Política
Riñas internas

¿Peligra Juntos por el Cambio?

El problema que se le plantea a Juntos por el Cambio es que el PRO no es un partido democrático. No sabe ni le interesa aprender a negociar. (Dibujo: NOVA).

Juntos por el Cambio ha sido, desde su nacimiento, una coalición poco convencional. Está compuesta por un partido de origen municipal, el PRO, que para poder dar un salto a nivel nacional pasó la ambulancia por otros espacios políticos sin capacidad de gestión. Uno de ellos, la Coalición Cívica, por su minúscula estructura y la condición de denunciadores mediáticos y judiciales de sus principales referentes, comenzando por Lilita Carrió. El otro, la UCR, luego de sus salidas anticipadas de la presidencia de la Nación, con Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa, prácticamente había perdido todas sus expectativas de recuperar un liderazgo a nivel nacional, por lo que la posibilidad de formar parte de una coalición con serias posibilidades de acceder al gobierno resultaba una carnada atrayente, aunque para ello debiera conformarse con quedar fuera del gobierno y limitarse a aspirar a cargos legislativos y a la gobernación o la intendencia de provincias y distritos donde aún mantiene un caudal de votos considerable.

Para la UCR, haber quedado prácticamente excluida del Gobierno de Mauricio Macri le permite hacerse la desentendida cuando se la pretende responsabilizar por los espantosos resultados de su gestión. Pero ahora, que el PRO se encuentra atravesado por una feroz interna entre “palomas” y “halcones”, y no cuenta con un liderazgo incuestionado, los muchachos de la boina blanca advierten que el momento puede resultar muy propicio para incrementar su peso dentro de la coalición.

Por esta razón es que el Presidente de la UCR, Gerardo Morales, o el polivalente Martín Lousteau, cada tanto salen a declarar que debería haber algún candidato radical en las PASO presidenciales de JxC de 2023, o se entusiasman con la posibilidad de disputarle el liderazgo al PRO en la provincia, oponiendo al neurocirujano Facundo Manes a la chica de oro, María Eugenia Vidal, en la interna para las legislativas de este año.

Días atrás, Morales se mostró ofendido con el PRO por haber acordado la postergación de las PASO 2021, y reclamó que el radicalismo sea tenido en cuenta al momento de tomar decisiones. Más aún, exigió llevar un candidato a las PASO 2023, y confrontar en las de este año con el PRO en todos los distritos en los que pudieran hacerle fuerza.

Mauricio Macri lo bajó de un hondazo este jueves, cuando aseguró su intención de bendecir una lista única liderada por candidatos propios, en una provincia donde el radicalismo ha sido históricamente una fuerza muy potente. Es que en el PRO saben que la UCR no sacará los pies del plato y se conformará con las sobras que le dejen, ya que la artereoesclerosis radical le impide impulsar alternativa política alguna. Está resignada a ser furgón de cola.

Un caso muy esclarecedor se da en la CABA, donde Horacio Rodríguez Larreta le prometió a Enrique Nosiglia y a Martín Lousteau dejarles el gobierno de la ciudad a cambio de que lo respaldaran en su candidatura presidencial 2023. Pero Larreta ha dado señales muy claras, en las últimas semanas, de que no está demasiado dispuesto a mantener ese compromiso, ya que para vencer al ala de los “halcones” en la Ciudad Autónoma debe derrotar a Patricia Bullrich en las PASO 2021. Su candidata en la CABA es la misma que en la Provincia de Buenos Aires: María Eugenia Vidal, y aún no han decidido en qué distrito jugará. Pero para los radicales porteños queda en claro que, si finalmente la ex gobernadora compite en la ciudad, será número puesto para suceder a Rodríguez Larreta en 2023. Les guste o no, deberán aceptarlo.

El problema que se le plantea a Juntos por el Cambio es que el PRO no es un partido democrático. No sabe ni le interesa aprender a negociar. En este sentido, es muy similar al cristinismo. Impone, condiciona, trata a sus aliados como súbditos. Y esta conducta, después de la desastrosa experiencia de gobierno entre 2015 y 2019, ha molestado a sus aliados. ¿Al punto de llegar a la ruptura? Seguramente no. Cada vez que los radicales amagan con competir en las PASO, saben que recibirán una reprimenda o algún gesto de ninguneo de parte de los referentes del PRO. Pero aún así insisten, para tratar de incrementar sus cargos legislativos o consolidar los distritos que ya controlan. Saben que el PRO no tiene ningún empacho en “comerles el territorio” cuando se da la ocasión.

El PRO es un partido de origen porteño, y sus principales referentes en la provincia de Buenos Aires, como Vidal o los intendentes Valenzuela, Grindetti y Montenegro, también lo son. El problema es que, para que Juntos por el Cambio pueda aspirar a una elección exitosa en 2021, que los posiciones para el 2023, necesita borrar la pésima impresión que quedó en la sociedad tras la gestión de Mauricio Macri. Para esto necesita renovar a los actores más asociados con ese fracaso –empezando por el propio Mauricio Macri, quien se niega a dar un paso al costado-, e incorporar a nuevos espacios que le permitan atraer al peronismo no k y a los desilusionados o marginados con el actual gobierno del Frente de Todos.

Es por esta razón que se multiplicaron los partidos y agrupaciones como el Peronismo Republicano, Vecinos Unidos, Partido del Diálogo, Hacemos y muchos más, bajo la batuta de Miguel Pichetto, Joaquín De La Torre, Roberto Costa, Lucas Fiorini, Emilio Monzó, Sebastián García de Luca y Diego Kravetz, con el aval de su intendente, Néstor Grindetti. La propuesta es pragmática: se trata de hacer digerible para los peronistas dispersos una alianza con el PRO “sin tener que pintarse de amarillo”. No les va mal: el Peronismo Republicano de Pichetto y de la Torre suma referentes locales en unos 30 distritos sólo en la Provincia de Buenos Aires, Monzó le sigue con unos 14 distritos y el vecinalista “Vecinos Unidos” en 67 distritos

Paradójicamente el problema que encuentran tanto los radicales como los nuevos espacios en formación radica en la manía persecutoria característica de la dirigencia anti-peronista del PRO, a la que cualquier incorporación –más aún si tiene un pasado justicialista- le causa urticaria, ante el manifiesto temor de que su liderazgo excluyente sobre la coalición pueda ser puesto en duda.

Este problema, por cierto, no preocupa demasiado al ala de las “palomas” del PRO, ya que la mayoría de sus dirigentes tienen su origen, precisamente, en el peronismo. Por esta razón Rodríguez Larreta conservó una fluida relación, por ejemplo, con Emilio Monzó y con Rogelio Frigerio, aun cuando Macri y Marcos Peña hacían todo lo posible por descalificarlos y hacerlos a un lado.

Ninguna de estos espacios –ni radicales, ni peronistas neomenemistas ni decepcionados con el Frente de Todos, ni los armados vecinalistas- pretende seriamente desplazar al PRO del liderazgo de Juntos por el Cambio. Pero en el ala de los “buitres” consideran que, más tarde o más temprano, una ampliación de los componentes de la coalición afectaría tanto a su estilo de liderazgo basado en la imposición y la subordinación de sus aliados, cuanto en el peso específico interno que el macrismo pretende conservar, a pesar del desgaste de la figura de su principal referente dentro del electorado argentino.

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