Mundo LGBT
Las claves

Se encuentra en juego el reconocimiento de la personas LGTBI

Una democracia inclusiva es aquella en la que conviven pacíficamente entre todas las personas, aunque permanentemente eso se encuentra en tensión

La repulsión de distintos sectores de la sociedad en su conjunto, implica convertir a ese otro en chivo expiatorio y en una especie de dicotomia sobre lo que no sabemos o no queremos digerir, de ahí que uno de los permanentes desafíos para cualquier democracia, la inclusión en todos sus aspectos.

Porque solo una democracia inclusiva es aquella en la que conviven pacíficamente entre todas las personas, aunque permanentemente eso se encuentra en tensión, como la libertad, la igualdad y el pluralismo. El equilibrio de estos principios, que se proyectan en el ejercicio de los derechos y, por tanto, en el estatus de ciudadanía, requiere de una cultura que los sostenga, de discursos políticos que los nutran y de acciones, individuales y colectivas que acompañen el aceptamiento.

De ahí la importancia de los movimientos sociales, de una ciudadanía comprometida, en la labor de continua vigilancia sobre ese hilo tan frágil que supone entender la igualdad como reconocimiento de las diferencias.

La historia está llena de episodios lamentables en los que se ha puesto el foco violento y excluyente en minorías, culturas, religiones o, en general, sujetos a los que se les ha marcado con el sambenito de la peligrosidad o de la perversión, solamente por el hecho de ser y representar un otro concebido no como espejo dialogante, sino como enemigo del que distanciarse.

Unas reacciones que están muy relacionadas no solo con el contexto socioeconómico crítico, sino también con la crisis de un modelo patriarcal de masculinidad que se resiste a desaparecer, que se siente agraviado y que ha encontrado en los proyectos de la extrema derecha un cauce perfecto para expresar su enfado.

Y ello pasa no solo por compromisos educativos, frente a las propuestas que niegan que la escuela deba comprometerse con el reconocimiento de la diversidad y el aprendizaje de la vida en común, sino también por la responsabilidad de quienes en el espacio público generan discursos, establecen prioridades y marcan pautas de conducta. Sin perder de vista, claro está, la responsabilidad de todos y cada uno de nosotros en no ser partícipes del odio, sino en contribuir, mediante nuestra praxis diaria, a una sociedad en la que cada individuo tenga el derecho a ser, sin que el miedo, esa vacuna contra la dignidad y la alegría, lo reduzca a ciudadano de segunda.

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