Opinión
Puntos de vista

Narrarquía

María del Carmen Taborcía, abogada y escritora.

Por María del Carmen Taborcía, especial para NOVA

Quizás estemos viviendo lo que el ensayista francés Christian Salmon llama “narrarquía”, o desdoblamiento de la realidad con narraciones artificiales e ideológicas.

La eficacia del arte de la retórica como arma de manipulación masiva al servicio de la comunicación, la publicidad y la política, nos explica el cambio de rumbo acaecido en los últimos años: el triunfo de contar historias al servicio de los actores políticos ha supuesto el descrédito de la palabra pública y, ahora, la conquista de la atención, al igual que la del poder, se basa en el enfrentamiento. Christian Salmon ahonda en la lógica que nos ha llevado al desconcierto actual: en una sociedad hiperconectada e hipermediatizada ya no solo vale la palabra, sino que para llegar a conquistar el poder la combinación ganadora es enfrentarse, transgredir, ser impredecible e imponer la propia verdad, la que convenga. Estamos ante un período inédito donde impera el caos narrativo.

El autor expone las causas que han conducido a la confusión del momento, en el que la confrontación parece ser el nuevo camino del discurso mediático. ¡Bienvenidos a la era del enfrentamiento! Admite que si bien las redes sociales abrieron escenarios de participación que nadie pensó, el efecto que podrían tener en la provisión y propagación del engaño también trasciende la imaginación.

Hoy “cualquier individuo está en capacidad de generar por esa vía impactos tan grandes como lo hacía cualquier medio de comunicación”, porque tiene a su favor la coincidencia entre: el carácter masivo e inmediato de los nuevos canales y que unos ciudadanos le entregan a las relaciones virtuales la construcción de su yo”.

En la narrarquía o relatocracia, se narra y casi no se argumenta, son importantes las pequeñas historias particulares más que las grandes ideas colectivas. Los especialistas en comunicación política acuden al storytelling, una técnica para construir relatos, como estrategia de marketing al servicio de un candidato o de una marca partidaria: se trata de construir pequeñas secuencias dotadas de las estructuras clásicas (héroes y villanos, conflicto, redención, moraleja) con las que el público se identifica.

Los “laboratorios de mentiras” montados para desprestigiar a opositores y ganar elecciones, alargan sus falsedades, los ciudadanos las repiten y también los medios. El storytelling político dominante es atribuirse una superioridad moral frente a los relatos de los competidores; y puede ser tanto en la etapa electoral como en la de gestión de gobierno.

El razonamiento deja lugar a la emotividad y la veracidad a la verosimilitud. El relato se torna hegemónico y se vuelve el parámetro de todo lo que sucede y sucederá. Comienza lo que se irá constituyendo en un notable manejo falaz del tiempo: siempre se está “llegando”, siempre está todo por “hacerse”, se instala la idea de que se necesitará mucho tiempo en el poder para alcanzar los objetivos. “Estamos en la época del arte de contar historias para conectar con el electorado”.

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