La historia viviente
Guerra de la Independencia

La batalla de Tucumán: la victoria más importante obtenida por los ejércitos patriotas

El 24 y el 25 de septiembre de 1812, el Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano, derrotó a las tropas realistas en la Batalla de Tucumán.

Por Jorge Bernabé Lobo Aragón (*)

Al cumplirse 208 años de la batalla de Tucumán propongo un homenaje a Manuel Belgrano, que aquella oportunidad nos llevara a la victoria. Y lo ofrezco no sólo porque la mera marcha ineludible del tiempo una vez más nos coloque ante el hecho de un nuevo aniversario, sino por lo que de ejemplar tiene la figura del ilustre general.

El gobierno de Buenos Aires, el Triunvirato, gobernaba con mezquino ánimo centralista con el menguado propósito de defender sólo la pampa húmeda dejando desprotegido el amplio territorio que aquellos días todavía integraba nuestra Patria. Las medidas económicas y la prepotencia porteña habían tenido el resultado de que fuéramos rechazados por las provincias altoperuanas, las de población más numerosa e industrial, y ese mismo gobierno porteño alentaba la invasión brasileña sobre la Banda Oriental, una provincia mucho más grande que la floreciente Buenos Aires.

Y aquel gobierno ordenaba al general Belgrano que retirara sus tropas hacia el sur, dejando a Tucumán a merced de las tropas realistas. Pero el general oyó los pedidos de la población, comprendió el anhelo de los tucumanos de integrarse en la Patria común y adoptó la responsabilidad – tremenda responsabilidad en un jefe militar – de desobedecer al gobierno civil e interpretar según su criterio los altos intereses de la comunidad.

Bien hizo en desacatar a aquel gobierno al que pocos días después lo destituirá un grupo de jefes entre los que se destacaría el comandante de los Granaderos, coronel José de San Martín.

Han cambiado los tiempos. Y mucho. Ahora la sociedad ya no vería con buenos ojos que el general de un Ejército se insubordinara ante la autoridad política en defensa de derechos permanentes y superiores de la sociedad; tampoco se aceptaría que los comandantes de la milicia se conjuren para derrocar un gobierno civil, como ocurriera en Buenos Aires a los pocos días de recibir la noticia del triunfo de Belgrano y de los tucumanos.

Han cambiado bastante. Para defender los imperecederos derechos de Tucumán a contar con sus industrias, con sus medios de vida, a no ser sacrificada en una negociación protectora de los intereses portuarios, ya no basta con enclavar un facón en la punta de una tacuara, montar a caballo y largarse al combate implorando el amparo de la Virgen.

Sí, las circunstancias cambian con los tiempos, y por lo tanto cambian las armas a esgrimir. Pero hay algo que subsiste: el egoísmo de gobiernos centralistas, insensibles muchas veces a las necesidades del interior que ven a todo el norte argentino como una posesión propia cuyo destino puede traficarse en una negociación.

Por eso la conducta de Belgrano sigue siendo un ejemplo que Tucumán necesita. Las armas que él usara al alzarse contra un gobierno de egoísta centralismo ya no son aplicables; pero su criterio de defender con energía a Tucumán, a pesar de las órdenes recibidas, sigue siendo una lección a mantener y a perpetuar.

Aquel 24 de septiembre en el Campo de las Carreras no lucharon sólo los tucumanos; también soldados venidos de las demás provincias que ofrendaban sus vidas, solidarios con nosotros. Y ahora como entonces aún podremos contar con el auxilio bienhechor de Nuestra Señora de la Merced, sobre todo ante el flagelo de la pandemia. Lo solicitemos con mucho fervor.

(*) Abogado.

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