Martín Vestiga
Una producción de NOVA

Martín Vestiga y el ex ministro viajero y lobista VIP

Tito Rosca, el peor enemigo de Martín Vestiga. (Dibujo: NOVA)

Sagaz como siempre. Intrépido e inquisidor. Adjetivos que sólo califican a Martín Vestiga, un asiduo colaborador de NOVA que vive trabajando y que, en sus ratos libres, investiga como pocos. Todo un adicto a su profesión.

Venía de cruzar Avenida Rivadavia, dejando detrás una extensa reunión con un par de diputados en el Congreso, quienes me informaron detalles y pormenores diversos sobre la crisis y negociaciones entre los tres de la cúpula del Frente de Todos tras el portazo de Martín Guzmán. Información muy reveladora que ya verá la luz… pero en fin, estaba contento porque había conseguido un ingreso a la reinauguración de la emblemática Confitería del Molino, sobre el cruce de esa avenida con la esquina de Callao.

Me encontraba embelesado, cautivo, contemplando el exquisito trabajo de reforma y restauración realizado en tan emblemático lugar, conocido en su momento como “la tercera cámara”, porque en tiempos de esplendor ahí se congregaban a rosquear los diputados y senadores, mientras Carlitos Gardel y otros ilustres hacían de las suyas en las mesas más reservadas.

Perdido entre la multitud, seguía divagando mentalmente sobre la majestuosidad de tan emblemática e histórica confitería porteña, cuando una pesada mano se posa sobre mi hombro derecho y en un acto reflejo giro sobre mis talones cuando un simple “Hola Martín”, palabras que me llegan a mi envueltas en el vaho de un cloacal aliento, me saca de trance… y era él.

-Cómo andás Rosca, cada vez te cruzo más seguido-, le respondí disimulando el gesto de una arcada contenida con esfuerzo.

-Por algo será mi viejo, así es la vida misma-, me respondió confidente, con su rostro a escasos centímetros del mío.

Dando medio paso atrás, le replicó sospechoso:

-¿No me andarás siguiendo? Voy a revisar el celular, o el auto mejor… no sea que me hayas puesto un chip de rastreo.

-Jajajaja-, carcajeó exageradamente, sumando: Tengo dos buenas para vos, la primera es que ya me estoy rajando, tengo a una bella y blonda señorita esperándome en Casa Blanca (aunque sin tanta historia, otro emblemático bar sobre Riobamba), amante despechada de una autoridad parlamentaria que quiere sacar algunos trapitos al sol… luego te los cuento, obvio.

- Bueno, te tomo la palabra. ¿Eso es lo segundo?

- Ahhh picarón, te quejás que nos cruzamos seguido pero no te querés perder una.

-…

-No. ¿Viste que lo escracharon de nuevo a Ginés González García en el exterior? Y uno diría qué suerte este viejo disfrutando de las mieles y los privilegios de haber sido funcionario toda su vida, ahora disfrutando de una suerte de retiro jubilatorio tras el escándalo del Vacunatorio VIP.

-Y sí, lo que hacen todos los políticos de fuste cuando alcanzan la vejez. Disfrutar de la familia y sus bienes, o en sus casonas o recorriendo el mundo…

-¡Pero no Tincho!-, me replicó exaltado: A Ginés lo enganchan siempre en el exterior porque viaja para hacer lo que siempre hizo, rosquear negocios con el Estado.

-Algo ya sabía de su juego como lobista.

-Exacto. Mirá, la lógica de Ginés es la de siempre: cuando es funcionario aplica política de Estado, hace sanitarismo bien peroncho; pero cuando no lo es, se dedica a hacer lobby para los grandes laboratorios. Es más, sin ir más lejos, el año pasado también lo engancharon “in situ” en Madrid con el poderoso Hugo Sigman, dueño del grupo farmacéutico Insud, contratista local de AstraZeneca para la producción de su vacuna contra el Covid-19 para Latinoamérica.

-¡Qué memorioso sos!

-¿Y cuando fue embajador en Chile? El rosqueo con los laboratorios transandinos era incesante… pero te lo cuento la próxima vez estoy apurado yo viste… nunca hay que dejar esperando a una hermosa dama compungida y despechada por desamor.

Lo dejé ir a Rosca, entonces seguí contemplando El Molino, recordando que ahí Madonna grabó un videoclip en los años del Menemato y las mieles del uno a uno. También recordé una vez verlo a Joaquín Sabina tomando güisqui en una de sus mesas, ya empapado en alcohol, cuando el éxito le empezaba a sonreír en Buenos Aires por aquellos años. Seguí contemplando el lugar, tarareando una canción del ibérico…

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