Editorial
Engaño político

Trampa mortal

Alberto Fernández cada vez más humillado por la creciente influencia de Cristina Fernández. (Dibujo: NOVA).

La estrategia que adoptó el peronismo para derrotar a Mauricio Macri en las urnas en 2019 sin duda fue una movida magistral en términos electorales, ya que el objetivo fue cumplido: el Frente de Todos logró coronarse en el poder, en un país sin fuerzas opositoras de peso.

El hermetismo fogoneado por Cristina Fernández de Kirchner en cuanto a la fórmula presidencial que competiría en octubre, estirado hasta muy poco antes de la presentación de listas, fue un golazo. Nadie esperaba el tiro de gracia, es decir, que se corriera de la postulación principal para dar paso como candidato a jefe de Estado a una de las figuras que más dolores de cabeza le había traído con sus fuertes declaraciones: Alberto Fernández. Un ex aliado de Néstor muy crítico de la gestión cristinista.

Todos, especialmente Macri, esperaban el espectáculo electoral de la puja CFK- MM, en la cual el ex presidente de la era Cambiemos sentía que corría con ventaja dada la cantidad de causas judiciales que involucraban a “Jefa de la banda” de los hechos de corrupción k. Pero Cristina fue astuta: postuló a Alberto, fue como vice y volvió a triunfar “el peronismo unido”.

El floreciente verano de inicios de 2020 el país entero sintió la necesidad de que brillara una nueva luz de esperanza. Alberto prometía maravillas, mientras Cristina se mantenía, en una conducta inédita en ella, al margen de la escena política. La oradora de las cadenas nacionales interminables se mantenía en silencio, en una actitud que muchos interpretaron como un grandioso gesto político de delegación genuina del poder hacia AF. Pero el paso del tiempo, sumado a un clima de creciente adversidad en la gestión, demostraron que esa “generosidad” fue solo una fachada.

Un día llegó el Covid y Alberto pecó mal, llenando el micrófono de espectaculares estadísticas del manejo de la pandemia. El bicho que afecta al mundo empezó a invadir cada vez más, el confinamiento eterno decretado por el Gobierno provocó un hondo malestar y resentimiento social, la economía colapsó y la pobreza creció.

Fue entonces cuando CFK empezó a dar señales de que su poderío estaba apenas dormido, pero jamás extinto. Y así se lo hizo saber a su discípulo, quien a pesar de resistirse a ser domesticado, aún no logra dar pie con bola.

El 9 de diciembre pasado, a doce meses de la victoria, la vicepresidenta publicó una carta en la que que atacó a la Corte Suprema y dijo que el lawfare se desplegó "desde la llegada de Mauricio Macri a la presidencia y, lo que es peor, aún continúa". Primer mensajito para AF.

Luego, desde el Estadio Único de La Plata, Cristina se plantó en el escenario, y volvió a opacar la figura del presidente al lanzar potentes dichos sobre la ineptitud de ciertos ministros que “no tienen ganas de laburar”. Segundo mensajito, para que quede claro quién manda.

Concretamente, la influencia de CFK surtió efecto, pero no para enaltecer la gestión de AF, sino todo lo contrario, ya que en diciembre último las encuestas indicaron que la imagen negativa del presidente de los argentinos ascendió al 54 por ciento, perdiendo nada menos que 13 puntos de valoración entre sus adeptos. Una trampa de la que le va a ser muy difícil liberarse.

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