Cómics e Historietas
Talentos argentinos

Charla con Alejandro Simeone, el dibujante que no fue

Alejandro Simeone hoy, y el recuerdo de una de las historietas que hizo con Lucho Olivera.

Por Ariel Avilez (*),especial para NOVA

Su paso por el mundo de la historieta fue relativamente breve, y sin embargo su historia de vida es el reflejo de una época en la cual vivir del dibujo era una opción tanto o más rentable que laburar en una óptica o reparar máquinas de escribir. Allá por la década del sesenta, Alejandro Simeone se preparó durante años para ser dibujante, fue compañero de futuros grandes artistas y discípulo de otros tantos. Y cuando hacia 1969/1970, de la mano del legendario Lucho Olivera, parecía que por fin iniciaría una promisoria carrera, decidió bajarse del carro.

En la siguiente charla nos cuenta los motivos, pero más importante: nos regala pantallazos de una época a nivel comiquero anhelada incluso por aquellos que no la vivimos, cuando la historieta todavía tenía berretines de industria, cuando podías ir a estudiar con Alberto Breccia o colaborar con el dibujante/creador de “Nippur de Lagash” y hasta darte el lujo de decir “esto no es para mí”...

¿Nos cuenta cuándo y dónde nació, y cómo estaba compuesta su familia?

— Nací en Santa María de Punilla, Córdoba, el 25 de octubre de 1941, pero fui anotado en el Registro Civil de Cosquín el 5 de noviembre de ese mismo año… Así se hacían las cosas en esa época. Mi familia constaba de madre, padre y ocho hermanos, todos muertos salvo yo, que soy el menor. Mi madre era de Córdoba y fue siempre ama de casa; mi padre, porteño del barrio Cafferata, era estudiante de medicina en Córdoba. Cuando se casaron, dejó los estudios y comenzó a trabajar varios años de enfermero en el sanatorio de Santa María; cuando se retiró de allí, siempre tratando de mejorar, entró a trabajar en Vialidad de la Ciudad de Córdoba: junto con un montón de otros empleados, construyeron la Ruta Nacional. Como las cosas no andaban bien económicamente, se vinieron para Buenos Aires, donde comenzó a trabajar como escenógrafo en los “Establecimientos Filmadores Argentinos” (EFA): mi padre fue un gran dibujante autodidacta, y supongo que de él heredé mi facilidad para el dibujo. Luego pasó a “Lumiton” con el mismo puesto, y finalmente a “Argentina Sono Film”; allí conoció y se hizo muy amigo de un gran actor, el señor Francisco Petrone, que lo llamó a trabajar con él en Canal 7, primera televisora argentina, que por aquel entonces dirigía. Mi padre quedó en ese canal hasta su jubilación.

¿Qué cosas leía de pequeño y de qué modo tenía acceso a esas lecturas?

— Cuando era pequeño, leía las revistas de historietas del momento: “Capitán Marvel”, “Superman”, “Rayo Rojo”, “Puño Fuerte”, “Misterix”, “Batman” -aunque no recuerdo dentro de qué revista salía-, “Patoruzito”… No recuerdo el nombre de todas las revistas. Al ser yo el más chico, tanto mis hermanos como mis padres me las compraban. Así comenzó mi gusto por las historietas.

¿A qué edad comenzó a estudiar dibujo, y dónde y con qué maestros lo hace?

— No recuerdo exactamente en qué años estudié, pero calculo que terminé en 1959 o 1960. Fue en la gloriosa Escuela Panamericana de Arte. Los profesores que más recuerdo con respeto y cariño son Ángel Borisoff, Pablo Pereyra, Raúl Martínez, Alberto Breccia y Solano López. Hago la salvedad que, como profesor, el mejor de todos fue Don Ángel Borisoff. Recuerdo una anécdota muy simpática: la entrada a la Panamericana de Arte era pequeña, había que subir una escalera para llegar a las aulas; pegada a la pared de la escalera, había una historieta del gran Arturo del Castillo -si no me equivoco era “Randall, el justiciero”-, y al final de la historieta había un cartel que decía: “Así se dibuja una historieta”. Había pasado que el señor del Castillo trabajó toda la historieta con un lápiz muy blando, o sea, muy negro, y se olvidó de pasarla a tinta; cuando quiso entintarla, la editorial no se lo permitió y la imprimió así. Esos eran los dibujantes de esa época.

Breccia y Solano López son dos figuras reconocidas incluso por la gente que no consume historietas habitualmente. ¿Qué recuerdos tiene de ellos?

— A Don Alberto Breccia lo descubrí en la revista “Patoruzito” con aquel personaje inolvidable, “Vito Nervio”. Breccia era un señor bastante callado, sobrio y serio, pero tenía un gran sentido del humor. Lo que más me gustaba de sus dibujos eran las perspectivas; en una viñeta era capaz de tomar a una persona de cualquier ángulo y siempre las tomaba bien, con el sombreado dramático junto con el claroscuro… Era un capo. Cuando llegó a mí su versión de “El Eternauta”, volvió a cautivarme, al igual que “Mort Cinder”, que para mí fue la más grande de las creaciones de Don Alberto; creo, sin temor a equivocarme, que esa es su historieta de culto. En “Mort Cinder” se dibujó a sí mismo como uno de sus personajes… no recuerdo cuál, ya pasó mucha agua bajo el puente.

A Solano López lo descubrí como un gran dibujante en la revista “Misterix”, con un personaje fascinante llamado “Bull Rocket”; mire cuánto me gustaba que compraba esa revista nada más que por esa historieta; luego, sí, leía “Misterix”. Tiempo después reencontré a Solano dibujando la historieta “Black Poppy” -”Amapola Negra”-, la historia de un bombardero de la Segunda Guerra Mundial. Recuerdo una de las viñetas en la que estaba un tripulante con el brazo izquierdo herido por la metralla enemiga; con la mano derecha sostenía la herida y la sangre se escurría entre sus dedos… y aunque la historieta era en blanco y negro, parecía que el brazo herido, la mano sosteniéndolo y la sangre entre los dedos salían del papel; nunca más en mi vida vi algo así. Yo creo que en esta viñeta, Solano se jugó la vida. Fijesé en El Eternauta, primera parte: los ojos que dibuja Solano creo que son los mejores del mundo de la historieta. También era un hombre de pocas palabras, creo que tímido, serio; y muy buen profesor.

¿Cómo conoció usted a Lucho Olivera y cómo comenzó a trabajar con él?

—Con Luis Olivera nos conocimos en el primer año de la Panamericana de Arte. Éramos cuatro muchachones bastante amigos: Olivera, Jorge Gemelli, Carrion y yo. Creo que puedo asegurarle que Luis era el que mejor dibujaba y era quien más merecía haber triunfado en el mundo del dibujo por detalles que más adelante le voy a contar. Una tarde, Jorgito Gemelli me dice que vayamos a verlo a Luis; llegamos a un departamento muy pequeño y muy bohemio en el que vivía Luis, lleno de uniformes y cascos de la Segunda Guerra, que a él le servían para las historietas. Él estaba dibujando, era un sábado a la hora de la siesta, verano, calor; la época en que los muchachos salían a ver chicas.

Lo que voy a contar, lo digo por boca de ganso, ni recuerdo quién me lo contó: parece que el joven Luis Olivera era hijo de un capitán del Ejército, muy estricto, y cuando iban a almorzar o cenar, Luis tenía que ponerse firme y pedirle al padre permiso para sentarse a la mesa. En aquella época, los hijos no se iban de la casa como ahora, por eso creo que la versión fue verídica. Después de aquella vez, pasé un largo tiempo sin verlo, y un día en la revista “D’artagnan” me lo encontré dibujando a “Nippur de Lagash”… y eso me alegró la vida, que el pibe Olivera triunfara en el dibujo del cómic. Él había hecho solo su destino y vaya uno a saber las necesidades por las cuales pasó. Por ese entonces, yo trabajaba en “Lutz Ferrando” (una óptica), en la calle Florida 240; era vendedor de fotografía y ganaba muy buen dinero; calcule que llegué a tener once trajes, ahora pienso ¿para qué? Jorge Gemelli trabajaba en un estudio -no sé si contable o de derecho- por la zona oeste, y también vivía allí Carrion, dueño de un pequeño negocio de reparaciones de máquinas de escribir.

Medianamente nosotros nos arreglábamos, pero yo no sabía lo que Olivera hacía o de qué vivía. Un día Luis aparece en “Lutz Ferrando” y me cuenta que estaba bien y muy contento con “Nippur”, que había sido un golazo su unión a Robin Wood y la pasión por la época de los sumerios, los hititas, etcétera. Los llevó al triunfo. Como yo estaba en la venta al público, todos mis amigos venían a verme al negocio. Y en una de aquellas veces que Luis vino, fue que le pregunté si tenía algún trabajo para mí, no por verdadera necesidad, sino como para practicar y despuntar el vicio: como enseguida me dijo que sí, quedé medio mal parado; él me dijo que no podía tenerme en blanco, que sería como una changa, y me aclaró que le tenía que copiar el estilo lo más fielmente posible. Así comenzó nuestro trabajo en conjunto.

¿Cómo era trabajar con Lucho Olivera? ¿En qué historietas recuerda haber participado?

— Trabajar con Luis no fue para nada difícil. Él me traía el guión a mi trabajo, y luego de algunas indicaciones me lo dejaba librado a mi propio albedrío. Algunas veces me corregía algo, pero fue bastante buen empleador. Debo haber trabajado entre doce y catorce meses con él haciendo episodios de “Nippur de Lagash” y unitarios como “El Esclavo” o “Crónica de un boina verde”. Mientras, él se expandía y comenzó a dibujar y hacer los guiones de “Gilgamesh el Inmortal”; más adelante siguió el estilo de José Luis Salinas -que al parecer era el que gustaba a los yanquis- para dibujar “Dick, el artillero”, la historia de un jugador de fútbol que se editaba como en once diarios de todo el mundo. Allí nuestro amigo Lucho ganó mucho dinero, que quiero creer que se lo merecía.

¿Por qué decidió dejar de trabajar con Lucho?

— Decido dejar de trabajar con Lucho, primero, porque me pongo de novio con la que hoy es mi señora y con la cual tuve dos hijos, Diego y Gabriela -como todo se hereda, mi hijo dibuja y hace fileteado-, y segundo, porque por soberbia y engreimiento pensaba que me estaba pagando poco por mi trabajo; y cuando le entregué el último, se lo dije: él, con su modo suave de correntino, me contestó que me estaba pagando casi todas las historietas de Columba a mí, y que él vivía de “Gilgamesh” y de “Dick”. Bueno, sin discutir ni enojarnos dejé de trabajar para Luis, pero continuamos como amigos. Ahora que soy viejo reconozco mis errores, la verdad sea dicha: no trabajé más con Luis porque no tenía tiempo, entre “Lutz Ferrando” y mi noviazgo no me alcanzaba el día, y no fui lo suficientemente franco para decírselo. Mi novia era una chica muy joven, tenía apenas dieciocho años, y yo ya era un pelmazo de treinta y dos. Lo nuestro fue fulminante y nos casamos en seis meses y continuamos casados y pienso que somos bastante felices.

¿Intentó alguna vez regresar al mundo de la historieta?

— No, no pude regresar nunca. Cuando hice algún dibujo, lo hice a pedido, como ser para el colegio de mis hijos. Me hubiera gustado volver alguna vez, pero no soy un hombre muy saludable, y lo peor de todo: tengo artrosis, me duelen muchísimo las manos.

¿Qué es lo que atesora de aquellos años dedicados a las viñetas?

— Fue la época más feliz de mi vida, por lo que al dibujo se refiere. Creo que todo hombre debería trabajar en lo que le gusta y mejor sabe hacer.

(*) Redactor especializado en cómics.

Alejandro Simeone ayer (en el medio), y uno de los pocos originales que conserva.
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