Editorial
Hipocrecía y abuso de poder

Fase 1, el castigo que ejercen los que incumplen

Otra vez el sometimiento del pueblo en manos de gobernantes mentirosos e incapaces. (Dibujo: NOVA)

Este primer domingo del nuevo confinamiento Fase 1, que el Gobierno nacional intenta camuflar negando esa categorización que supo aplicar en marzo del año pasado, amaneció con un mensaje de Santiago Cafiero en las redes, que fue retwitteado por el presidente Alberto Fernández: “Tomamos medidas sanitarias preventivas para cuidar la salud y creamos políticas públicas para cuidar el empleo. Nuestro Gobierno adapta el presupuesto a las necesidades de la gente, y no al revés. Por eso vamos a seguir acompañando a quienes producen y trabajan en el país”.

La validez de este discurso de campaña -emitido hasta el hartazgo- caducó hace tiempo, cuando la mayor parte de los argentinos dejó de creerle a una clase dirigente que lo único que hace es engañar mediante promesas incumplidas y mensajes mentirosos.

Las medidas sanitarias preventivas a las que hace alusión el primer soldado de AF no solo no han surtido efecto, sino que han derivado en la multiplicación de los contagios. Ese fracaso de la gestión que deja a Argentina pésimamente parada ante el mundo, lo trasladan a la gente, en una acusación injusta y mediocre en la que intentan generalizar un “mal comportamiento” que en realidad le corresponde a unos pocos.

En ese segmento de la población que se caracterizó por la “pésima conducta”, están incluidos el jefe de Estado y varios funcionarios, que en todo este tiempo se regodearon de posar en fotografías sin barbijo y sin respetar los protocolos sanitarios que tanto enaltecen. La imagen oficial de la reunión con la CGT en Olivos, el 6 de mayo pasado, donde se ve a 18 personas agrupadas sin respetar distancias ni el máximo permitido, fue suficiente para ilustrar el cinismo y la hipocrecía de quienes dicen predicar con el ejemplo pero no ejercen la causa y se burlan del pueblo. Al igual que la recordada foto de AF compartiendo una comida con Evo Morales en noviembre pasado, todos apiñados -muy sonrientes- en un espacio cerrado.

La cuarentena que nos tuvo encerrados nueve meses en 2020 estuvo lejos de cumplir su meta: fue una olla a presión tapada bajo el argumento de que el Presidente estaba cuidando al país del colapso del sistema de salud. El cual está al límite ahora, un año después de las medidas estrictas que dejaron en la ruina a millones de argentinos, y en un momento crítico del país, cuando presenta índices de pobreza (45 por ciento) y de inflación (que llegaría al 50 por ciento este año) cada vez más alarmantes.

Luego de atravesar esta última semana con récords de infectados y superar el piso de los 30 mil casos diarios, Argentina se ubicó tercero en el ranking mundial de mayor cantidad de contagios por día, después de Brasil y la India, superando a los Estados Unidos, según el sitio especializado Our World in Data.

La prometida campaña de vacunación, en la que llamativamente fueron desestimadas millones de dosis disponibles por parte de Pfizer -desperdicio criminal sobre el cual seguimos esperando explicaciones-, comenzó a fines de 2020, lleva 12.698.145 vacunas distribuidas y 11.067.550 aplicaciones. Apenas el 17,17 por ciento de la población recibió la primera dosis, y el 5,87 por ciento ya tiene ambas. Sin duda, un ritmo que permite el crecimiento de los decesos día a día. Sin embargo, el Gobierno sigue culpando a la población, desafiándola a un nuevo encierro en una situación asfixiante que afecta tanto a niños como adultos y adultos mayores, cada uno en su particular dimensión.

Este contexto está dañando seriamente la salud de los argentinos, más allá del Covid-19, una situación a la que el Gobierno hace oídos sordos y la vista gorda.

“La mayoría de los estudios analizados por The Lancet encontró efectos psicológicos negativos como estrés postraumático, ansiedad, depresión, agotamiento, insomnio, estigma, frustración, desapego, ira, entre otros. El impacto mental de la cuarentena es amplio, sustancial y es importante destacar que, según los estudios, estos efectos podían ser duraderos”, explicaba hace meses el neurocientífico Facundo Manes. “Esto no significa que el aislamiento social preventivo pensado para el bien común no tenga efectos colaterales y es por eso que debe manejarse con sumo cuidado. Los funcionarios deben tomar todas las medidas para garantizar que esta experiencia sea lo más tolerable posible para las personas”, agregaba el especialista.

La falta de la educación presencial que había prometido el ministro Nicolás Trotta, rechazada de cuajo por el presidente de la Nación, agrava la situación de emocional de los niños y adolescentes, que se encuentran cada vez más aislados, sedentarios e irritables, y con graves problemas para asimilar nuevos conocimientos de modo virtual. La mayoría, pertenecientes a hogares donde los padres también están sufriendo el impacto del confinamiento a nivel psicológico y económico.

Ante este panorama, que el Gobierno explique de una vez cuál es el éxito de la fórmula que viene aplicando, porque hasta ahora, solo se registran pérdidas en un horizonte que se proyecta cada vez más oscuro.

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