Panorama Político Nacional
¿Qué busca?

Un Alberto devaluado en búsqueda de la reelección y sin canales de diálogo con Cristina Fernández de Kirchner

Alberto Fernández continúa su gira europea. (Dibujo: NOVA)

Alberto Fernández continúa su gira europea que, como la mayoría de sus acciones, es una falacia. Se decidió de improviso, prácticamente sin agenda, con el único objetivo de tomar distancia de la Argentina para consolidar desde el viejo continente su novedosa posición confrontativa con Cristina Kirchner.

Se lo nota en su salsa, recibido por un par de jefes de Estado con los que mantiene vínculos personales y acechado por un periodismo voraz que ve a la Argentina como una caricatura de país, en la que nada funciona como debería esperarse.

El clima europeo le permite recuperar parte de su erosionada vitalidad. Aún no parece arrepentido de su decisión de dar la disputa interna en el Frente de Todos, y se muestra muy decidido a mantener a Martín Guzmán en Economía y de avanzar con el revalúo tarifario muy por encima de lo aceptado por sus socios en la coalición oficial.

Por primera vez, el presidente tomó la decisión de confrontar explícitamente con su vice, cuando el lunes pasado aseguró al diario El País de Madrid que la vicepresidenta tenía una “mirada parcial” sobre la realidad argentina. Tal vez Alberto creyera que por formular sus declaraciones océano de por medio pasarían desapercibidas en nuestro país, pero sus palabras volvieron a recalentar la discusión interna de poder.

Para el presidente, sus diferencias son de modales y de tácticas, pero no de estrategia. Asegura que ambos coinciden en el punto de llegada, pero no en los caminos que conducen hacía allí. Pero esas coincidencias de fondo sólo parecen existir en la imaginación del presidente, que es cada vez más cuestionado y descalificado por sus aliados.

Lejos de distender la interna, el viaje de Alberto la vuelve cada vez más incandescente. Todo el arco político –y no sólo el cristinismo- repudió que eligiera un medio internacional para ventilar sus diferencias con su compañera de fórmula. Fue su decisión y, como otras tan cuestionables como esta, se pagan en impactos macroeconómicos, en la dilución de la autoridad presidencial, en la credibilidad de la gestión y en la capacidad de generación de confianza en un gobierno a quien nadie le cree.

Tan es así que Jean Luc Mélenchon, uno de los principales referentes de la izquierda francesa que se postula para primer ministro en las elecciones legislativas de junio, le dedicó una demoledora caracterización, al describirlo como un “moderado que no asusta a nadie”.

“¿Debemos seguir como siempre eligiendo un moderado que no asusta a nadie como el presidente Fernández de Argentina, que pasa su tiempo haciendo concesiones y cede en lo esencial?”, se preguntó el diputado francés, reproduciendo prácticamente la matriz de las críticas del cristinismo.

Durante la gira se reiteró la paradoja de un presidente satisfecho por haberse animado a desafiar a su vice, y una comitiva que trató de bajarle el impacto a sus declaraciones. Y es que Alberto es tan imprevisible que ni siquiera consigue entrar en sintonía con los propios. Qué le queda a los ajenos.

Pese a que recibe frecuentes sugerencias de todos lados de la necesidad de armonizar su relación con Cristina, Alberto no parece preocuparse por esto. “No me perturba”, responde invariablemente. Y lejos está de querer reunirse, porque sabe que se le exigirán concesiones que no podrá realizar si pretende conservar un mínimo de dignidad. ¿Cinismo? ¿Evasión de la realidad? Los que lo rodean afirman que es más lo primero que lo segundo. El Presidente -aseguran- está convencido de que Cristina no puede romper sin poner en riesgo su propio futuro.

Alberto sólo rescató de las casi dos horas de exposición de su vice en el Chaco que ella había evitado hablar sobre el acuerdo con el FMI. Cree que es un capítulo cerrado, o al menos así lo asegura. “No querían firmar porque se sentían incómodos, pero nunca nos dieron otra propuesta. Tiene que ver con el relato”-fue su reflexión. El resto de las numerosas críticas y chicanas le resbaló.

Tal es su desconexión de la realidad que los que lo rodean afirman asombrados que cree a pies juntillas que tiene amplias posibilidades de ser reelecto el año próximo. Una elección que Cristina da por perdida de antemano. Y es que el presidente confía en el respaldo del FMI, el gobierno de los Estados Unidos, y la capacidad de convencimiento que brinda el tesoro público al momento de aglutinar a los movimientos sociales.

Pero también tiene en claro que debe fortalecer la imagen de autoridad que ha venido resignando luego del primer tramo de la cuarentena. Por esta razón pretende demostrar con acciones explícitas que ha decidido gobernar sin condicionamientos, y así lo hizo saber en la entrevista que concedió a El País de Madrid.

Por eso asegura que si algún funcionario nacional se opone a la línea fijada por el ejecutivo será removido del gobierno. No sólo lo dijo él. Antes le ordenó declararlo a sus ministros Martín Guzmán, Aníbal Fernández y Jaime Perczyk. Y asegura que no habrá contemplaciones ni acuerdos previos con sus socios de la coalición.

“Esto es una decisión política. Si alguien no puede tomar esa decisión política, no podrá seguir en el gobierno”, afirmó a sus allegados con relación a los aumentos tarifarios en luz y gas.

Este jueves, en diferente tono Aníbal Fernández y Agustín Rossi salieron a marcarle el terreno a Cristina. Si quiere incidir en las políticas públicas tendrá que presentarse a las PASO del año próximo, y limitarse a mirar desde afuera el desempeño del gobierno de Alberto.

Por su parte, el cristinismo lo estudia. Medita si será capaz de cumplir con sus amenazas, o si nuevamente reculará. Por lo pronto bajaron el nivel de confrontación en lo referido a los aumentos tarifarios. Simplemente dieron un provisorio paso al costado.

Pero la decisión de Alberto es fortalecer y blindar a Martín Guzmán –prácticamente un embajador del FMI en el gabinete nacional-, a quien los empresarios respaldan como el mal menor frente a la alternativa de un eventual reemplazo por parte de algún cuadro cristinista. No dijo –tal vez por pudor- que el discípulo de Stiglitz era “sus ojos”, tal como afirmaba Mauricio Macri sobre Marcos Peñá. Tampoco es necesario declamar lo evidente.

Alberto sabe que está en manos del FMI y del gobierno de los Estados Unidos, y no le disgusta. Incapaz de organizar un armado territorial, sin partido propio y con su autoridad desacreditada, no encuentra demasiadas opciones para llegar al final de su mandato más que comprar apoyos llave en mano y al costo que sea. Debería recordar también que les pasó en el pasado a quienes adoptaron esa estrategia. Cristina intentó informarlo al respecto cuando le regaló el libro de Juan Carlos Torre, “Una temporada en el quinto piso”. Pero él se negó a leerlo, con el argumento de que había sido funcionario de Alfonsín y que conocía perfectamente lo que había sucedido entonces.

Así, pese a una inflación desbocada, una caída en las variables económicas y una creciente incertidumbre por el futuro, Alberto conduce a la Argentina a la catástrofe. Como en la fábula del “Rey desnudo” cree que sus críticos no pueden comprender la magnitud de la transformación que impulsa en la Argentina porque son ignorantes o estrechos de mente, y confía en que el año que resta hasta las elecciones de 2023 le permita a la sociedad comprender la estatura de su gesta, y lo premie con un nuevo período presidencial.

El problema es que la inmensa mayoría de los argentinos, y también los observadores internacionales, sólo vemos a un rey desnudo, inestable y caprichoso.

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