Cómics e Historietas
Misteriosa Buenos Aires

Isidoro Cañones: un ícono porteño que cumple 89 años

Isidoro Cañones reflejó durante décadas al porteño ganador. Tuvo un éxito notable en las décadas del 50 y 60s.

Por Julio Riquelme

No existe ningún personaje más porteño que Isidoro Cañones. Este tarambana fue el fiel estereotipo del porteño chanta y rápido que algunos criticaban, pero en secreto admiraban. Obra cumbre de Dante Quinterno, el genio olvidado que le dio vida al cacique Patoruzú y a Isidoro.

Quinterno fue el Walt Disney criollo. Con apenas 15 años comenzó a publicar en los periódicos porteños bajo el ala de Diógenes Taborda, jefe de dibujantes del diario Crítica.

Con el tiempo su estilo se afianzó y germinó sus dos grandes personajes. Es que Isidoro Cañones tiene una historia antes de ser Isidoro. El inicio fue en 1928 en el diario La Razón con Julián de Monte Pio, un porteño con ínfulas de señor y poco dinero que estaba siempre dándose aires de grandeza con avivadas que terminaban mal.

En 1932 llegó a El Mundo la historia de Isidoro Batacazo, un oficinista porteño, burrero hasta los huesos, capaz de empeñar los muebles de la oficina por una fija.

Isidoro Cañones nació el 11 de diciembre de 1935 en el diario El Mundo junto al Cacique Patoruzú. En ese histórico capítulo, Isidoro es el dueño de un circo callejero donde se invita a pelear al público con un gitano forzudo que es derrotado por el indio.

La esposa del gitano le augura a Isidoro que su padrino y sus destinos estarán unidos. Así nace el primer Isidoro, el de los años 40s y 50s.

Este Isidoro es todo lo contrario a Patoruzú: vive de la fortuna del cacique y siempre debe alquileres (Patoruzú no le compra el departamento ya que sabe que lo vendería para jugar en el hipódromo). A pesar de sus características, su rapidez y simpatía lo hicieron un favorito del público.

Debido al éxito de la revista Patoruzú –la revista más vendida en lengua castellana durante años– nació una nueva publicación orientada al público infantil llamada Patoruzito, y con el, un Isidorito.

En la década del 50 aparecieron las revistas de Isidoro sin Patoruzú. Historias de negocios imposibles y escapes milagrosos del pobre Popov, su sastre, al cual nunca le paga. La fama de Isidoro creció tanto que en 1956 la revista cambió a Las Grandes Andanzas de Patoruzú e Isidoro.

El 4 de julio de 1968 nació un nuevo Isidoro. “Locuras de Isidoro” tuvo como guionistas a Faruk y Mario Julia y los dibujos de Tulio Lovato. En este Isidoro no existe Patoruzú. Vive en una mansión en Palermo Chico propiedad de su tío, el coronel Urbano Cañones. En la mansión trabaja el querido Manuel, mayordomo gallego –de La Coruña– que crió a Isidoro desde pibe y siempre lo cubre del Coronel y es capaz de darle sus ahorros cuando Isidoro está seco.

Este Isidoro fue muy cercano, ya que su vida transcurre en una Buenos Aires reconocible. Maneja su BMW 503 por Libertadores, cena en La Raya, toma café en Polifemo, se junta con sus amigos en Tabac para luego sacudirse en Mau Mau.

Lo que nunca cambió fue su impecable gusto por vestir blazer french style y en ocasiones menos formales, pantalones oxfords con chombas Lacoste.

En la nueva versión de Isidoro apareció una compañía femenina. Cachorra Bazooka fue su compañera de ruta. Era su reflejo con una ventaja: para todos, era una santa. La imagen icónica es Isidoro y Cachorra sin poder despegarse del Chivas Regal y los Benson & Hedges.

El éxito de la revista fue fulminante con ventas de 300.000 ejemplares semanales. Mucha gente del interior del país conocía Buenos Aires por las historias de Isidoro.

Nada parecía faltarle al playboy porteño, hasta que los convulsionados años 60s le pusieron una bomba. El 6 de diciembre de 1968 manos anónimas dejaron un explosivo en la editorial. ¿La razón? En un capítulo, el badulaque terminó en Centroamérica como El Ché Isidoro en las filas del del revolucionario Pancho Fidel. Demasiado para algunos…

La sociología ha estudiado el fenómeno Isidoro Cañones.

Roberto Fontanarrosa lo definió “Isidoro no alcanza a ser un dandy, sino más bien, un solterón empedernido”.

El filósofo Omar Bello lo sintetizó: como “Un chanta irresponsable y simpático. Ladrón, pero sin sangre y violencia. Estafador del ingenio”.

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