Opinión
Puntos de vista

Glamping solidario

María del Carmen Taborcía, abogada y escritora.

Por María del Carmen Taborcía (*), especial para NOVA

Glamping es un creciente fenómeno global que combina la experiencia de acampar al aire libre con el lujo y las condiciones propias de los mejores hoteles. Consiste en disfrutar de la naturaleza y la libertad que proporciona la acampada, sin renunciar por ello a las comodidades y los atractivos de los alojamientos más sofisticados.

Glamping, llamado también camping con comodidades, boutique camping, luxury camping, comfy camping, es una variante del turismo de naturaleza que ofrece al viajero estar en contacto directo con el medio sin rehusar del confort y bienestar. Los alojamientos de Glamping se encuentran siempre al aire libre, y muy frecuentemente, dentro de parques nacionales, en zonas montañosas, campos, bosques, selvas, desiertos o extensos jardines. Cada glamping cuenta obligatoriamente con una cama (muy a menudo king size), un baño privado, servicios exclusivos y una zona de relax para apreciar la naturaleza que le rodea.

El término glamping fue acuñado a finales del siglo XIX por exploradores británicos como Gordon Laing, Verney Cameron o David Livingstone, que abrieron las puertas del turismo al continente africano. Sin embargo, los orígenes del glamping se remontan a reyes y reinos de siglos atrás, que es cuando surgió la necesidad de viajar, ya sea para visitar a regiones bajo su dominio, para conquistar terrenos nuevos o liderar a sus ejércitos de guerra. La tienda del rey, transportable en su totalidad a la espalda de animales de carga hacia su próximo destino, contaba con todas las comodidades y atractivos del palacio mismo.

Glamping es sinónimo de excelente atención al viajero. El estilo y las actividades suelen ser totalmente adaptables a los gustos y las necesidades de cada persona. Los servicios complementarios como: cocinero a disposición '24 horas', masajista, guía privado en tu lengua materna, niñera, etc., añaden más glamour y más profesionalidad a los establecimientos de glamping.

Parece que en Argentina pululan algunas ideas de establecer esta modalidad en las ciudades y en forma permanente, es decir, no turística, sino como lugares de residencia habituales e igualitarias para los ciudadanos. Claro que el concepto variaría para adaptarse a los tiempos, la desastrosa economía, los deseos de algunos, y después de todo somos del tercer mundo. Se construirían una especie de chozas idénticas para todos y todas; que podrían ser también tiendas, iglús o yurtas; de madera, paja, lona, corcho o chapa; manteniendo cierta distancia para resguardar la intimidad y el distanciamiento social para la prevención de potenciales virus letales.

Tendrían catres para el descanso, mesa y sillas, heladera y televisor para ver y escuchar los discursos presidenciales, ventilador y estufa a querosén. La electricidad también proporcionada por el Estado, sería solamente unas horas al día para poder lograr esa unión con la naturaleza, observar el cielo y alejarse así de tanta civilización destructora del ecosistema.

Se proveerá a la población de alimentos: arroz, fideos, harina, aceite, yerba, polenta, azúcar, sal y algún producto más; esta será gratuita y entregada a domicilio por los Municipios. Y para fomentar la cohesión social habrá hogueras en las noches para intercambiar historias, cuentos y leyendas del partido gobernante. También habrá letrinas comunitarias en donde se podrá aprender la verdadera solidaridad.

Algunos representantes del pueblo, osados soñadores, por cierto, están pensando en cuevas, estilo hombre de cromañón, decoradas con distinguidas pinturas rupestres.

¡Quién sabe cuál proyecto prosperará!

(*) Abogada y escritora

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