El columnista invitado
Visión

Henderson: un adiós eterno

La ciudad de Henderson.

Por Alfonso Gonzalez, especial para NOVA

Podría contar varias historias de ese pueblo rodeado de médanos y "flamantes" lagunas, pero solo plantearé un fenómeno perceptivo, típico de incurables melancólicos como yo.

Era un día de abril, recuerdo aquel paso aletargado, confuso y solemne con el que me encaminé hacia ese vitral de “otros mundos”, llamado “Estación del Ferrocarril”.
Creí que era un adiós pero, misteriosamente, ese viaje significó anclarme por siempre en mi pueblo.

Es que, a los 13 años, sin mis dos viejos, con la flamante orfandad a cuestas, cuando emprendí, del brazo de una dulce tía, el viaje a La Plata, yo no me despedí de Henderson.

Eso era otra cosa; nadie lo entendió. Con la “música” de fondo del métrico y marcial ruido del tren, comprendí que aquello era la agonía de un adiós abrupto. Mientras todos veían solo un tren marcharse, yo sufría el despojo presuroso y desgarrador de mi infancia.

Me pasa algo muy extraño y especial con mi pueblito. Cada individuo, me refiero a los "seres convencionales", ubican a su infancia en un espacio temporal.

Pero a mí, que me trajeron a La Plata, justo cuando asomaba el sol multicolor de la adolescencia, he desarrollado un sistema referencial muy particular.

Para mi, la infancia no solo tiene un punto identificado en el tiempo, sino también en el espacio y ambas nociones se mezclan, se funden, hasta adquirir un halo de misterio y fantasía.

Es que ese mundo irrepetible; esa capacidad de asombro, esa intensidad de vivir cada momento como el primero y el último; tendrá asignado, hasta el último de mis días, no solo un eje temporal sino también espacial.

Cuando fallecieron mis viejos y me trajeron a La Plata, por ser el "más difícil" de los cuatro hermanos; me arrancaron del corralón, de las calles de arena y, especialmente, de mi hermana melliza. Así dejé la dimensión cromática de la niñez, para irrumpir, abruptamente, en el pálido y tembloroso mundo de la adultez precoz.

Sí, yo sé que tengo algo de loco, pero cada vez que evoco a Henderson, siento que estoy nombrando no a un pueblo o a cualquier otro punto geográfico.

Yo me aferro a creer, a soñar de que allí quedó mi infancia. Las veces que he “regresado”, ¡qué trágico espanto!; es ver un pueblo muerto; es encontrarse con el inexpresivo espacio geográfico, con los actores, con una escenografía sin color y... sin la disparatada comedia de mi niñez.

Cuando intento transitar sus calles, descubro que ya no hay libreto. Allí no existe ya aquel genial argumento, el inigualable guión de mi sueño infantil y, entonces; me aturde un profundo, casi sepulcral silencio.

Cuando regresó al pueblo, solo podía ver la silueta difusa de un fantasma que huyó despavorido y se alejó a un mundo muy distante, a un universo muy distinto. El pueblo está, pero ya no es posible que esté yo en ese pueblo; el que vuelve es otro. Quien “retorna” es ya un ser adusto, casi gris, con mirada hierática que, al mirar no ve...tan solo evoca un lugar muy remoto.

El pueblo que remeda mi tierra, luce calcado. Quizás sea un inerte simulacro que no puede aspirar a convertirse más que en una triste y desteñida copia de aquel original; una silueta fantasmal.

El Henderson que me vio nacer en una siesta de verano, se llama igual y está ubicado en el mismo punto del mapa; pero el “real”, sólo existe en mi recuerdo, en la evocación de la calesita y los barriletes; en la rayuela con mi hermana melliza y en el canto envolvente de mi mamá en la cuna.

Algunas semblanzas, algunas lumbres de ese pueblo tan lejano y extraño, suelo descubrirlo en el brillo angelical de los ojos de un niño. Allí, sólo allí, veo algo del aura; algo de la vivacidad y el encanto de mi pueblito.

¿Y si vuelvo un día de estos?. Mejor no. Si lo hago, vaya paradoja; quizás debería decir adiós por siempre, para... no alejarme.

Sí; sé que la peor despedida sería el “regreso”.

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