Sexo y erotismo
La pareja

Contra todo pronóstico: ¿por qué adoptar conductas frecuentes puede ayudarnos a disfrutar más del sexo?

La rutina en el sexo es sinónimo de aburrimiento, desencanto o monotonía, sin embargo, apropiarnos de determinadas acciones y llevarlas a la práctica con frecuencia crea orden, familiaridad y armonía.
Salir del piloto automático. El sexo nos requiere de una atención sin tensión. Es muy parecido a tomar una clase de gimnasia.
Salir del piloto automático. El sexo nos requiere de una atención sin tensión. Es muy parecido a tomar una clase de gimnasia.

Muchas veces hemos escuchado que la rutina en el sexo es sinónimo de aburrimiento, desencanto o monotonía, sin embargo, apropiarnos de determinadas acciones y llevarlas a la práctica con frecuencia crea orden, familiaridad y armonía. Esto puede traducirse como una sensación de calma y bienestar, es decir, que cuando yo sé lo que va a venir, me encuentro más relajado y seguro para disfrutar.

Con esto no queremos decir que hay que dejar de ponerle energía y creatividad a nuestra vida sexual, pero sí, instalar una o varias conductas asociadas puede ser muy beneficioso para retroalimentar un estado de disponibilidad hacia lo erótico. Las rutinas nos dan seguridad e instalan conductas en nuestro día a día. Buscamos generar el hábito asociado al sexo. Hablamos de agendar el momento para conectar con la propia sexualidad. No es únicamente en el encuentro con otro o la masturbación. Puede ser el acto de cuidarse el cuerpo, leer esta nota o darse un baño de inmersión, lo que vale es tener la conciencia de que me estoy tomando el tiempo para alimentar esa disponibilidad. Porque cuanto más hagamos algo más accesible lo tendremos para volver a repetirlo.

En términos de rituales, podemos decir que le suman a la rutina creatividad y significado. Los rituales generan emoción y pueden elevar la calidad de los espacios que abrimos dentro de la rutina. Hay que pensarlos, planificarlos y disfrutarlos e implican un corte en la rutina.

Cada uno puede tener sus propios rituales y también se pueden tener rituales dentro de la pareja, de hecho, la gran mayoría los tiene, pero quizá no los ha identificado.

Los rituales le agregan significado a algo que hacemos de manera rutinaria. Por ejemplo, cenar todas las noches en familia, en pareja o solos es una rutina que seguro tiene elementos que se repiten y que crean orden en tu día a día. Pero cuando celebramos un cumpleaños, la Navidad, un aniversario, esa cena se transforma con elementos que celebran al suceso o a la persona (los niños por ejemplo que eligen los temas de decoración y de torta con algo que les guste mucho). Lo pensamos, lo planificamos, nos ocupamos y se transforma en un ritual. Le agregamos tiempo, energía y organización para diferenciarlo y hacerlo especial. Y lo disfrutamos. En ese momento estamos presentes compartiendo el ritual porque implica un corte con la rutina.

En el sexo, necesitamos de los dos. Una rutina que nos mantenga conectados a algún aspecto de la sexualidad, y los rituales que sean momentos mágicos que nos encienden y nos eleven.

Los rituales también sirven para entrar en el modo erótico. Por ejemplo, si recién llego de trabajar y necesito despejarme antes de entrar en la escena. A esos rituales me gusta llamarlos rituales de transición. Muchas veces lo que más atenta contra el placer son todos aquellos pensamientos y cargas que no nos dejan conectar con lo sexual. Actúan como interferencia o inhibidores. La idea de tener sexo te parece una buena idea, quieres, tienes ganas, pero en el camino hay un mar de obstáculos y realidades que te alejan. Incorporar la idea de tener un ritual de transición de lo cotidiano a lo erótico, nos ayuda a ir soltando el día a día y ponernos en frecuencia.

Cómo pasamos del trabajo, las tareas domésticas y las responsabilidades al escenario erótico nos desafía; para eso es recomendable tomarse un momento para sacarse todo eso de encima a través de un pequeño ritual. Lo primero es identificar que estamos cargados, tomar conciencia de las diferencias entre cada escenario (en uno estoy apurado, en el otro estoy relajado, en uno estoy preocupado en el otro estoy disfrutando, etc.) y tratar de dejar uno para entrar al otro. Quizá podemos volver caminando del trabajo y decir “lo dejo afuera”, o si estoy haciendo home office poner un horario y apagar los dispositivos, darme una buena ducha (el agua limpia energías), dejar el teléfono, tomarnos un momento y empezar a prepararnos conectando con nuestro cuerpo y nuestro deseo.

Lo primero es tomar conciencia del estado en que estamos. Salir del piloto automático. El sexo nos requiere de una atención sin tensión. Es muy parecido a tomar una clase de gimnasia. Necesitas prepararte, hacerte el tiempo, dejar todo de lado y estar presente para seguir las instrucciones.

El sexo espontáneo y pasional está buenísimo, pero no siempre es el modo en que aparece. Muchas otras veces, el deseo responde a un estímulo, como pasa cuando olemos algo rico y nos dan ganas de comerlo. El deseo no es siempre el punto de partida. A veces son los juegos previos, las semillitas que vamos sembrando, lo que realmente nos despierta el deseo. La idea es no quedarse esperando que aparezca sino trabajar y construir otras maneras de entrar en escena. Si surge sin obstáculos y podemos pasar de un estado a otro sin problema, bienvenido sea, pero no todas las personas funcionan así. Habrá momentos donde aparecerá de una forma impredecible y habrá otras en que tendremos que tomarnos el momento para prepararnos.

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