Panorama Político Nacional
Grieta

El laberinto de Rodríguez Larreta: Cristina lo sube al ring, Macri y Patricia lo ponen contra las cuerdas

Patricia Bullrich, Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta y Cristina Fernández de Kirchner. (Dibujo: NOVA)

El sábado pasado no fue uno más para Horacio Rodríguez Larreta. Quizá en unos meses deba achacar el cambio de su fortuna política a la estrategia diseñada para ese día.

Como afirmaba Maquiavelo, la buena o la mala fortuna dependen de la capacidad de los hombres para acomodarse a los tiempos, “y encontrar el modo de proceder según adecuación al tiempo en que viven”. Ese es, precisamente, el desafío que debe afrontar. Y no la tiene sencilla.

Durante toda la semana, el jefe de Gobierno porteño debió sobreexponerse en los medios amigos y las redes sociales, para justificar el proceder adoptado durante esa jornada, quedando en un incómodo centro de la escena que lo expuso al fuego cruzado del cristinismo y de los “halcones” del PRO.

De un lado recibió las acusaciones de autoritarismo y la asociación de la policía metropolitana con la Gestapo nazi. Del otro, los reclamos por su presunta debilidad ante el desacato de Cristina Kirchner y sus feligreses.

Gracias al alegato del fiscal Luciani, Cristina recuperó su centralidad, encontró un “relato” del que carecía, el de la victimización- y consiguió encolumnar a todo el Frente de Todos, sindicalistas, peronistas, albertistas y movimientos sociales- detrás de su liderazgo.

Rápida de reflejos, le marcó la cancha a sus adversarios. Subió a Rodríguez Larreta al ring, lo asoció con las peores prácticas de la política anti-democrática en la Argentina, y hasta se animó a cuestionar la autonomía de la CABA. El descalabro que generó dentro de la oposición fue mayúsculo, ya que también creó las condiciones para que los “halcones” objetaran la “blandura” del alcalde porteño.

En tales condiciones, el almuerzo que reunió este martes a los principales referentes del PRO no tuvo nada de amistoso, aunque el objetivo fuera tratar de reconciliar a Horacio Rodríguez Larreta y a Patricia Bullrich, luego de los cruces durante las jornadas previas.

Pero sucedió todo lo contrario: el contrapunto entre ambos alcanzó un voltaje muy alto, e hizo falta que el propio Mauricio Macri mediara para que las cosas no fueran aún más lejos. Sin embargo, la alternativa de ruptura quedó flotando en el ambiente.

En la reunión quedó en claro el desacuerdo existente en el PRO sobre la manera de responder a la movilización del cristinismo que siguió al cuestionado alegato del fiscal Luciani. El diagnóstico compartido fue que “Si tenemos que volver a gobernar ellos volverán a la calle a tirar piedras.” La diferencia radica en la manera de responderle.

Los “halcones” del PRO no le perdonan a Rodríguez Larreta que, tras vallar la zona de la vivienda de Cristina y actuar de manera agresiva con los manifestantes, terminará negociando con el Gobierno Nacional la retirada de toda presencia policial en la zona. Más aún cuando se supo que los ministros porteños Jorge Macri (Gobierno) y Marcelo D'Alessandro (Seguridad) pasaron por una pésima situación, al ser recibidos a los insultos por el ministro del Interior, Eduardo "Wado" De Pedro.

“Están pasados de rosca y además quieren explotar nuestras diferencias", coincidieron. Justamente, esas diferencias fueron las que marcaron el tono de la reunión de la cúpula partidaria y planean severos interrogantes sobre el futuro.

Haciendo control de daños, algunos de los presentes evaluaron que los tensos cruces tuvieron su lado positivo. “Siempre es mejor que discutan acaloradamente puertas adentro y no que se cruzan públicamente en medio del conflicto con el kirchnerismo”.

Pero no fue así como lo entendieron los dos grandes antagonistas del encuentro. Horacio Rodríguez Larreta planteó un enojo mayúsculo por las declaraciones de Patricia Bullrich luego de sus múltiples intervenciones tras los sucesos del sábado, que le valieron el respaldo mayoritario dentro de Juntos por el Cambio porteño, y acusó a la presidenta del partido de “haber especulado electoralmente, en medio de un clima de tensión donde no se pueden mostrar fisuras frente a Cristina y su tropa.

Bullrich, según comentó uno de los presentes, “explicó que esas diferencias vienen desde febrero de 2016 cuando expresó su primera crítica contra Horacio por no cumplir con el protocolo anti piquetes”, y que no podían considerarse en modo alguno como una “especulación electoral”.

Y agregó que, al impedírsele hablar durante los anuncios de Rodríguez Larreta del sábado pasado en el edificio de Uspallata, cuando informó que se había abierto una negociación con el gobierno, se retiró y salió por los medios. “Entonces Patricia fijó su postura pública porque durante el día cambiaron la estrategia y cedieron frente los K”.

Planteadas así las posiciones, la temperatura fue in crescendo, y fue Mauricio Macri el encargado de poner fin al debate, en su condición de fundador y jefe partidario del PRO. No respaldó a ninguno, y se limitó a explicitar que dos líneas antagónicas entre las que se deberá resolver el futuro del partido.

En las últimas semanas, la figura de Mauricio Macri viene creciendo dentro del PRO, y pocos son los que dudan de su decisión de lanzarse a tratar de conseguir jugar su segundo tiempo. Así lo convalidó el diario Clarín, al asegurar que Rodríguez Larreta “se prepara para la peor hipótesis: Macri candidato”.

En los días siguientes, Rodríguez Larreta decidió maquillarse como “halcón”. Endureció su discurso, se negó a aceptar el fallo del juez porteño Roberto Gallardo, que le ordenaba respetar la Constitución Nacional, que encarga la custodia de la seguridad de las autoridades nacionales a la policía federal, y abstenerse de realizar operativos a través de la metropolitana. El argumento de Larreta fue que se trataba de un “juez kirchnerista”, con lo cual terminó legitimando la tesis del cristinismo sobre la politización de la justicia.

En la práctica, el alcalde porteño dejó en claro que está dispuesto a aceptar la autoridad de la justicia, aunque sólo en los casos en que se vea favorecido. Súbitamente, se miró en el espejo de sus adversarios.

A partir de entonces, la espiral de violencia se incrementó en el escenario político. Con Patricia Bullrich reclamando la utilización de las fuerzas de seguridad porteñas para perseguir al cristinismo, como si fueran fuerzas de choque del PRO y no las custodias de la seguridad de todos los porteños, más allá de su signo político. Cristina la trató de “borracha”, y la ex ministra de Seguridad le respondió que podría abandonar la bebida, pero la vicepresidenta nunca dejaría de ser corrupta.

En el medio, Rodriguez Larreta trataba de dar seguridades a los habitantes de la CABA de que él era el mejor reaseguro contra los propósitos disolventes del cristinismo, como si su único compromiso fuera con sus propios votantes. Con el enrarecimiento del clima político, el Jefe de Gobierno encuentra cada vez más dificultades para conciliar sus roles de alcalde y de candidato presidencial.

Para su desgracia, las últimas jornadas han demostrado que no es sino un actor de reparto, en una escena en la que se lucen los dos protagonistas del drama argentino: Cristina y Mauricio Macri. Al subir al ring a Rodríguez Larreta, Cristina no hizo sino aplicar el viejo refrán: “Pegarle al chancho para que aparezca el dueño.” Y el dueño apareció, enviando a Patricia Bullrich a aplicar golpes a diestra y siniestra, sobre todo al alcalde porteño, a quien Macri nunca vio como otra cosa que un subordinado, un instrumento de uso personal, para desestabilizarlo, y así adoptar el rol de árbitro en el conflicto entre ambos.

En definitiva, en esta semana quedaron en claro varias cosas en el PRO. La más importante, que el verdadero jefe, reconocido por todos, es Mauricio Macri. La segunda, que está decidido a jugar sus chances para acceder a un “Segundo Tiempo” presidencial. Y la tercera es que el duelo de gigantes de la política sigue siendo entre Cristina y Macri. Y que todos los demás, con sus pretensiones y aspiraciones incluidas, no son más que la claque de un escenario que no admite más que su presencia.

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