Opinión
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Los otros excluidos

María del Carmen Taborcía, abogada y escritora.

Por María del Carmen Taborcía, especial para NOVA

Donald Woods Winnicott (1896-1971), fue un pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés. Cuando cursaba sus estudios, tuvo que hacer una pausa para servir como cirujano en un navío destructor durante la Primera Guerra Mundial, en el lapso de 1914-1918.

Según Winnicott, durante el primer año de vida de un bebé, la díada madre-infante constituye una unidad. La madre es el primer entorno del recién nacido, quien en conjunción con el padre, deben aportar sentimientos de seguridad y de amor.

En 1945 Winnicott acuñó el término “deprivation”, formado a partir de “deprive”, privar, quitar. Pasó al español como “deprivación”, que según el contexto en que aparezca significa “carencia”, “pérdida”, “privación”.

Lo hizo en función de toda su experiencia como pediatra y psicoanalista de niños que habían atravesado una guerra y fueron separados de sus familias. La base de esta teoría se asienta en que el niño en una etapa temprana tuvo un vínculo lo suficientemente bueno, que luego perdió.

El niño nace con un aparato psíquico que no está formado como tal, sino que se va constituyendo en el entramado vincular. Es decir, que ese ser en desarrollo tuvo una presencia que luego se hizo ausente por un tiempo tan prolongado, que su frágil psiquismo no pudo soportar esa carencia. De esto resulta que la deprivación en etapas tempranas de la vida de un niño puede generar consecuencias complejas en la estructura del aparato psíquico y en la constitución de la subjetividad.

También existe una deprivación sociocultural, que abarca un conjunto de circunstancias que pueden obstaculizar el normal desarrollo cognitivo, físico, emocional o social de las personas que viven inmersas en ambientes de pobreza cultural y/o material. Las deprivaciones infantiles muchas veces se ponen de manifiesto en la entrada a la adolescencia con formas de vincularse a partir de conductas antisociales.

Imaginemos nuestro país plagado de personas que viven sumidas en la pauperización económica, cultural, educativa, lingüística, de vivienda, de infraestructura. Marginados, desde hace varias generaciones, de tener una vida plena, con opciones, con oportunidades de prosperar.

Por otro lado, están aquellos que sí han tenido posibilidades, se han esforzado y lograron estudiar una carrera, han hecho emprendimientos laborales exitosos, abierto un comercio, o trabajan para otro pero con perspectivas de progreso. Sin embargo, las pésimas condiciones presentes y que se avizoran a futuro, los obliga a emigrar hacia otros horizontes que les permitan una tranquilidad y estabilidad que aquí no poseen.

Al final ¿todos somos potencialmente excluibles? ¿Tenemos un sistema político basado en la penuria y miseria ciudadana? ¿Son los gobernantes deprivadores compulsivos?

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