Editorial
El Presidente que se burla del pueblo

Para algunos, la vida es un carnaval

Olivos de festejo mientras los argentinos no podían despedir a sus familiares fallecidos por Covid. (Dibujo: NOVA)

“A los idiotas les dije lo mismo que vengo diciendo desde hace mucho tiempo: la Argentina de los vivos, que se zarpan y pasan por sobre los bobos, se terminó. Acá estamos hablando de la salud de la gente. No voy a permitir que hagan lo que quieran. Si lo entienden por las buenas, me encanta. Si no, me han dado el poder para que lo entiendan por las malas. Y en democracia, entenderla por las malas es que terminen frente a un juez explicando lo que hicieron”, disparaba el presidente Alberto Fernández contra la población hace más de un año, advirtiéndoles las duras consecuencias a aquellos que se atrevieran a violar las restricciones impuestas por el Gobierno en el marco de la pandemia.

El mandatario que calienta la silla de la Presidencia gracias al voto popular, lanzaba un violento insulto al segmento social que osaba desafiar las medidas de una administración ineficiente. Como en una profecía sobre su propia conducta, con ese discurso tejía su trampa mortal, la misma que lo sepulta hoy en lo más bajo de la credibilidad política.

El viernes pasado, AF ensayaba un fallido intento de disculpas desde un acto en Olavarría, tras el escándalo que se desató tras la viralización de una foto de una fiesta realizada en Olivos en julio del año pasado, en pleno confinamiento por el avance del Covid en el país. La celebración se llevaba a cabo mientras el Presidente lanzaba amenazas en contra de los argentinos que no cumplieran con las normas dispuestas por decreto. Un decreto que él mismo violaba en el seno de su residencia.

Al respecto, se excusó diciendo que “Olivos se convirtió casi en una ciudad, porque iban funcionarios, futbolistas, dirigentes, políticos, empresarios, actores, actrices”, remarcando su “necesidad de escuchar a todos para resolver problemas”.

Otra vez la embarra, el señor Presidente. Primero, porque existe una herramienta denominada Zoom que supo utilizar para figurar en actos oficiales, simulando su total adhesión a las medidas. Una mentira total. Segundo, porque jamás escuchó, por ejemplo, el sufrimiento de los niños que comenzaron a padecer trastornos psicológicos y emocionales derivados del aislamiento estricto que les impidió ir a la escuela durante un ciclo entero, mientras él estaba de festejo. Aún hoy, chicos y adolescentes sufren las secuelas de esa medida, cuyos padres intentan curar mediante terapias que llevarán mucho tiempo. Menos escuchó los gritos desesperados de quienes ya no pudieron sostener su pequeña empresa y pasaron a integrar el índice de pobreza.

Lejos de pedir perdón a todos los argentinos –los que jamás pudieron despedir a un familiar fallecido, los que perdieron su negocio de toda la vida, los que cayeron en depresión por no poder salir adelante-, el jefe de Estado reconoció que aquel brindis “no debió haberse hecho y lamento que haya ocurrido”, como si los hechos sucedieran por obra de la naturaleza.

Lo cierto es que en la mesa especialmente montada para el festejo, no había rastros de improvisación, sino todo lo contrario: todo había sido planeado, al punto de que la torta tenía una velita, la cual fue apagada por alguien, que con su soplido ayudó a esparcir las partículas de su saliva por todo el ambiente en plena etapa de proliferación de un virus mortal.

Sin embargo, a AF eso no le importa. En su discurso post escándalo, agregaba, con total descaro: “Esto lastima a mucha gente que de repente salió en los diarios”, dijo, intentando proteger la imagen de las personas que aparecían en la polémica foto. La sigue pifiando: no eran ellos quienes debían recibir apoyo, sino todos los argentinos a los que hundió en el lodo durante 2020. Dicho con crudeza, a los que les arruinó toda una vida de trabajo.

La pregunta ineludible es: ¿cómo pagará su incumplimiento el Presidente de la Nación? ¿Cree que con tres palabras carentes de real arrepentimiento alcanza para subsanar este hecho aberrante que burló el compromiso sanitario de los argentinos?

Vayamos a los papeles. El artículo 205 del Código Penal estipula que “será reprimido con prisión de seis meses a dos años el que violare las medidas adoptadas por las autoridades competentes, para impedir la introducción o propagación de una epidemia”.

En tanto, el decreto 576/2020 que firmó AF decía lo siguiente en su artículo 29: “Cuando se constate la existencia de infracción al cumplimiento del ‘distanciamiento social, preventivo y obligatorio’, del ‘aislamiento social, preventivo y obligatorio’ o de otras normas dispuestas para la protección de la salud pública en el marco de la emergencia pública en materia sanitaria, se procederá de inmediato a hacer cesar la conducta infractora y se dará actuación a la autoridad competente, en el marco de los artículos 205, 239 y concordantes del Código Penal”.

La condena social ya está, y los pedidos de juicio político por parte de sectores de la oposición también. Pero con eso no alcanza. No va a ser suficiente para calmar el dolor del padre de Abigail, que tuvo que caminar varios kilómetros en Santiago del Estero con su pequeña de 12 años enferma en brazos porque no lo dejaron circular para llevarla a un hospital; tampoco al padre de Solange Musse, quien no pudo darle un último abrazo a su hija enferma de cáncer porque no le permitieron ingresar a Córdoba. Y tampoco les alcanza a los miles de argentinos que perdieron a un ser querido porque las vacunas llegaron tarde, cuando ya estaban bajo tierra, y sin haber podido recibir un digno adiós.

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