Opinión
Puntos de vista

Hambre impositiva

María del Carmen Taborcía, abogada y escritora.

Por María del Carmen Taborcía, especial para NOVA

El último conteo realizado en Argentina da como resultado el número 166. Conformado de la siguiente manera: 42 nacionales, 41 provinciales y 83 municipales.

Solo a modo de ejemplo, a nivel nacional se encuentran: a las ganancias de personas físicas, a las ganancias de sociedades, a los bienes personales, monotributo, por exportaciones agrícolas y agroindustriales, otros derechos de exportación, derechos de importación, tasas de aduana, transferencia de inmuebles de personas físicas, sobre débitos y créditos bancarios, IVA sobre compras y sobre servicios, Fondo de Educación y Promoción Cooperativa, a premios de sorteos y concursos deportivos, a la energía eléctrica, a combustibles líquidos y gas natural, sobre tarifas de peajes en autopistas, al trabajo, PAÍS, y así hasta llegar a los 42. Luego hay que contabilizar los provinciales y los municipales más extravagantes surgidos de la increíble imaginación de los ediles.

Los impuestos tienen un origen remoto. El escrito más antiguo que hace alusión a ellos es de hace treinta siglos, y es del sabio indio, Manu. Lo primero en gravarse con impuestos fue la tierra como fuente única de riqueza, o la más importante; luego el comercio, las actividades liberales como el arte y la medicina y por último el trabajo manual.

Pero estos tributos iniciales no fueron abusivos. Es un hecho tardío que los gobiernos se sirvieran exclusivamente del impuesto para mantener en funcionamiento toda la maquinaria del Estado. Los reinos poseían antaño recursos suficientes para su acción de gobierno, y cuando necesitaban ingresos extraordinarios ponían impuestos a las minas, a los países conquistados o más débiles; o se obligaba a los ciudadanos ricos a “hacer regalos al Estado”, en forma de dinero o en bienes.

En la Roma Antigua existió una amplia cantidad de impuestos, aunque no todos ellos convivieron al mismo tiempo. En algunas épocas fueron numerosas, mientras que en otras se redujeron. Tras la caída del Imperio Romano el mundo volvió a una economía de subsistencia y el sistema impositivo retrocedió.

Durante la Edad Media en Francia funcionó un curioso impuesto: el pueblo en donde se ejecutaba a un reo tenía que pagar al verdugo media docena de panes, dos botellas de vino y una cabeza de cerdo, además debía proporcionarle la soga. El ayuntamiento tenía derecho a quedarse con la soga del ahorcado que vendida a trozos daba una pequeña fortuna debido a la superstición existente de que esta daba “buena suerte”.

El emperador de Austria José II, en el siglo XVIII, grabó la utilización del colorete para las mejillas, de los polvos para el cabello e impuso una elevada tasa para el uso del lápiz de labios. En la Etiopía de principios del XX, como los oficiales y funcionarios no tenían sueldo se les permitía despojar al pueblo mediante impuestos ridículos. Se cuenta que uno de estos altos oficiales dejó en su testamento lo siguiente: “Que me entierren con un brazo fuera para que pueda seguir recibiendo los impuestos”.

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