Literarias
Cuento breve

Ghostbusters con escoba

Los capullos, sin importar que puedan disfrazarse de príncipes fantasmales, no dejan de ser una flor que todavía no ha mostrado la totalidad de sus pétalos y, por tanto, no son irresistibles a una escoba. (Dibujos: NOVA)

Por Mariela Battistessa, especial para NOVA

Al retirarse, dio media vuelta y se dirigió con paso decidido hacia la salida. El camino de piedras era un poco irregular así que al doblar la esquina estuvo a punto de perder por completo el equilibrio y terminar en el suelo. Pero justo antes de que su rostro diera con las piedras, notó que alguien la agarraba del brazo y la retenía con fuerza.

Por un instante pensó con horror que el cincuentón la había seguido. Ya que algunos achacosos de esa edad no aceptaban un no como respuesta.

Apenas pudo incorporarse y recuperar una postura decente pudo observar a su rescatista, y se descubrió mirando unos hermosos ojos de una tonalidad grisácea indefinida. Toda su vida había soñado con ser rescatada, y ahora estaba pasando…

Por su mente desfilaban imágenes de mujeres con torsos desnudos pertenecientes al pseudo-feminismo actual con carteles bajo las insignias: “yo me rescato solita”, “arriba las antiprincesas”, entre otros, con las cuales no se identificaba.

Lucía estaba feliz. Su rescatista era casi perfecto. Tenía ese qué-sé-yo que la atrapó como un imán. Había quedado asombrada por ese carisma.

Era atractivo e interesante aunque, como en los cuentos de hadas, había llegado un poco tarde, menos mal que las princesas saben esperar.

Lo de saber esperar le resultó a Lucía una realidad. Le escribía mensajes por WhatsApp a su príncipe que ya hacía un mes que no se comunicaba con ella, pero los borraba automáticamente. Debía aceptar que era víctima del “ghosting”, o sea, del “fantasmeo”, un mal que se extiende como un virus en la era actual de las redes sociales.

¿Cuánto tiempo había transcurrido sin verlo? Él había desaparecido cruelmente, como si se lo hubiera tragado la tierra. Sin dar explicaciones. No existían motivos.

Ella sabía que los fantasmas no existían y ahora confirmaba que la idea del príncipe azul tampoco.

Este principesco fantasmón, no precisamente de los del más allá sino que -por desgracia- está muy acá, se dedicaba a seducir mujeres aparentemente frágiles y desvalidas, necesitadas de caballeros que las salvasen.

Pero Lucía tenía un lema: “El amor te hace más fuerte”, pero sobre todo, el dirigido a una misma.

-Lo peor es que ese fantasma se había propuesto hacerme caer en sus infames redes tejidas con corazones, ¡pero a mí, jamás!, porque yo no les creo a estos fantasmas disfrazados de príncipes que te prometen la luna -pensaba.

Por el momento, archivaba la vivencia para algún posible uso posterior. Incluso aquellos supuestos pretendientes mortalmente pesados eran sumamente aprovechables como anécdotas.

A estas alturas, si bien no se resignaba a encontrar a su gran amor, al menos compartía su historia para que otras Lucías no fuesen poseídas por estos fenómenos fantasmagóricos extraños, ya que están en plena expansión.

Se podrían definir como: ”capullos”, por fuera hermosas y encantadoras sedas, pero por dentro hay solo un gusano que se retuerce.

Pero los capullos, sin importar que puedan disfrazarse de príncipes fantasmales, no dejan de ser una flor que todavía no ha mostrado la totalidad de sus pétalos y, por tanto, no son irresistibles a una escoba.

-Sí, la misma herramienta tan necesaria que consta de un palo y que la usamos para limpiar el suelo y barrer. Bueno, como buena bruja, yo tengo la mía y barre perfectamente e incluso es un buen elemento cazafantasmas.

-Ese “donde hubo fuego cenizas quedan” no es verdad, porque si aprendés a barrer bien, no queda nada -comentaba una Lucía alegre mientras disfrutaba del aroma de los jazmines de su jardín.

Continuará…

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