El columnista invitado
Simbolismos

La guerra de las estatuas

Osvaldo Dameno realiza un interesante análisis de la realidad política argentina. (Foto: NOVA).

Por Osvaldo Dameno, especial para NOVA

Desde siempre, las estatuas han representado momentos importantes o personajes destacados y también han despertado pasiones en cada época. Cada estatua responde a una circunstancia importante o a quienes las han producido o realizado. Por supuesto que en cada momento o personaje existen secuencias secundarias, colaterales o aspectos personales del héroe que seguramente tienen implicancias disvaliosas a ojos de la posteridad, y aunque la estatua se encuentre históricamente justificada, hay momentos posteriores en que lo secundario se pone sobre el tapete. Y hay estatuas que caen y otras se yerguen.

Cayó la de Stalin en Budapest en 1956, cayó la de Lenin en Ucrania en 2013, la de Chávez en Bolivia el año pasado, la de Edward Colston en Bristol, que estaba desde 1895, por racista, a raíz de la muerte de George Floyd. No hace mucho vimos maltratar a Colón, echado con cajas destempladas de las cercanías de la Rosada por sugerencia chavista.

Tal vez este momento de incertidumbre, falta de ideas, incapacidad, intolerancia, violencias varias, reservas mentales, engaños, escamoteo de la voluntad popular y cinismo que atravesamos sea el indicado para voltear algunas estatuas que se exhiben procazmente ante nuestros ojos para instalar otras a las que estamos dispuestos a valorar positivamente.

La primera a remover es la de la corrupción que nos produce un tremendo oprobio a todos los que caminamos por la vereda de la decencia. Que sea reemplazada por la del trabajo que dignifica. También debe caer la de las ideologías trasnochadas que no responden a la esencia nacional y debe erigirse en su lugar la de la mente abierta, amplia, tolerante; que mira el horizonte y no el escollo mezquino. Otra que debe morder el polvo es la que representa a la politización reactiva, que crea y profundiza las grietas que hieren de muerte a la sociedad y en ese lugar coloquemos la de la confianza fraternal, que nos envuelva con el manto de la casa común y del destino de gloria.

Otra estatua que ha de caer es la de los funcionarios ineptos, que hablan sin saber, callan para cuidar su coto, o, sin tener condiciones, actúan un drama como una sátira, ante una platea que debería reírse si las cosas no fueran para llorar. En ese lugar pondremos una que simbolice la responsabilidad ciudadana, cuya reacción oportuna modifique iniciativas inadecuadas, ideas locas o tentativas de bastardear las instituciones o la voluntad general.

La continuación del ejercicio mental implica tumbar la estatua del Estado como único decisor. La política argentina no tiene en este momento a nadie que exprese ideas, que discuta futuro. La tentación del autoritarismo es muy grande. Se sabe lo que pasa en el país de los ciegos. En este sitio disponible se levantará el monumento a los consensos patrióticos, a los acuerdos que serán bases para construir, con inclusión, justicia social, libertad, y respeto a las ideas. Un verdadero camino de opinión nacional donde todos los sectores confluyan.

Nos daremos el lujo de un último reemplazo. Caerá también la estatua de las divisiones, sectarismos, transgresiones a las leyes, impunidad y atropellos. Estamos maduros para no tolerar tales vejaciones en el futuro. Ya basta. En su lugar emplazaremos el hermoso monumento de la unidad nacional y el Estado de derecho. Garantía última de un futuro venturoso para las próximas generaciones. Esta es nuestra tarea, nuestra causa, el legado de una sufrida generación de argentinos sanos.

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