Sexo y erotismo
Célibes pero no tanto

Los sacerdotes y sus barraganas en el mundo medieval

La barraganía de los sacerdotes no era mal vista por los fieles, ya que, de este modo, conseguían distraer la voracidad sexual de los religiosos, poniendo así a resguardo a sus propios hijos, hijas y esposas.
San Bonifacio denunciaba el comportamiento de los religiosos, asegurando que “de noche mantienen cuatro, cinco o más concubinas en su cama”.
San Bonifacio denunciaba el comportamiento de los religiosos, asegurando que “de noche mantienen cuatro, cinco o más concubinas en su cama”.

Por Alberto Lettieri, especial para NOVA

Si bien, desde el Siglo XI, la Iglesia de Roma impuso el celibato a sus miembros, la decisión parece haber apuntado, ante todo, a impedir que los bienes y donativos que ingresaban a la institución fueran usufructuados por esposas e hijos de los clérigos. A partir de entonces los sacerdotes ya no pudieron casarse formalmente, pero, como contrapartida, se extendió una práctica preexistente que chocaba contra las disposiciones de la corporación: el concubinato.

Ya en el Siglo VIII, San Bonifacio denunciaba el comportamiento de los religiosos, asegurando que “de noche mantienen cuatro, cinco o más concubinas en su cama”. La figura que facilitaba estas situaciones era el denominado “matrimonio espiritual”, que permitía la convivencia de los sacerdotes con una mujer excluyendo el acceso carnal. Sin embargo, esta práctica fue una fuente de continuos escándalos ya que, precisamente, la sexualidad era lo que caracterizaba a este forma de convivencia, y no sólo era practicada por el bajo clero, sino también por las jerarquías eclesiásticas, incluidos los Papas. La saga de “papisas” y de relatos sobre la adicción al alcohol, las fiestas y el sexo frecuente y sin mayores limitaciones que caracterizó a numerosos representantes de Dios sobre la tierra incluye miles de estudios especializados y de relatos de sus contemporáneos.

La barraganía de los sacerdotes no era mal vista por los fieles, ya que, de este modo, conseguían distraer la voracidad sexual de los religiosos, poniendo así a resguardo a sus propios hijos, hijas y esposas. Si bien la mayoría de las barraganas eran personajes marginales, obligadas a llevar distintivos, y privadas de vida social, otras conseguían escalar a la jerarquía de “papisas”, y llegaron a tener un papel determinante en la conducción de la institución. Su estilo de vida era lujoso y suntuario, y no tenían mayor recato en exhibir a sus amantes o en desafiar a competencias sobre su dominio de diversas prácticas sexuales, condenadas por la Iglesia, con prostitutas.

La literatura española ha sido generosa al momento de dejar constancia de las conductas de sacerdotes y barraganas, presentando un perfil eclesiástico muy diferente al que la institución pretendía ofrecer de sí misma. Gonzalo de Berceo, por ejemplo, en su obra “Los milagros de Nuestra Señora”, destaca la adicción a la bebida y a las prostitutas que caracterizaba a los monjes. El Arcipreste de Hita, en su “Libro de buen amor”, relata la vida real de clérigos y monjas sumergidos en el deseo sexual, y mucho más interesados en satisfacer sus deseos mundanos que en ganarse la vida eterna.

En el Siglo XV vio la luz “El libro de los Exaimples”, que presentaba un catálogo muy diverso de relaciones sexuales entre monjas y caballeros.

El rey Alfonso X el Sabio, en su libro “Las Partidas”, da cuenta de las sanciones que aplicó a numerosos sacerdotes por su afición al juego, la bebida y el sexo.

La literatura refleja una serie de figuras muy difundidas durante la Edad Media, como por ejemplo el marido consentidor del sacerdote, que aceptaba su acceso carnal con su esposa; los religiosos que convivían con varias mujeres simultáneamente, y desarrollaban prácticas sexuales que lejos estaban de perseguir la procreación e incluían la sexualidad grupal; clérigos que utilizaban el púlpito para seducir e invitar a mujeres a su domicilio; religiosos que convivían con sus hijos y otros que introducían prostitutas en las Iglesias para cumplir sus fantasías sexuales.

Estas prácticas fueron uno de los ejes de las críticas de Martín Lutero, y terminaron favoreciendo el surgimiento y la consolidación del movimiento de la Reforma Protestante.

El desmadre que había promovido la generalización de estas prácticas obligó a realizar el Concilio de Trento (1563), en el que se decidió imponer estrictas normas morales a los miembros de la Iglesia para poner fin a los concubinatos y morigerar sus deseos sexuales. Su éxito fue relativo, ya que convirtió a la sexualidad de los religiosos en una cuestión mucho más sórdida y oculta, que se extiende hasta el presente.

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