esperando turno para el golpe de Estado- revela inequívocamente su orientación política.

Landrú venía de colaborar en Avivato, que fundada en 1953 por Faruk, después de la caída de Juan Domingo Perón comenzó a incluir humor político. Desde sus tapas Lino Palacio (padre del editor, firmando como Flax, su seudónimo para esos menesteres) reflejaba en tono de sátira leve, con un texto en verso acompañando el dibujo, la realidad nacional.

Se avizoraba la necesidad de canalizar esa vertiente de la comicidad en una publicación exclusiva y fue Landrú quien la concretó.

Eran épocas de la autodenominada Revolución Libertadora, régimen de facto que dos años antes había derrocado al Gobierno constitucional del Gral. Perón. Después del efímero paso por la Presidencia de Eduardo Lonardi (militar a quien se consideraba complaciente con el peronismo), ejercía el poder uno de los principales instigadores y ejecutores del golpe, el Teniente General del Ejército Pedro Eugenio Aramburu, acérrimo antiperonista, responsable de los Fusilamientos de José León Suárez y del secuestro y profanación del cadáver de Eva Perón. Por decreto, había prohibido cualquier mención al líder de masas reemplazando su nombre por eufemismos tales como el "tirano prófugo" o "el dictador depuesto". Lonardi intentó incluso, en ese mismo 1957, el asesinato de Perón en Caracas, donde el líder se encontraba asilado. El atentado fracasó por milagro.

No obstante la dureza del régimen existían permanentes internas dentro de las tres armas, principalmente en el Ejército. A esa circunstancia puntual aludía sin duda la tapa del primer número de Tía Vicenta.

En el nro. 2, se ve a un Arturo Frondizi de cuya cabeza brota petróleo. El dirigente, que procedía del Radicalismo, había lanzado años antes su libro "Petróleo y política", y se oponía ferozmente a la dictadura imperante, enfrentándose también a sectores de su propio partido, más cercanos a los golpistas. Frondizi, seis meses después, sería elegido presidente de los argentinos.

En el nro. 4 es el turno del Almirante Isaac Rojas, a quien se muestraen portada temeroso del vuelo del Avión Negro, en el cual según la creencia popular, regresaría Perón. Tanto o más extremista que Aramburu, Rojas, Vicepresidente de facto, no sólo pretendía erradicar de cuajo al peronismo, sino además a todos sus logros sociales.

En vista de este muestrario iniciático, cualquiera concluiría que la revista, y por ende su director Landrú, era extremadamente crítica con el gobierno militar. Así al menos quedó consagrado en la historia oficial del humorismo argentino.

No obstante, existen datos que ponen en crisis esa lectura. Empecemos por el mismo Landrú, que siempre caracterizó a Tía Vicenta como una revista sin toma de posición política. Definía su estilo de humor diciendo que versaba, sí, sobre la actualidad y los personajes claves de cada momento, pero nunca en contra de determinado gobierno o figura.

Por otra parte, el humorista relataba que la iniciativa de una revista de esas características provino de la oferta de un grupo de inversores privados. No los individualizaba, pero como se empieza a consignar desde el número 8, aparece Editorial Haynes, por un lado, y la firma NOPRA, por el otro.

El escritor y periodista Rodolfo Walsh, en una nota titulada “Mientras Landrú sonríe”, publicada en 1959 en el semanario Azul y Blanco, reveló detalladamente quiénes financiaban Tía Vicenta.

Respecto a Haynes, el aparato de difusión peronista llevó a que el Gobierno adquiriese el 51% de las acciones, controlando así la gestión de todas sus publicaciones. Esto provocó que después del golpe del '55, la dictadura interviniese la editorial, poniendo a su frente a sectores del Ejército, supuestamente para garantizar el funcionamiento libre e independiente de la información.

En cuanto a NOPRA, resultaba de la inversión de la sigla ARPÖN, firma inmobiliaria detrás de la cual se encontraban un grupo de capitanes de la Marina.

Cabe inferir entonces, con poco temor a equivocarse, que la fundación de Tía Vicenta estuvo vinculada a las mencionadas internas entre las fuerzas, antes que a la oposición a la dictadura militar.

Lo apuntado no quita que la revista haya alcanzado cumbres del humor absurdo, llegando incluso a ser vanguardia en algunos aspectos. Uno de ellos –genial- consistía en disfrazarla de otros medios impresos de la época. Así Tía Vicenta adoptó la gráfica de Billiken, Caras y Caretas, Claudia, Enciclopedia Estudiantil, Canal TV, El Gráfico, Radiolandia, Vea y Lea, Selecciones, Life, El Hogar, entre otras.

El maestro Siulnas (Oscar Vázquez Lucio), que estuvo a cargo en muchas oportunidades de parodiar el estilo de los dibujantes emblemáticos de esos medios, cuenta que en una única oportunidad el disfraz no pudo concretarse, y la revista fue secuestrada antes de llegar a los kioscos. La víctima de turno iba a ser el diario Clarín, y de allí provino la censura.

No hay temática humorística que envejezca más rápido que la política. Botón de muestra: un ejemplar que conservo de Tía Vicenta, de diciembre del '58, está plagado de referencias al Dragón Verde, una supuesta secta de conspiradores contra Frondizi. Desde ya que hoy día nadie se acuerda de eso. Sin embargo siguen siendo efectivas y desopilantes las secciones a cargo del propio Landrú. como La Familia Cateura, Rogelio, el hombre que razonaba demasiado o El Señor Porcel.

Cateura, carnicero y peronista fanático, maltrata constantemente al dechado de virtudes que es su hijo Felipito, empeñándose en que abandone todo tipo de estudio para abocarse sólo al latín y así poder convertirse, cuando crezca, en el mejor carnicero del barrio. Rogelio, un paranoico incurable, va infiriendo en un extenso monólogo interior, a partir de cualquier frase banal que se le dedica, una serie de concatenaciones delirantes que lo llevan a concluir lo contrario de lo que se le expresó. El señor Porcel es un empecinado polemista cuyas provocaciones disparatadas se traducen en diálogos que harían la delicia de un Eugéne Ionesco, maestro en la materia.

Cuando el Decreto Ley 4161 que prohibía mencionar a Perón y cualquier otra palabra asociada al peronismo es derogado por Frondizi, Landrú le saca buen partido en sus series, como se refleja en el nro. 57 de Tía Vicenta, de septiembre de 1958.

En las tres principales secciones de humor escrito en esa edición el eje es el regreso del líder depuesto, con explícita alusión a su nombre y al mítico Avión Negro.

Y en La Familia Cateura se invierten los roles habituales. En esta entrega es Felipito -y no su brutal padre- quien, politizado y empoderado, quiere estudiar latín para convertirse en el mejor carnicero del barrio, y poder así festejar con un gran asado la vuelta de Perón. Desopilante.

Del derrotero de Tía Vicenta es posible encontrar data en cualquier parte: su clausura en 1966 por Onganía, dictador de turno a quien le ofendió ser caricaturizado como una morsa; los intentos posteriores de reflotarla como suplemento del diario El Mundo; y la aparición del más recatado Tío Landrú, que duró apenas 47 números, entre 1968 y 1969.

De esta manera llegamos a fines de 1969, donde Landrú debuta en el semanario Gente y la Actualidad, dando inicio a un aspecto distinto en su carrera, que contrasta notoriamente con su etapa precedente. La revista de editorial Atlántida transitaba por su quinto año, y tenía un perfil netamente conservador en lo político, aunque su fuerte pasaba por los romances y chimentos de la farándula artística local y por lo que entonces se denominaba jet set, o sea grupos sociales de elevado nivel económico y alto grado de exposición en fiestas y jolgorios exclusivos.

Este es el aspecto donde hinca el diente Landrú. Se trataba de una vertiente que ya venía desarrollando con el personajes de María Belén, una chica bienuda que comenzó apareciendo en una sección de Tía Vicenta –La Página del Barrio Norte- y que incluso tuvo revista propia a mediados de los '60, cuando la resurrección de Tía Vicenta se tornaba imposible y todavía no se había intentado Tío Landrú. Esa veta se convertía ahora en preponderante.

En detrimento de la temática política, las secciones a su cargo en Gente se enfocaban en la “clase A”, “la gente bien", lo “in” y lo “out”.

Landrú continuará en el semanario hasta 1994, marcando desde allí tendencias, frases, modismos. Términos como mersa, paquete, caquero, gordi, bicho, reblán, se incorporan al lenguaje cotidiano de los argentinos. Populariza frases que se repiten tanto en forma coloquial como paródica: "por su", "creéme que es la pura", "¡no te puedo!".

Sus criaturas se expresaban en un lenguaje apocopado, que hoy en día –señalo la paradoja- sonaría vasto, en función de la reducción cultural que sufrió la sociedad.

También, en términos de corrección política, personajes como Mirna Delma "la prima mersa" de María Belén, serían marcados de discriminatorios.

Por eso es mejor dejar de lado cualquier apreciación contemporánea y al igual que en la faceta política, preguntarse desde dónde hablaba en su momento el humorista. Ya vimos cómo quedó consagrada la imagen de un Landrú contestatario con la Libertadora, cuando en realidad no fue tan así. Existen además múltiples testimonios del antiperonismo del dibujante. Postura que no ostentaba, pero que sostuvo a lo largo de su vida.

En el caso de Gente, ¿se trataba de humor costumbrista o de sátira social? ¿Landrú se reía amablemente de los tics de su propia clase? ¿O se burlaba de los parvenu, los escaladores sociales, los recién llegados?

Tengo para mí que el gran observador que era Landrú se situaba en un tercer lugar (evito escribir "tercera posición", no le hubiese gustado).

Viene a cuento aquí lo apuntado al inicio respecto al linaje de los Colombres. Landrú utilizaba, para satirizar usos y costumbres de las clases medias altas, la sigla G.C.U. que se correspondía a "Gente Como Uno". Pero la G.C.U. no era gente como él.

Él estaba situado un escalón más arriba.

Y aun cuando la familia de la que provenía había conocido mejores épocas, logró remontar la cuesta en virtud de sus excepcionales dotes de humorista y volverse a posicionar en el espacio de origen.

Juan Carlos Colombres (Landrú) tuvo una larga, gozosa y fructífera vida. Se fue el 6 de julio de 2017, como un dandy, a la envidiable edad de 94 años.

(*) Actor, director, dramaturgo y otras yerbas no demasiado clasificables.

La exposición marplatense y la revista que no estaba.
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¡Aquí está! la cuna del absurdo.
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Landrú como Rasputín, dos locos no lindos, barbudos.
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Ni a favor, ni en contra, sino todo lo contrario.
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Delirio a la tercera potencia.
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Los disfraces de la Tía: Idilio, una revista de fotonovelas, y el diario Clarín, que impidió la salida a los kioscos.
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La clausura y el intento por resurgir.
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El desembarco en las playas de Gente.
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La clase A y la GCU.
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