La columnista invitada
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De efemérides y docentes devaluados

La doctora Romina De Luca.

Por la doctora Romina De Luca, historiadora de la educación e investigadora del CONICET, especial para NOVA

Con mucha fuerza desde la década del setenta a nuestros días logró imponerse una pedagogía que renuncia al conocimiento y la instrucción. Entiende que la escuela debe ser forjadora de habilidades y competencias, dentro de ellas la de “aprender a aprender”.

Una pedagogía emocional que supone que niñas y niños no deben realizar ningún esfuerzo ni frustración si se trata de construir “aulas felices”. Lo actitudinal por sobre lo cognitivo, las habilidades blandas (adaptabilidad, flexibilidad, permeabilidad) por encima de todo.

En este cuadro, la instrucción y la educación aparecen como parte de un vetusto pasado superado por el acceso a la información en línea y el uso de las nuevas tecnologías. El estudiante es el eje de este proceso y dentro de él sus propios intereses (y también prejuicios).

Esta pedagogía impone el aprendizaje a través de proyectos que, por supuesto, deberían estar estructurados en torno a la resolución de problemas inmediatos atados a los intereses de las y los estudiantes.

Los nuevos Regímenes Académicos de la escuela secundaria despliegan esta idea a través de los proyectos interareales que, claro está, dejan de lado la estructura disciplinar, su metodología y con ella la experticia docente.

No se trata solo de aquellos que reconocieron que la escuela debía educar para la “incertidumbre” del mercado sino también de quiénes hicieron escuela con esto relegando al docente a un mero tutor.

En efecto, del otro lado de arco ideológico, reivindicando a Paulo Freire hubo a quienes dijeron que un árbol, una iglesia o una sede partidaria eran equivalentes a una escuela si se reunían allí estudiante y docente con ganas de aprender. Que fuera discurso oficial de ese mismo estado que debía construir esas escuelas es un llamémosle “detalle”.

Lo cierto es que si la escuela se centra en habilidades y emociones prescinde a la experticia docente. Lo convierte en un “facilitador”, tal como evoca el discurso pedagógico actual.

Esta lógica explica varios factores. Por un lado, si se trata de entrenar al estudiante en una habilidad que fue separada de los contenidos, no importa en qué momento del camino educativo la logre. La promoción automática se impone como regla, también la aprobación por equivalencias.

Los perversos resultados que este método impone en la enseñanza de la lectoescritura están a la vista cuando cuatro de cada 10 estudiantes terminan la primaria sin competencias lectoras y siete de cada diez no pueden resolver ejercicios matemáticos elementales al finalizar la secundaria.

Así, la escuela es una gran caja vacía. Para peor, los gobiernos responsables de este cuadro acusarán a sus víctimas: docentes y estudiantes. No menos cierto es que esta devaluación a la que es sometida la docencia también impacta en el salario y en sus condiciones de trabajo.

¿Para qué pagar buenos salarios a trabajadores que serán limitados a funciones de contención social? El docente se vuelven intercambiables y reemplazables si solo deben administrar esta barbarie.

Su experticia es irrelevante. Coherentemente, entonces, hace décadas el salario docente no para de caer y alcanza niveles de miseria. Lejos, muy lejos quedó ese salario que en la década del ’30 cubría dos canastas familiares de la época con el cargo testigo. Hoy la jornada doble no garantiza a las maestras el salir de la pobreza.

Por eso, reivindicar la función docente un 11 de septiembre implica no resignarnos a ser productores de ignorancia tal como nos impone la política educativa actual. Pelear por los contenidos, defender un currículum científico y sólido no es elitista. Se trata de poner un freno a la barbarie.

Se trata de rescatar a la educación porque esta escuela solo gestiona la crisis y se adapta a una realidad fuera de ella: esa que malogra sus recursos humanos y los embrutece, esa que somete a más de la mitad de la población a vivir en la pobreza, esa que no le ofrece ningún futuro a niñas, niños y adolescentes. Honrar a la docencia requiere dejar atrás una escuela productora de ignorancia para rescatar el saber. Solo así podremos decir: feliz día maestras.

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