El columnista invitado
Reflexiones

Septiembre nos habita, pero nosotros ¿habitamos septiembre?

Facundo Amuchástegui, licenciado en Trabajo Social.

Por Facundo Amuchástegui, especial para NOVA

Kolla raymi

"Tu risa me enarbola,

desnudo y florecido,

tu risa ese zumbido

sexual de primaveras"

(Facundo Amuchástegui)

Y es que los seres humanos somos creadores, criadores de sentido, nuestro modo de estar en el planeta es mediado por un tejido conceptual que ha sido construido a través del tiempo, generación tras generación, una cultura que heredamos y reeditamos en la experiencia singular y en el cotidiano devenir para dar dirección a nuestras decisiones, para proyectarnos en el tiempo, para saber quiénes somos y tener algunas referencias a cerca de quienes seremos en el futuro.

Los seres humanos somos constructores de mundos, es nuestro modo de participar en el concierto inabarcable de la vida, pero a veces esa construcción de sentido puede llevarnos a un proceso de abstracción tan complejo que termina por alejarnos de la naturaleza, de sus procesos, sus ciclos; a veces ese mundo que creamos para estar en la vida nos aleja conceptualmente de lo vivo y nuestra voz suena disonante en su concierto.

Las culturas originarias de América han tenido y tienen entre sus principales preceptos a la hora de construir mundo, la vocación por armonizar con la naturaleza, el interés por reconocerse parte de ella y participar de lo vivo en consonancia con sus procesos y sus ciclos; han puesto especial atención en la observación, en utilizar la percepción para poder escuchar el mensaje de la naturaleza y acompasar la propia vida a los ritmos de la gran vida, la vida total.

En este sentido, para las culturas originarias de América el equinoccio de primavera marca el inicio de la etapa femenina del año, el sol atraviesa el punto medio en su viaje de norte a sur haciendo sentir más su calor, la naturaleza comienza a despertar, a prepararse para ser fecundada, recibir las semillas y dar lugar a un nuevo ciclo de vida.

La tierra se humedece, se agita, en la medida que cobra importancia la presencia del elemento agua a través del aumento de las lluvias.

Es tiempo de fertilidad, de procreación, de proyección, es momento de homenajear a la energía femenina por su capacidad de gestar la vida.

Estos aspectos son celebrados en ceremonia como un modo de facilitarnos el hacer conciencia de las características de esta etapa del año.

La ceremonia es un diálogo con la naturaleza, es el intento de comunicarnos con ella en su propio lenguaje, por eso utilizando flores preparamos una ofrenda, una pequeña balsa cargada de flores que será entregada al río como un modo de agradecer al agua su rol fundamental en el sostenimiento de la vida.

A través de ella celebramos la naturaleza copular del universo, celebramos esas humedades, esas tibiezas, esos encuentros mágicos de fecundidad, de compartir la entrega, de ofrendarse mutuamente para ejercer y activar la magia de la creación.

Celebramos el origen genital de la vida, todo se fecunda, todo es intercambio de energías, reconocemos que la vida nos jala del placer cuando quiere lograr en nosotros sus objetivos.

Recordamos que fuimos gestados en un medio líquido, la vida intrauterina, volver a ese estado de conexión con lo líquido, para sanar, para reiniciarnos y renacer al nuevo ciclo renovados.

La balsa se desliza sobre el agua alejándose lentamente, volvemos a sentirnos hermanados por el río, la vida en su metáfora nos contiene en su cauce, la primavera es un abrazo.

(*) Licenciado en Trabajo Social.

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