Opinión
Puntos de vista

¡Escráchese!

María del Carmen Taborcía, abogada y escritora.

Por María del Carmen Taborcía (*), especial para NOVA

El escrache es una manifestación popular de protesta contra una persona, generalmente del ámbito de la política o de la administración, que se realiza frente a su domicilio, en su lugar de trabajo o algún espacio público al que deba concurrir.

La palabra nació en su uso político en el año 1995 en nuestro país, utilizada por la agrupación de derechos humanos HIJOS para denunciar la impunidad de los genocidas del proceso liberados por el indulto concedido por el entonces presidente de la Nación, Carlos Menem.

Está en duda la procedencia del término “escrache”, algunos consideran que proviene del francés, otros del inglés, y también la sitúan en términos italianos o genoveses más precisamente. Lo cierto es que se comenzó a utilizar en las calles del viejo Buenos Aires, proveniente del lunfardo, formando parte de letras de tangos y de textos como “Bocetos policiales” de Benigno B. Lugones de 1879.

La Academia Argentina de Letras, en su Diccionario del habla de los argentinos, define “escrache” como una “denuncia popular en contra de personas acusadas de violaciones a los derechos humanos o de corrupción, que se realiza mediante actos tales como sentadas, cánticos o pintadas, frente a su domicilio particular o en lugares públicos”.

Según esta, el vocablo “escrache” es el resultado del cruce de las voces “escracho” (en su acepción de “fotografía de una persona”) y “escrachar” (en su acepción de “romper, destruir, aplastar”). En el acto del escrache se identifica al escrachado mediante fotografías de él a la vez que se rompe o destruye la “falsa honra” del objeto de condena.

El escrache se extendió como método de protesta, denuncia y lucha a Paraguay, Uruguay, Venezuela y España. Es una acción directa, que tiene por fin que los reclamos se hagan conocidos a la opinión pública.

En las últimas décadas han surgido novedosas formas de reprobación, crítica, descontento, reclamo, disconformidad, hacia individuos o instituciones: cortes de calles, de avenidas, peajes o rutas; cacerolazos y escraches presenciales y virtuales. Todas ellas ya forman parte de la escena social y política de Argentina.

Cuando en nuestra “pseudodemocracia” desde los poderes del Estado, se convalida y estimula, el robo, la corrupción, y digamos, todas las figuras delictivas tipificadas en el Código Penal para los funcionarios públicos, en detrimento de la ciudadanía, ¿a quién y a dónde debe acudir la población?

La condena social debe aparecer, surgir y hacerse visible a través de herramientas no convencionales, pacíficas, innovadoras, eficientes y sin incurrir en la comisión de delito alguno. Generalmente emanan como medidas desesperadas para poner en evidencia el daño a la dignidad y a la honra a la que el pueblo es sometido.

Cuando el contexto de impunidad cubre la felonía de los que gobiernan, la condena social se potencia.

Como expresara Voltaire: “Los pueblos a quienes no se hace justicia se la toman por sí mismos más tarde o más pronto”.

(*) Abogada y escritora.

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