Sexo y erotismo
La influencia de las nuevas generaciones

Vivir sin sexo

Los Millenials son la generación, que, pesea a tener más acceso a las tecnologías y medios para establecer relaciones, es la que menos sexo tiene, incluso menos que su predecesora, la Generación X.

La generación de las aplicaciones de citas y de las relaciones casuales. Los Millennials, sin prejuicios y haciendo uso de todo lo que la tecnología y la globalización tiene para ofrecer, han sido los propulsores de plataformas como Tinder, Grindr, Bumble y también sus principales usuarios. Se trata de la primera generación que, de forma masiva, ha establecido sus vínculos de pareja en el mundo virtual a través de medios digitales. Esto no solo ha ampliado exponencialmente el universo de posibilidades para los nacidos a partir de la década del 80 sino que, además, facilita en todo sentido la probabilidad de concretar un encuentro sexual con cientos de potenciales parejas en cosa de minutos, con mínimo esfuerzo y sin salir de la casa.

Y, sin embargo, investigaciones han mostrado que, por primera vez, una generación que cuenta con más medios y facilidades que ninguna antes y que ha llevado la bandera de lucha de la libertad sexual tiene, en promedio, menos sexo que su predecesora, la Generación X nacida a partir de 1960.

De acuerdo con un estudio conducido por la profesora del Departamento de Psicología de la Universidad de San Diego California, Jean Twenge, los Millennials no solo tienen menos sexo que las generaciones anteriores, sino que, además, se trata de un grupo social que de plano pospone el inicio de su vida sexual. Al contrario de lo que se podría pensar, la información recopilada por los especialistas mostró que el número de Millennials que en la adultez no había tenido ninguna pareja sexual, duplicaba el número de adultos de la Generación X que nunca habían tenido sexo. “Al contrario de las concepciones populares que abundan en los medios respecto de una generación de encuentros casuales que tiende al sexo frecuente y sin compromisos, existe un porcentaje más alto de Millennials y iGen nacidos a partir de 1990 que no ha tenido parejas sexuales”, explica el estudio.

En un artículo para la revista The Atlantic, la autora norteamericana, antropóloga y especialista en relaciones Helen Fisher, explica que este fenómeno de recesión sexual puede explicarse por la fuerte caída en el número de parejas estables. Si los adultos de las nuevas generaciones no tienen relaciones formales ni conviven con sus parejas, independiente de si concretan o no esos vínculos a través de instituciones como el matrimonio, es natural que la frecuencia de las relaciones sexuales sea menor.

En la era de la sexualidad sin prejuicios, en la que todas las formas y colores son aceptadas, el que los adultos elijan libremente no establecer relaciones de pareja que impliquen convivencia y una vida sexual que tenga una frecuencia regular habla efectivamente de una liberación. Pero en un sentido quizás contrario al que normalmente se pensaría. Y es que, en vez de acercarse a una vida altamente sexualizada, los Millennials, creadores de la cultura del one night stand, le han visto la otra cara a vivir el sexo con libertad. La liberación pareciera asociarse a la presión que existía por mantener relaciones sexuales que no necesariamente querían tener.

Por años, la falta de deseo sexual ha sido patologizada cuando, en realidad, la frecuencia sexual no es inherentemente problemática. De hecho, la idea de que el sexo es una necesidad fisiológica es debatida y fue masificada recién en la década de los 40. Este concepto del sexo necesario como el aire se propagó a través de la pirámide de Maslow que jerarquiza las diferentes necesidades del ser humano y propone que mantener relaciones sexuales es una de aquellas que están en la base de la estructura. Sin embargo, no existen pruebas que muestren que la salud física de las personas célibes se vea afectada por falta de relaciones sexuales. Y tal como ha ocurrido con los carbohidratos como la base de la pirámide alimenticia, el sexo como cimiento de la propuesta por Maslow también ha sido duramente rebatida.

Convencernos de que las relaciones sexuales son una necesidad primordial humana que debe ser satisfecha a cualquier costo como el comer o dormir puede ser peligroso. La sexóloga Karen Figueroa explica que esta forma de entender la sexualidad como un imperativo, desde algo que debemos hacer, incluso si la justificación es la propia salud, puede devenir en dinámicas nocivas. “Puede ser perjudicial cuando es una imposición u obligación social, o un medio de coerción”, explica. “Pero si se ve como una oportunidad de complicidad, placer de la pareja y, sobre todo, sin presión desde ninguna de las partes, puede contribuir a alcanzar mayores niveles de bienestar individual y compartido”.

El antiguo paradigma del sexo como una especie de necesidad fisiológica mantenía a muchos entre las delgadas líneas entre el sexo por placer, culpa u obligación. Karen Figueroa explica que, en este sentido, existe una liberación respecto de lo que los adultos de la generación Millennial se permiten y esperan de su vida sexual. “Creo que los jóvenes hoy están más educados en diversos modelos de estilos de relaciones de pareja o de más personas. Por ello, priorizan sus deseos personales por sobre los roles sociales del deber ser y por tanto viven una sexualidad más libre”, explica la especialista. Agrega que, además, en su experiencia clínica ha podido observar una tendencia a los apegos más saludables. “Reconocen el deseo de la variabilidad en el ser humano como algo natural e intrínseco en ellos”, comenta. “También tienen un mayor conocimiento de la sexualidad saludable y disfrutada. Lo entienden como un derecho humano fundamental”.

Karen Figueroa explica además que una vida sexual sana y activa puede entenderse como un espectro muy amplio. Cerrarse a una determinada frecuencia, número de parejas, rangos de edad, etc. es un enfoque errado que solo genera ansiedad y confusión. “Entendido de esta forma, creo que la salud y bienestar del ser humano, es siempre con algún grado de desarrollo de la sexualidad incluso si ésta no es coital o con un otro u otros”, explica la sexóloga. Y es que, aún cuando las nuevas generaciones han demostrado que se puede vivir sin sexo —o con el mínimo— una actividad sexual sana cumple un rol importante. Se trata de una actividad que satisface necesidades psicológicas y emocionales de los seres humanos. Y si bien se puede vivir sin sexo, también se puede vivir una vida sexual individual que considere las necesidades y preferencias propias. Sin necesidad de ajustarse a los parámetros o paradigmas impuestos por nadie más.

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