Editorial
Con la educación no se juega

La improvisación al poder

Más dudas que certezas de cara a la vuelta a las escuelas. (Dibujo: NOVA).

Hay decisiones políticas que llegan de manera gravemente tardía. Como la de abrir escuelas a casi un año del inicio de la llegada de la pandemia a la Argentina, en un contexto epidemiológico que lejos de mejorar, sigue empeorando.

Aunque el Gobierno, encerrado en la burbuja terca del poder, insiste en que los niños y adolescentes han cumplido con el ciclo escolar correspondiente en 2020, la realidad en cada una de las casas ha sido la de una lucha por llevar adelante el aprendizaje para evitar retrocesos en la asimilación de conocimientos.

El esfuerzo sobrehumano realizado en los hogares lamentablemente no alcanzó, por factores de distinta índole que el Ministerio nunca resolvió: la importancia de los lazos sociales para la salud mental de los alumnos, los variados escenarios según zonas y tipos de escuelas, la falta de acceso a la tecnología en casas con varios hijos y escasos dispositivos, la imposibilidad de los padres de acompañar a sus hijos en los procesos debido a la necesidad de salir a trabajar, entre otros.

A todo esto se suman los trastornos emocionales y psicológicos de gran parte de la población infantil y adolescente, derivados de la situación de aislamiento que los apartó de todo espacio compartido de manera real, no virtual. Cuadros de retroceso pedagógico, falta de interés en aprender, apatía, depresión, angustia, tristeza, irritabilidad y hasta pensamientos suicidas son algunos de los síntomas que afectaron al entorno familiar.

La necesidad imperiosa de llevar el pan a casa sin descuidar el trabajo y a la vez contener a los hijos en el aspecto educativo y emotivo, se convirtió en una tarea sumamente estresante para los padres, que trastocó la rutina de manera negativa, redundando incluso en la multiplicación de divorcios y conflictos familiares originados en la cuestión económica y el caos cotidiano.

Mientras tanto, el Gobierno extendía la cuarentena, y cuando la etapa de aislamiento fue reemplazada por la de distanciamiento, la ilusión de los niños de volver al cole al menos los últimos meses del año se escurrió entre sus mochilas intactas de útiles, cuadernos y libros. La misma que seguramente decidirán estrenar en los próximos días.

La brillante idea de Alberto Fernández de confinar eternamente para “aplanar la curva” fue una mera fantasía irresponsable que duró apenas unas semanas, luego de las cuales la pandemia volvió a dispararse con más fuerza hacia mitad de año, llegando en octubre al pico del millón de contagios. La última semana, Argentina superó los 2 millones de casos y los 50.000 fallecimientos registrados por Covid-19.

Ante este oscuro panorama, el Ministerio de Educación resolvió de manera improvisada que ahora sí los chicos pueden volver a las aulas, cada provincia a su criterio, respetando estrictos protocolos que podrían haberse aplicado el año pasado, cuando los datos epidemiológicos no eran tan extremos. ¿Qué cambió esta vez? ¿La promesa mentirosa de una vacuna que llega a cuentagotas?

En esa laguna de incertidumbre, los padres se preguntan cómo va a responder el Estado cuando deban dejar a sus hijos en días y horarios diferentes en la escuela, sin que eso implique poner en juego sus empleos. Y, sobre todo, quién quedará a cargo de los menores cuando de inmediato deban volver a trabajar, mientras los niños deben seguir tomando clases complementarias online desde sus hogares. Señor Presidente, un poco de empatía por favor.

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