Opinión
Puntos de vista

El pedestal vacío

Eduardo Sanguinetti, filósofo y poeta.

Por Eduardo Sanguinetti (*), especial para NOVA

De algún modo mi discurso se hace permeable al elemento que, por un status interior del lenguaje, pasa por aquello que no puede ser dicho. La tentativa consiste en dejar mostrado claramente que el lenguaje procaz, carente de espacio en lo que "debe decir", utilizado por los escribas del poder, no tiene “nada que decir” y, de acuerdo a las circunstancias, la inexpresividad bajo todas sus formas, emerge de la organización neurótica del sistema del simulacro y la represión fundamental de la creatividad, haciendo posible la fetichización de todo cuanto toma estado público, causa estragos en la denominada opinión pública, tan etérea en su significancia.

Libertad de comprometerse, sin olvidar que su última meta es el registro de una ética. Del mismo modo cuando se practica sin máscaras, ni ocultamientos, la escritura es un golpe mortal a los sentidos de quienes la leen, en el prodigioso altar de la deidad ausente. Completar los espacios vacíos sin rechazar nada de lo que acude a la mente, sin importar medir los riesgos de escribirlo, teniendo idea de que la creación escritural radica dondequiera que se manifiesta la ausencia de sentido.

Al principio de El Capital, Karl Marx explica que, a diferencia de Perseo, él tiene que hundirse en la bruma para mostrar que no existen enigmas, ni monstruos profundos tras los valores burgueses, sino banalidad. Lo desacreditado es el "aura", perdida en la obra de la cultura contemporánea del tercer milenio, como el poeta de Charles Baudelaire pierde su aureola en el ajetreo de la ciudad. Parece conquistar así una libertad impensable al tiempo que pierde el fango dorado y grave de los siglos que contemplan y juzgan.

Aunque la iconoclastia surge de modo violento, colectivo y político en Marx y jocoso, personal y afectivo en Baudelaire, se trata de la misma iconoclastia, más crédula aún que el culto y capaz de generar aún más imágenes de las que destruye.

En cada proceso de legitimación histórica, la urgencia de identidad y dignidad, transforma cada gesto en su propia parodia, en un signo distintivo, en su imagen figurativa y en una señal de la diferencia, en el límite áureo. Convierte a la obra en su propio pedestal que se finge disuelto en ensayos de desacralización e intrascendencia. En su anhelo emancipador, la tradición moderna fue identificándose progresivamente con una tendencia "contra", con una obsesión patológica de distinción y ruptura de obsesión de diferencia.

Los límites se convierten en un objeto de transgresión, pero también de culto lateral y central, una nostalgia de la realidad desde la distancia. No se ignora tampoco, que la tradición moderna, sobre todo en este tercer milenio, se caracteriza por ese culto a la transgresión simétrica a la transgresión de todo culto.

En cada revolución, lo primero que se llevaba a cabo, siempre, era eliminar los signos del poder anterior, tirar la estatua del gobernante destituido. El pedestal permanecía vacío en los momentos álgidos de la revolución, hasta que el retrato ecuestre del más ilustre de los revolucionarios ocupa el pedestal vacante. Así el pedestal vacío abandonado se convierte en emblema de la situación revolucionaria. Pero, además, encarna el poder funcionarial, el mecanismo legitimador que permanece inmune a cada revolución, incluso las rezagadas. La tradición moderna no elude el pedestal, sino que lo convierte en su objeto fetiche, lo que los cabalistas llaman cortezas, cáscaras, cortices.

Y no olvidemos que el pedestal vacío encuentra imagen también en el altar y en la tumba, en este milenio de la muerte eterna. En la tumba, el pedestal está invertido para recoger el resto sagrado. En el altar, el pedestal acoge la inmaterialidad. Cada altar es una tumba y viceversa, pero ambos son pedestales vacíos.

La "Base del Mundo" es un pedestal invertido que tiene al mundo como escultura total, un pedestal que acoge una vida bajo tierra. El pedestal vacío del conceptualismo, última vertiente del arte, que ha muerto, cuya escultura es tan inmaterial, que podría encontrar expresión extrema en el altar religioso.

Cuentan que Dezenze y Buraglio discutían entre sí por la paternidad de los marcos vacíos. Y Ben Vautier les arrebatara el patronazgo afirmando su progenitura. Al final se encuentra esa misma cita a la tumba y al altar que la tradición moderna, en este milenio de la muerte eterna elude. Pero quién coloca en un pedestal al mundo, en riesgo extremo, se arroga un derecho sacerdotal, encubriendo una doble santidad sumergida, haciendo fuerte un fetiche fuera de su culto.

El fetiche fuera del culto es la retórica del altar posmoderno, fragmentado por definición, rodeado con el aura de su pérdida, como un sol, negro, cuya oscuridad ciega tanto como la propia luz. Es la aureola de la igualdad cuál horizonte inalcanzable para señalar lo diferente.

La aureola moderna se alimenta desde este plano en su autonomía de corteza cabalística, en nombre de la clausura de la trascendencia, la autonomía oficiando una repetición ad infinitum en búsqueda desesperada de la esencia perdida, construyendo al sujeto, objeto de destino, automatizado, legitimado en su condición de no ser nada más que producto de un tiempo sin tiempo, haciendo "fuerte su culto fuera de su fetiche", una multiplicación de cortezas, que intentan justificar la ubicuidad de sentido en lo que pareciera ser, hoy, el único modo de pensar el mundo.

(*) Filósofo y poeta.

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