Opinión
Puntos de vista

La insoportable opulencia del ser

María del Carmen Taborcía, abogada y escritora.

Por María del Carmen Taborcía (*), especial para NOVA

Opulencia es una palabra que procede del latín (opulentia: riqueza, abundancia) y que hace referencia a la fortuna o a un amplio caudal de ciertos recursos. Aquel o aquello que disfruta de la opulencia recibe la denominación de opulento.

La opulencia, por lo tanto, se asocia a la riqueza material. Contar con una gran cantidad de dinero o de propiedades hace que una persona viva en la opulencia, ya que tiene un sobrante de recursos.

Sinónimos de opulencia: lujo, suntuosidad, esplendidez, holgura, ostentación, exuberancia, bienestar.

Un país o una región disponen de opulencia cuando logran que ninguno de sus habitantes sufra carencias materiales. La política económica que llevan adelante los gobernantes es la responsable de garantizar una distribución de los recursos justa y eficiente. La teoría es adecuada, pero en la práctica no se concreta.

Parecen primar los antónimos de opulencia: pobreza, indigencia, necesidad. Es así como los políticos han llevado a nuestra nación a un estado exasperante de pauperización poblacional. De alguna manera, cuando hablan hay cierta felicidad interior y mucha hipocresía, porque ellos son opulentos, pueden desprenderse de diversos bienes sin volverse pobres y sin sufrir de necesidades insatisfechas; claro, esto no va a suceder.

Y la realidad nos demuestra que la mayoría de ellos se hizo rico estando en el poder; ejerciendo cargos públicos, “administrando” los dineros del erario. “Políticos opulentos, pueblo pobre”.

El adjetivo insoportable se utiliza para calificar a una persona, o situación que resulta difícil o imposible de soportar, aguantar, resistir.

Deviene intolerable, irritante, insufrible, fastidioso, que cínicamente les moleste a algunos la opulencia desde la superabundancia que ellos mismos detentan; justo de quienes han convertido a la Argentina en raquítica y débil. Convirtiendo a una gran parte de los ciudadanos en pedidores seriales, mendigos de un Estado manejado por acaudalados politicastros.

Como dijo José Ingenieros: “No sólo se adula a reyes y poderosos; también se adula al pueblo. Hay miserables afanes de popularidad, más denigrantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo de las turbas, puede mentírseles bajas alabanzas disfrazadas de ideal.”

(*) Abogada y escritora.

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