Literarias
Cuento breve

A merced de su perfección

Ella usará sus encantos para enamorar al jefe de su padre.

"Ella usará sus encantos para enamorar al jefe de su padre. Pero no lo lograra amar solo sentirá asco por él”.

Apenas iba a conocer a mi padre, había esperado tantos años para vivir aquel momento. Sabía que mi madre nunca había mentido y esperaba que no me rechazara aquel hombre que apenas sabía de mí. Él jamás había antes sabido de mi existencia. Estaba allí, no podía irme sin verlo. Pedí hablar con mi padre. La oficina se encontraba en un edificio del centro de la ciudad, una secretaria me dijo que podía pasar que mi padre me estaba esperando. Tantos años y por fin iba a verlo pero como iba a imaginar que allí además de mi padre iba a ver a mi mejor amiga de la infancia. Por un momento me detuve en ella, como olvidando el verdadero motivo que me llevaba ahí. Pero caí en cuenta de que a su lado se encontraba mi padre. No entendía que podía estar haciendo ella en ese lugar. Mi padre me pidió que me sentara y me dijo que debía entender que en esos años que nosotras dejamos de vernos él empezó a salir con ella. No solo era el momento más difícil de mi vida sino que pensaba que solo mi padre y yo debíamos estar allí.

Ella no debía estar allí. Quería quitarla de mi vista, quise saludar a mi padre abrazarlo por primera vez pero él estaba tomando de la mano a mi amiga. Mi padre me explicó que ella era su prometida. Mi mente ya no deseaba escucharlo. Mi amiga dijo que no sabía que yo sería la persona que ese día aparecería a conocer a mi padre. Pero parecía más una declaración del amor de ellos dos y no un momento a solas con el padre que acababa de conocer. Quería que acabara eso, irme e imaginar que no estaba sucediendo pero mi padre me abrazo, que importaba ese abrazo en ese momento. Ya no lo necesitaba. Le dije que mejor abrace a su novia. Que yo había vivido sin él y lo seguiría haciendo. Mi padre no trató de detenerme, ella lo detuvo.

Salí del edificio totalmente destruida, llorando desconsoladamente pensando que no era real que mi padre quisiera más a mi amiga y su futura boda que conocerme a mí. ¿Qué le diría a mi madre? No tenía palabras para explicar aquella sensación. Pero entonces al llegar a la puerta me caí en las escaleras y un hombre me detuvo antes de golpearme. Una secretaria le dijo al hombre que podía esperar a la postulante allí fuera. Escuche que necesitaban una secretaria. Y ese mismo edificio era el que mi padre me había citado. Entendí que esa conversación era mi mayor ventaja. Estando allí dentro podría acercarme a mi padre y a la vez podría atormentar a la que creí mi amiga. Entonces le dije al hombre que acababa de sostenerme que yo era su nueva secretaria. El hombre me dijo que subiera con él. Estaba hecho. Mi padre sabría quién era yo de una vez y por todas. Aquel hombre no sabía que yo mentía ni iba a saberlo. Al día siguiente mi padre me vio en su edificio y preguntó si quería hablarlo, le explique que no estaba allí para él. Que yo trabajaba para un arquitecto. Mi padre me pidió que lo vaya a ver al salir de mi hora de trabajo, no iba hacerlo. Tenía pensado esperar a que él me invitara a la boda. Y allí vería que haría. Cuando supe que mi jefe era amigo de años de mi padre, supe que era el indicado para llevar a esa boda como mi pareja, qué mejor venganza. Mi padre estaba con mi mejor amiga pues yo estaría con su mejor amigo. Solo que ese hombre aún no era mío. Pero pronto lo sería.

Mi madre había llamado esa misma semana para saber cómo me había ido en la cita con mi padre. No me sentía preparada para decirle que todo había sido un completo desastre. Con qué cara le diría que en vez de estar conmigo mi padre estaba con su prometida en Miami. Solo le dije que él estaba fuera cuando llegué y que no lo vi. No podía decirle que estaba trabajando en el edificio de mi padre. Mi jefe resultó ser un buen hombre, demasiado trabajador y disciplinado, quería todo perfecto. Y yo así lo haría, sería para él la secretaria perfecta y dedicada.

Lo llevaría a la boda de mi padre y sería su mujer. Mi padre vería que no es el único que puede amar… esperaba al menos que le doliera verme con su mejor amigo, pero resultaba ser que mi jefe era demasiado serio y no parecía tarea fácil conquistarlo. Tenía 43 años y era soltero, no entendía cómo alguien tan inteligente no se había casado, pero sabía que esa seriedad suya y la obsesión por el trabajo podrían ser algunas de las razones por las cuales seguía solo. Ese día le llevé el café de cada mañana y dejé sobre su escritorio una nota pidiéndole que aceptara verme en un bar cercano para hablar. Creí que no vendría pero allí estuvo, frente a mí; con su traje perfecto, sus zapatos lustrados y el portafolio.

Era un arquitecto magnífico, quizás el mejor, y yo ahora deseaba enamorarlo. Se sentó y me miró, sus ojos no estaban más apagados y fríos como los conocía, tenían un brillo especial. Me tomó de la mano y me dijo que jamás había admirado a una de sus empleadas pero que yo era una luz para él. De verdad eso me facilita el trabajo de enamorarlo, pero sabía que aún sería difícil que aceptara ir a la boda de mi padre, por el respeto que le tenía a su mejor amigo. Quizás por eso no aceptaría ir, sorpresivamente me dijo que nunca iba acompañado a eventos pero que yo era la primera mujer que quería presentar ante sus amigos. Estaba hecho, él sería mi presa, y yo la cazadora. Igualmente luego de que se enterara de todo tendría que retenerlo a mi lado de algún modo y esperaba que me fuera fácil.

Llegó el día, me vestí para ese evento, la iglesia era perfecta y yo sabía que mi jefe lo primero que haría sería presentarme con los novios. Mi padre me vería de la mano de su mejor amigo. Quería ver sus caras… ya deseaba verlas. Subí las escaleras de la iglesia, él me tomaba del brazo, sonreía como si ese día fuera perfecto. Mi venganza está en marcha. Y mi jefe ya vería cómo retenerlo más adelante. Mi padre nos vio, creo que le costó reconocerme, más que nada porque nos habíamos visto una sola vez y desde ese día no habíamos hablado. Pero me vio me reconoció y mi entonces Alfredo me presentó como su acompañante.

Pude ver el rostro de mi padre transformarse lentamente ante nosotros, pero no dijo nada entonces. Yo preferí decirle a Alfredo que ese hombre que se casaba aquel día era mi padre al que solo había visto una vez en toda mi vida. Alfredo me miró, creo que sintió pena por mí pero no se hizo para atrás, le dijo a mi padre que me quería ...Y esos dos hombres estaban exactamente donde yo los quería, en las antípodas. No olvidaría jamás que Alfredo me escogió a mí y no a su amigo aquel día; claro él de ninguna manera habría pensado que aquella decisión no tendría vuelta atrás. Mi padre y Alfredo eran socios y yo sabía que si le retiraba su apoyo mi padre quedaría en la ruina. Si nunca tendría el amor de un padre me conformaría con destruirlo… no había esperado tantos años en vano y no desaprovecharía aquella oportunidad.

Sentía un asco muy grande cada vez que Alfredo me tomaba en sus brazos y me hacía suya solo lo soportaba por lograr mi objetivo. Pero aquel hombre si bien era bueno y atento y debo decir muy dulce no me inspiraba pasión y mucho menos amor. Me repugnaba despertar con su rostro en mi pecho y oír cómo me pedía hacerme suya. Mientras mi padre y mi ex amiga disfrutaban su matrimonio yo era cosificada por un hombre que me doblaba en edad y que empezaba a odiar. Cuando por fin logre que Alfredo le retirara el apoyo a mi padre este no tuvo más alternativa que vender sus negocios, la esposa ante la crisis lo abandonó, y ni sus otros hijos estuvieron a su lado. Pero yo sí, era hipócrita lo sé pero tenía a ambos en mi mano. Mi padre allá abajo donde siempre debió estar y Alfredo amándome incondicionalmente… Alfredo había preparado una cena muy romántica hasta velas había puesto para recibirme. El vino era tan dulce que me encantó. Había descubierto lo excelente cocinero que era él. Ahora no podía dejar de sentirme culpable de decirle a aquel hombre que lo amaba cuando en realidad no era así. Y veía demasiado difícil llegar a enamorarme de él. Mientras el de desvivía por mi yo no podía disfrutar aquellos momentos justos.

La noche se acabó en el momento en que me pidió matrimonio. Si como escuchan, Alfredo se arrodilló y me pidió matrimonio. Entré en pánico. No podía lidiar con eso, tenía terror. El vio que no emitía palabra y me intentó preguntar qué sucedía. Entonces le dije la única mentira que se me ocurrió en ese momento.

-Estoy casada.

Vi como sus ojos dejaban ese brillo transparente y se volvían opacos delante de mí. Me tomó de la mano y me dijo que a pesar de todo me amaba y que estaba dispuesto a esperar a que yo me divorciara. ¡Me descubriría fácilmente mi mentira! Fui una ilusa al mentir de ese modo infantil. Intenté irme del departamento de él, cuando sentí que me detuvo con sus manos y me dio un beso. Por increíble que les parezca ese fue el mejor beso que recibí en mi vida. En ese instante sentí que comenzaba a adorar a ese hombre y todo el desprecio y el odio se desaparecía aunque sea por ese instante. Había ganado tiempo, ahora intentaba entender cómo por qué ese hombre me amaba tanto. Antes de irme necesitaba confesarle toda la verdad.

Para mi sorpresa mi padre le había contado la mayor parte de nuestra historia de lejanía y rechazo. Solo me restaba decirle que había usado su buen juicio para convencerlo de cosas terriblemente malas pero que en realidad nunca conocí realmente a su amigo y solo estaba mi pensamiento cegado por el desprecio.

-En realidad no estoy casada, no te amo, no tenemos una relación verdadera Alfredo. Lamento el daño que he causado. Debes entender que veía en ti una figura paterna que jamás tuve. Ojalá algún día logres perdonarme…

-¿De veras crees que puedo perdonarte?

-Veo que no. Lo siento.

Me largué a llorar y ante mi sorpresa sus brazos cubrían mi torso y su boca se acercó a la mía. Escuche que decía:

-Te amo como nunca pensé que amaría. Y si para tener tu amor debo volver a enamorarte lo haré. Soy capaz de intentar ser digno para vos Gabriela.

-No Alfredo. No podríamos ser felices, esto comenzó con una mentira tras otra, te he causado demasiado daño. Aunque tú me perdones no puedo perdonarme a mí misma. Lo siento.

Nuevamente me beso, me cubrió con sus brazos. Sentí que aquel hombre si era capaz de hacer lo que sea por mí. No podía dejarlo. Eso destruiría su vida. Y la mía… lo bese con vehemencia y comprendí con aquel beso que en realidad lo amaba y que nadie me haría más feliz que él. Tomó el anillo y lo colocó en mi mano.

Elizabeth Ortiz

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