Cómics e Historietas
Entrevista inédita del 2003

Daniel O. Müller: de retocador de historietas ajenas a dibujante de Nippur

Año 2003: el dibujante Daniel Osvaldo Müller en la casa que compartía con su madre, en San Andrés. Y la portadilla de su primer episodio de Nippur, en 1994.

Por Ariel Avilez (*), especial para NOVA

Conocí a Daniel Osvaldo Müller -uno de los últimos dibujantes de Nippur de Lagash- en abril de 2003, después de que Eugenio Zoppi me contactara con él. El día 21 fui a su casa en San Andrés, partido de San Martín, y grabamos una interesante charla en un cassette TDK; lastimosamente, el único reproductor de cassettes con el que contaba se rompió y jamás pude desgrabar la cinta. Entre una cosa y otra, pasaron los años, la vida y alguna cosa más, y sólo recientemente pude recuperar el contenido para compartirlo con ustedes, que no me parece mala manera de inaugurar un nuevo año de este espacio comiquero. Müller nació en San Martín el 11 de febrero de 1960, y recién alcanzada la mayoría de edad comenzó a trabajar en la Editorial Columba en tareas no del todo gratas, pero necesarias para la política ATP de la casa editora: tapar con tinta china y témpera las bikinis demasiado chiquitas o uno que otro desnudo parcial que se quería colar en alguna viñeta. En los 90, su nombre y su trazo comenzaron a hacerse muy familiares entre los lectores columberos -El Muerto, Generación Maldita, Nibelung, Harlem Nocturno- y los de Record, la competencia. Produjo kilos de historietas para Europa y luego le perdimos el rastro, y si bien lo seguimos buscando, sospechamos que se ha alejado del mundo del cómic. Mientras tanto, los invitamos a viajar en el tiempo -casi dieciocho años, ¡éramos tan jóvenes!- e imaginar la voz de este artista injustamente poco recordado, intentando hacerse oír por sobre el sonido de martillazos y gente trabajando -había obreros refaccionando la casa- y, ahora, por sobre el del olvido...

- Cuéntenos por favor cómo se produce su acercamiento al mundo de la historieta

- Fue una cosa mixta, la conjunción de varias cosas. Siempre me gustó el dibujo, entonces estudié Bellas Artes -en la calle Maipú de Capital, luego en una academia acá, en San Martín- y, estando en la secundaria a fines de los 70, se me dio por buscar laburo y enganché como ayudante de Alberto Saichann: esos fueron mis primeros pinitos en el mundo de la historieta. Y aunque no lo sé a ciencia cierta -o no lo recuerdo-, creo que fue Alberto el que me recomendó a Editorial Columba cuando le preguntaron si conocía a alguien con determinadas características; y así fue que comencé a trabajar como ayudante general en Columba, asistiendo a Antonio Presa en asuntos de selección gráfica. A mí me gustaba el cómic americano, especialmente Alex Toth, y de pibe me impactó mucho Al Williamson con El Agente Secreto X-9: yo estaba absolutamente fascinado con sus escenografías y el movimiento de sus personajes. Habré leído algunas ediciones argentinas, las que salían en El Tony, pero fue cuando empecé a trabajar en Columba y tuve la suerte de ver los fotolitos que nos enviaban cuando terminé de descubrir toda esa genialidad... y fue un desastre lo que se hizo con ese material para editarlo acá. En Columba las instrucciones eran muy claras: acá publicamos novelas ilustradas, es decir, mucho texto acompañado de una viñeta... y se recortaban mucho los fotolitos, se hacía algo criminal con cómics como El Agente y como Modesty Blaise. Los fotolitos que enviaba a la editorial la King Features yanqui, acá se recortaban sin asco (risas).

- ¿Cuál era específicamente su laburo en Columba?

- Muchos. Ayudaba a un muchacho que estaba en diagramación de tapas: se llamaba (Mario) Ciurca; ese fue mi primer trabajo dentro de la editorial. Luego empecé a hacer retoques en las historietas que entraban... Yo entré a Columba cuando estaban festejando su cincuentenario (1978), tenía dieciocho años, era muy joven. Paralelamente a eso, empecé la facultad, iba a Ciencias Exactas, nada que ver con esto: estudiaba Física, pero después abandoné. No me daban los tiempos y las dos actividades no conciliaban para nada. Y mirá que era una carrera muy linda, yo estaba muy entusiasmado, pero era una época difícil: la época más oscura que hubo en el país, plena represión militar, y después la Guerra de Malvinas... y yo estaba en edad, con veintidós años, para primera reserva: estaba muy asustado. En fin, volviendo a lo nuestro, después del laburo de retoques en general, comencé a dibujar historietas sueltas, me tocaban guiones románticos que yo odiaba (risas). Eran novelas que se publicaban en Intervalo... y eran malísimas, eran horribles. Obviamente uno es un profesional y si hay que dibujar algo que no te gusta, hay que hacerlo igual; me pasó también trabajando para Eura de Italia. Alguien se habrá dado cuenta de que no era bueno para eso y comenzaron a encargarme aventuras, historietas sueltas, unitarias. La mayoría de los guiones eran de Armando Fernández. No sé que será de la vida de Armando, era un tipazo, buenísimo era...

- Lo vi hace un mes y medio, sigue escribiendo, hace historietas. Justamente le hice una entrevista.

- ¡Pero qué bueno! Mandale saludos de mi parte. Es realmente un pan de Dios ese hombre, y eso que no llegué a tratarlo demasiado; pero siempre fue muy amable conmigo. Lo cierto es que traté con muy poca gente en profundidad dentro del ambiente de la historieta.

- Háblenos un poquito más acerca de su trabajo retocando viñetas de otros para Columba.

- Eran trabajos internos que se hacían en la editorial. A veces tenía que ver con lo que te contaba de los fotolitos: había quienes los recortaban, pero para montarlos en una nueva página había que darle a esas viñetas unas terminaciones. Y como los pibes de redacción por lo general no tenían una gran destreza en el dibujo, me pasaban el laburo y yo me encargaba de eso. Otro tipo de trabajo que tenía que hacer -y es muy delicado lo que voy a decir porque va a herir la sensibilidad de más de un dibujante- viene por el lado de que, a veces, alguno se excedía haciendo una mallita muy pequeña en, ponele, un Cuento de Almejas... Y bueno, había que hacer una pequeña línea para agrandar la bikini, y la editorial no quería que la hiciera alguien que improvisara, quería que la hiciera alguien que fuera dibujante. Y a veces se agrandaban y quedaban horribles; sí, bombachas de 3/4 suplantando bikinis (risas). Pero bueno, ¡era inevitable! Era política de la editorial y había que entenderlo. Muchos dibujantes no lo entendían, muchos protestaban, pero alguien tenía que hacerlo, y se hacía del mejor modo posible. Y está bien que se hiciera así, peor hubiera sido encargárselo -y eso pasó muchas veces- a alguien que no supiera nada y te hiciera bolsa los dibujos. La posta de este laburo la tomó luego otro muchacho, pero mientras yo estuve ahí, las cosas se hacían lo mejor que se podía.

- ¿De ese trabajo se encargaba usted y otra gente?

- No. Yo lo hacía hasta mediados de la década del 80, que fue cuando me fui un tiempo de Columba para trabajar en una colección que requería mucho de mi tiempo.

- ¿De qué colección se trataba?

- Cuando estaba laburando en la editorial, vino a buscarme otro dibujante de quien conservo un recuerdo extraordinario como persona y como profesional: Eugenio Zoppi, un gran tipo, también, al que lo único que le puedo objetar es que era por demás gruñón (risas), era un tipo muy estricto, bien de la guardia vieja. Pero un tipo que -me consta- se preocupó mucho de que yo siguiera dibujando. Eso lo supe después por otra persona, yo no me enteré en ese momento. ¡Cosas de pendex! Yo era un pelotudón de veintipocos y él se preocupó para que yo hiciera las cosas bien y que me metiera en profesión. La colección en la que trabajamos se llamó La Historia de la Humanidad: él hacía el lápiz, yo me encargaba de arruinarlo con la tinta (risas). Y es cierto: mi tinta no tenía la calidad profesional que tendría la de un dibujante como él, porque yo recién empezaba. Con ese trabajo empezó mi afición por la Historia, cuando comencé a meterme más en ese tema. Y después de esa colección, seguí trabajando con (Daniel) Mallo Producciones. Mallo también era una buena persona, pero un hombre capaz de venderle naranjas a los paraguayos (risas). ¡Tenía una capacidad de venta impresionante! Mallo vendió la colección a España y a México; a Venezuela creo que también. Después de La Historia de la Humanidad, Mallo encaró una colección de biografías de hombres importantes -algunos no tanto- (risas): Winston Churchill, Charles Chaplin, Pablo Picasso... Lo común en una serie de biografías. Paralelamente a eso, enganchaba algunos unitarios para Columba. Cuando se fundió la empresa de Mallo, me desvinculé de él y de Zoppi, y seguí con lo de Columba.

- Usted comenzó a dibujar profesionalmente a fines de los 70, pero su nombre recién empezó a sonar fuerte como dibujante a principios de los 90, y no sólo en Columba, sino también en Record. Recuerdo una serie suya en la Tit-Bits...

- Cipango, con guiones de Eduardo Mazzitelli. Ese fue uno de los primeros trabajos que hice para (Alfredo) Scutti, para Record. Sucede que en los 80 yo laburaba en Columba por la tarde, y el resto del tiempo lo dedicaba a la carrera. Es por eso que, en ese entonces, con suerte hacía una historieta por mes... y a veces pasaban hasta dos o tres meses entre unitario y unitario. Una vez abandonados los estudios, pude dedicarle más tiempo a la historieta, y ahí empieza a aparecer mi firma más seguido.

- ¿Cuándo comenzó a hacer series de larga duración?

- Fines de los 80, principios de los 90. No me vienen a la memoria, che; hice alguna que se publicó en Italia con guiones de Walter Slavich... Pero comencé a dibujar El Muerto, de Robin Wood. En principio se trataba de una serie de guiones de Dago que (Alberto) Salinas no había dibujado; entonces se le ocurrió a Robin readaptarlos y hacer una serie nueva. Según me dijeron -al menos esa fue la versión que recogí- se trataba de guiones muy místicos que no daban muy bien con Dago. Fue una serie muy linda, con cierre y todo: El Muerto volvía a su tumba. También por aquel tiempo hice Generación Maldita con mi querido Manuel Morini, una serie que conversé muchísimo con él; nos gustó tanto, pero tanto el tema que rápidamente nos pusimos manos a la obra. Originalmente queríamos hacer algo más retro, pero nos pareció que no iba a gustar en Columba: de hecho, cuando comencé a hablarlo en la editorial, me torcieron la nariz. Así que hicimos algo muy clásico en la línea americana. Lastimosamente quedaron por hacer algunos capítulos, él tiene escrito el final.

- Paralelamente a esto, usted ya colaboraba con Record

- Sí, hice Cipango, la que te conté, pero sólo esa serie, no podía comprometerme con otra, estaba haciendo muchas cosas al mismo tiempo, así que sólo dibujaba unitarias para Scutti, generalmente policiales que se publicaban en Italia. Estos trabajos solía hacerlos con algún ayudante, pero no gente del medio: alguna de esas tías que pintan cuadros, o alguna novia del momento (risas).

- Y luego comenzó a dibujar Nippur de Lagash, ¿Quién le ofreció el personaje?

- Presa. Presa me dice que hay un cambio de dibujante -los motivos por los cuales Mulko se fue no los pregunté nunca, que eso quede bien en claro- y bueno... ¡Y me ofrecieron Nippur! Esa era la presea.

- Usted justo agarra al personaje en un momento de quiebre: Nippur renuncia al trono de Lagash, abandona la ciudad y vuelve a los caminos. ¿Cómo encaró el proyecto?

- Exactamente, era una situación de borrón y cuenta nueva. En un primer momento, la idea era presentar historias de un Nippur avejentado; te voy a mostrar algo (Müller se levanta, revuelve unos papeles y me muestra una imagen impactante: es el dibujo de la portadilla de su primer episodio de Nippur -ver la imagen que acompaña a su foto, arriba- pero el personaje está arrugado, prácticamente calvo, y su poco pelo es blanco). Lógicamente nos bajaron el pulgar... Así que lo primero que hice fue agarrar todo lo que tenía: imágenes de 5 1/4 que había tomado con un scanner de mano, de Nippur dibujado por Ricardo Villagrán; y aparte agarraba hojas sueltas, destripando revistas. Miraba mucho de eso para imbuirme bien del personaje, de la idea general. Me gusta mucho también el Nippur que hacía (Carlos) Leopardi, me gustaban mucho especialmente unas viñetitas chiquitas que él solía hacer; él sabía manejar el poco espacio con resoluciones que luego sólo volví a ver en Enrique Breccia. Breccia es un maestro de la solución en espacio restringido; si vos te ponés a estudiar su trabajo, una de las cosas que se hacen más evidentes es que, cuando tiene escaso espacio, puede contar visualmente un montón de cosas sin necesidad de una cantidad enorme de figuras: ese es su punch, dice mucho mostrando muy poco. Yo traté de explotar esto cuando hice Nippur, cuando también laburé para Eura; y también para trabajos que hice para Dinamarca y Suecia con (César) Spadari. Es algo muy útil para cuando dibujás en un cuadro pequeño atiborrado de texto.

- El Nippur que usted dibujó, al menos los primeros episodios, tenía color directo. ¿Quién se encargó de aplicárselo?

- No todos, pero algunos los coloreé yo. Tuve una formación bastante buena en Bellas Artes, estudiando mucho a pintores clásicos y modernos excelentes: viví obsesionado con Friedrich, un pintor romántico alemán. Y también con Reich, que es menos conocido y cuyo manejo del color es extraordinario. Los estudié a ellos para el color, así como estudié a (Gustave) Doré en el blanco y negro: él es uno de los pilares de mi trabajo.

- ¿Usted pinta cuadros en la actualidad?

- Lo hacía. Ahora me estoy dedicando más al grabado. Es una actividad casi lunar que tengo, pero que creo que comenzará a ganar más espacio en mi vida.

- ¿En qué marco se dio su desvinculación de Nippur?

- Cayó la editorial. Sino, a Nippur lo hubiera seguido con todo gusto. Sucedió en Columba una crisis económica, y aunque tuve la suerte de que me pagaran mis últimos trabajos, no sucedió así con todos.

- ¿Qué vino después de Columba?

- Después de Columba no me dediqué a la historieta: empecé a hacer gráfica para computación, laburo en diseño, nada que ver con la historieta. Sólo volví a ella después de un par de años, cuando empecé a trabajar con Lito (Fernández), haciendo lápices para Martin Hel en sus libros de 96 páginas. Y también colaboré con él en su libro acerca de la Conquista de América, en la Fundación de Buenos Aires; le vendí el lápiz. Dejé Martin Hel cuando comencé a trabajar para Dinamarca y Holanda. Ya había hecho series para Alemania, por intermedio de Spadari, para la editorial alemana Bastei. Los contactos que hice en aquella época sirvieron para conseguir lo que estoy haciendo ahora, que es Sigurd: libros chiquitos apaisados de treinta y dos páginas, en línea bien clásica.

- ¿Cuáles son sus proyectos?

- En lo inmediato seguir con esto, obviamente. Pero cuando haya algo más de tiempo, me gustaría hacer una producción particular acerca de la Conquista del Desierto. Es una idea que tenemos con Spadari; yo me encargaría de los lápices. Y te voy a decir que si hay alguien que tiene capacidad, presente y futuro para editar algo en este país, ese es Spadari.

(*) Redactor especializado en cómics.

Dos de sus historietas más populares: El Muerto y Generación Maldita.
Dos de sus historietas más populares: El Muerto y Generación Maldita.
Una página de Cipango para la revista Tit-Bits e Italia, y el final del tomo 5 de Historia de la Humanidad dedicado a los súmeros.
Una página de Cipango para la revista Tit-Bits e Italia, y el final del tomo 5 de Historia de la Humanidad dedicado a los súmeros.
Sigurd, clásica historieta alemana que el dibujante hacía a principios de este siglo. Y un dibujo de Nippur que improvisó durante nuestra charla.
Sigurd, clásica historieta alemana que el dibujante hacía a principios de este siglo. Y un dibujo de Nippur que improvisó durante nuestra charla.
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